Las palabras, aprendiendo a manejarlas
“En el principio era el Verbo y el Verbo estaba con Dios y el Verbo era Dios”. Esta frase con que comienza el Evangelio de San Juan tiene una profundidad que pocos sospechan. Los seres humanos estamos acondicionados para traducir todo al lenguaje. Así, todo lo que tiene nombre es posible de transformarse en sentido para nosotros. Y aquello que no lo tiene, escapa de nuestra comprensión. Más allá de que esta manera de entender las cosas sea o no la óptima, como señala el Premio Nacional de Ciencias Humberto Maturana, conocemos la realidad gracias al consenso y los acuerdos que la sociedad genera a través del lenguaje.
Esto reivindica la fuerza y el valor de las palabras, que son capaces de crear realidades. Pero como éstas no son independientes de quién las piensa o las dice, permite por lo tanto, que nos transformemos en co-creadores de nuestra realidad gracias a lo que decimos y pensamos.
Higiene mental
Partamos con los pensamientos. A los seres humanos debieran enseñarnos así como aprendemos las normas de higiene elementales, lavarnos los dientes, asearnos, etc., a mantener una “higiene mental”. El constante “chicharreo” de palabras en forma de ideas, es la causa más importante de la falta de paz y del sufrimiento humano. Aprender a poner freno a este flujo incesante de pensamientos que no han sido invitados a nuestra conciencia, debiera ser parte de la educación que recibimos desde niños.
De la misma manera, se debiera rescatar el valor que nuestros antepasados daban a la palabra empeñada. Dar la palabra era equivalente a poner en juego el honor como persona. Y es que la base de ese compromiso está en cómo nos valoramos a nosotros mismos cuando cumplimos o no con nuestras promesas. Es lo que explica Don Miguel Ruiz en su libro Los Cuatro Acuerdos. Más allá de lo que juzgue el otro, nuestro juez interior es inflexible y se preocupa de valorarnos o no, en la medida en que seamos fieles a nuestra palabra.
La propia religión judaica reconoce la magia de las palabras en los Salmos del Rey David. Más allá de su significado, su sonido y su musicalidad, serían capaces de ayudar en casos tan distintos como un problema de la vista hasta alejar a los enemigos.
Algunos consejos para recobrar el poder sobre las palabras y su influencia en nuestra vida y pensamiento:
-Honra tu palabra. No la des si no crees que puedes cumplir tu compromiso.
-Termina con el chisme o “pelambre”. Frena el impulso de emitir o repetir comentarios sobre otros que no aportan. Considéralo parte de la higiene de tu entorno.
-Detén los pensamientos destructivos apenas los detectes. Ten una palabra tipo “escudo” como ALTO o STOP. Pensamientos como “no voy a poder”, “soy incompetente”, “estoy gorda” o “estoy seguro que le pasó algo”, pueden ser altamente tóxicos.
-Toma conciencia de la magia de las palabras y cuida lo que decretas al hacer comentarios a otros. Tú haces la diferencia cuando dices a alguien “Tienes cara de enfermo” o “Te ves radiante”. Nuevamente, si no aporta, mejor callar.
-Crea tus sueños y ponlos en palabras. Pon esa frase en una tarjeta o dibújala mentalmente en tu lóbulo frontal. Verla y leerla con atención permite abrir nuevos caminos para que el sueño se cumpla. Esto sucede básicamente porque te enfocas en el sueño y le das la vía adecuada para que se materialice.
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