¿Qué somos: seres espirituales o materiales?
¿Alguna vez has reflexionado acerca de la verdadera constitución humana, más allá de lo puramente visible?
Aunque en nuestro ser personal somos mortales, nuestro fulgor de verdad está condensado hasta las esencias. Es decir, somos inmortales. Pues somos seres espirituales viviendo una experiencia material y no seres materiales viviendo una experiencia espiritual
Hasta hoy se sabe que estamos conformados por siete cuerpos.
Todos reconocemos al menos nuestros tres cuerpos básicos: el físico, el mental y el emocional.
Cada uno de estos vehículos inferiores experimenta la muerte, y cuando volvemos a encarnar sobre la tierra regresamos con nuevas vestiduras para cada uno de ellos.
Sin embargo hay otros cuerpos. Los tres cuerpos superiores son el causal (o alma), una envoltura espiritual (el adonai) y la forma de nuestra presencia invencible (la mónada).
Hasta que los cuerpos inferiores no están purificados y alineados (esto es, que lo que pensamos, sentimos y hacemos está en concordancia), somos absolutamente ajenos a las frecuencias de los niveles superiores. El cuerpo físico necesita estar libre de fatigas y enfermedades, el astral (o emocional), exige el desapego de nuestros deseos y aversiones excesivos, y el mental ha de purificarse de intereses egoístas para poder ser un instrumento de armonía espiritual.
Junto al cuerpo físico, -y visible para el clarividente- se encuentra también el cuerpo etérico, un duplicado exacto del físico que se ajusta a él como un guante. Es lo que conocemos comoAura.
En los planos superiores, el primero es el causal, el cuerpo de luz o alma, que es más fuerte que miles de personalidades y puede comunicarse con maestros de luz sin que el ser personal sea consciente de ello.
El segundo es el adonai, el cuerpo espiritual, esa parte de nosotros que es divinamente prístina y pura. Sus dos atributos principales son nuestra individualidad, divina y única, y el centro de nuestra voluntad espiritual. Como se ha escrito muy poco sobre su existencia, sigue envuelto en el misterio, pero aún así se han revelado atisbos de su naturaleza: además de ser expresión de la identidad y voluntad espiritual funciona como un manantial de sabiduría. Una señal de su presencia es la aparición del aquí y ahora. Dicen, -los que ha visto- que el adonai se parece a un cristal o un diamante que refleja la luz gloriosamente trascendente y resplandeciente del Dios interior.
Finalmente, la mónada o la llama divina, es la semilla de nuestra propia divinidad latente. Es la chispa divina que todos llevamos dentro, y aunque su florecimiento está todavía a eones de llegar a su realización, su presencia aguarda mientras completamos nuestro ascenso gradual. Aunque en nuestro estado evolutivo actual su fuerza es mínima, no obstante nos une al Creador y es el principal medio de alineación con Dios el Todo.
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