Guía de: Autoayuda

El error de intelectualizar la felicidad y no descubrir que puede estar aquí, ahora

Hay un riesgo muy concreto en quedarse sólo en el discurso, en las frases para el bronce y las opiniones de iluminados, gurúes e intelectuales que poco o mucho aplican sus enseñanzas en la propia vida

En el ansia por mejorar la calidad de vida y alcanzar la plenitud, hoy proliferan cientos de terapias, cursos, talleres y seminarios que prometen alcanzar la felicidad. Y está bien. La información es el primer paso para traspasar el conocimiento a la experiencia. Sin embargo, hay un riesgo muy concreto en quedarse sólo en el discurso, en las frases para el bronce y las opiniones de iluminados, gurúes e intelectuales que poco o mucho aplican sus enseñanzas en la propia vida.

Este fin de semana se inauguró en Santiago un encuentro sobre felicidad. Acudí entusiasmada, esperando encontrar diversas propuestas y visiones sobre una mejor calidad de vida, terapias y nuevo conocimiento. Así fue como llegué al hermoso Parque Araucano, una radiante mañana de domingo, bajo un cielo azul y con las alamedas cubiertas por miles de hojas amarillas decorando una alfombra de otoño.

Encuentro en la ultratumba

Intelectualizar felicidad

Foto: Internet

Me costó llegar al lugar del encuentro. Después de interrogar a los guardias me enviaron al subterráneo n°4 de un centro de eventos en el parque, al lado de los estacionamientos. Ahí en la penumbra, salones iluminados con una tenue luz azul, invitaban bien poco a la felicidad. Al lado mío, una señora  mayor, que había llegado atraída por la publicidad de la televisión, preguntó por el costo de la entrada. “Catorce mil pesos” le respondieron. “Y con descuento, diez mil”. Dio las gracias y se retiró después de explicar que era bastante feliz con su práctica de yoga todas las semanas. La seguí por las escaleras mecánicas hasta salir nuevamente al sol del mediodía. Encontré una cafetería en el parque y me tomé un café mientras disfrutaba el canto de los pájaros y veía a familias completas compartiendo la mañana en bicicleta, paseando a sus mascotas o paseando tomados de la mano. Divisé el rosedal, todavía radiante a pesar del otoño y me paseé entre las flores que exhalaban el último suspiro antes de retirarse a los cuarteles de invierno. Le tomé unas fotos a una pareja mayor que disfrutaba del paseo esa mañana y le di indicaciones a una extranjera para llegar al mall cercano.

Y me di cuenta que el mejor seminario de felicidad de este domingo era el parque, con su aire fresco, con su luz y su presente. Más allá de cualquier reflexión sesuda sobre cómo y cuándo ser felices, deseé volver rápido a mi casa, a apretar y besar a mis niños, a darle las gracias a mi marido por el desayuno que ese día me había llevado a la cama, a compartir el almuerzo y escribir hoy sobre la importancia de lo simple, de lo bello y lo gratuito, de los dones que nos hacen felices porque sí y que muchas veces no vemos, porque de tan evidentes, se vuelven invisibles.

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