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Respuestas del GuíaColaboradores: Cómics

Roberto Sáez Medina
La verdad, soy más bien del tipo literario. Me gustan Dostoievski, Henry Miller, Adolfo Couve, Fitzgerald, Manuel Rojas, Cortázar, la literatura beatnik, los poemas de Bukowski (y muchas de sus historias, claro está), Rimbaud, Teillier y un largo etcétera, pero entre esos autores también hay lugar para Garth Ennis, Frank Miller, Alan Moore, Warren Ellis, Robert Crumb, Neil Gaiman, Bryan Azzarello, Oesterheld, Jodorowski y otro etcétera de similar longitud que el anterior. Porque claro, desde chico tuve lo mejor de ambos mundos: mientras me dedicaba a devorar libros como si fueran la comida más importante del día y no quisiera descuidar mi alimentación, los cómics eran algo así como los dulces, de esos cargados de azúcar y que te dejan caries en los dientes. Recuerdo, por ejemplo, la emoción de encontrar entre mis manos un número de Superman nuevecito de la editorial Novaro, y mis ojos casi saliéndose de sus cuencas mientras miraba la portada. También recuerdo algún número de Los Pitufos, centenares de Condoritos y montones de historietas de Batman y Robin. Hasta que mi hermano se metió a la universidad y el contacto con sus compañeros comiqueros influyó de manera indirecta en mí, pues los cómics terminaron entrando en mi vida con la fuerza de una catarata abriéndose paso por una ventana. Por mi hermano Fafo conocí a Sandman, me reencontré con un Batman que ya no parecía salido de una fiesta de disfraces sino que ahora podía hacer que a uno se le helara el espinazo, disfruté a Lobo y la monumental paliza que le dio a Santa Claus, y comencé a coleccionar algunas revistas. La primera que me compré fue el Pato Lliro, un cómic chileno escrito y dibujado por Christiano, un personaje marginal y querible a partes iguales. Había un compañero en el colegio que era igual a ese personaje: flaco, alto, con el pelo despuntando en un chocopanda, moreno, de quijadas anchas. Terminaron diciéndole Pato Lliro, y nadie que no fuera del curso podía entender el por qué le decían así. Siempre lamenté el que me hubiesen robado esa revista. La otra vez encontré un ejemplar en una de las tantas tiendas de libros usados que visito, pero no lo quise comprar, supuse que el encanto ya había pasado y que era mejor dejarlo donde estaba. Pero igual después deun tiempo empecé a juntar otras historias, como Animal Man, Akira, El Eternauta y varias otras obras que, cuando las compro y las sostengo en mis manos, los vendedores me quedan mirando con expresión de sorpresa. Imagino que pongo la misma cara de felicidad con los ojos enormes de cuando era chico, un cómic sigue siendo un dulce, una delicia que quiebra una dieta equilibrada. Claro, me gusta muchísimo la literatura, pero aunque esta pueda ser políticamente incorrectísima, nunca podrá serlo tanto como un cómic irreverente. Total, la gente piensa que las historietas son cosas de niños, y cuando tengo un cómic entre mis manos, les encuentro toda la razón.