7 razones de por qué comprar en una feria…orgánica!
Desayuno leyendo el diario y me encuentro con una noticia no solo alentadora, sino también la comprobación estadística de que a los chilenos nos gusta comprar nuestras frutas y verduras en la feria. De Arica a Punta Arenas, el 70% de las personas se la juega por tomar su carrito o su bolsa y caminar entre los caseros escogiendo sus acelgas, sus manzanas, los huevos de color o, por qué no, un buen trozo de pescado o queso. Algo tienen las ferias que nos gusta recorrerlas y, como feriante desde hace casi dos años, me atrevo a analizar el fenómeno.
Aclaro que mi experiencia como casera es desde la vereda de lo orgánico, organizando desde hace casi dos años el Primer Mercado Orgánico de Chile. Lo bonito de esta propuesta es que, aparte del plus de que se trata de alimentos libres de químicos, el espíritu de feria es completamente similar a las que todos conocemos.
El 70% de los chilenos prefiere comprar comida orgánica en las ferias que en los supermercados.
- Atendido por sus propios dueños. La frase, tan clásica, no puede ser más cierta y efectiva. Nos gusta que la persona que nos conversa mientras hacemos la compra (si nos pesa los bultos y nos cobra, tanto mejor) sea el “dueño del boliche”. Con él nos podemos quejar, a él le podemos preguntar y con él ahí nos sentimos tranquilos sobre el origen y los cuidados que se le dieron a los alimentos que recibimos.
- La caserita. Cuando ya nos hacemos habituales en una feria y hemos picoteado, probado y conversado en todos los puestos, nos gusta estacionarnos en el que más nos gustó y mantenernos ahí. “Angélica, como está!!, se acordó de traerme mi pollito??? Señora Lucía, antes de irse acuérdese de pasar a retirar las hierbas que le coseché!! En fin, frases como estas se repiten semanalmente y la ayuda del mail es un aporte para muchos de nuestros feriantes que se contactan con su clientela, le mandan las ofertas y se aseguran que para el sábado su puesto tenga el movimiento esperado.
- El precio. Ir a la feria conlleva la sensación, luego la convicción y, finalmente, la comprobación, de que los precios son más bajos que en el supermercado. Gastamos menos, es un hecho, y las cosas son más ricas y sabrosas. Ese es otro hecho. Y lo orgánico no es la diferencia. Al no existir intermediarios y las cosas poder llegar directamente desde el productor, no hay mucha más ciencia económica que ponerle a la ecuación: las frutas y verduras son más baratas incluso siendo orgánicas.
- El ambiente familiar. Las ferias, sobre todo las que son más circulares y pequeñas generan un espíritu acogedor que se valora. Las mamás no van con temor de perder a sus niños, todos los feriantes ya le son conocidos y, además, es un minuto en que podemos toparnos con parientes, conocidos y amigos. Que mejor que tener un tiempo para conversar un rato animadamente. Y si no apareció ninguna cara familiar, pues siempre está nuestra caserita para hablar un rato, seguirle la pista a sus hijos, conocer de su vida…en fin…no todo es comprar y comer, sino también conversar y saber del otro.
- La sandía calada. Ciertamente los supermercados nos facilitan la vida en muchas cosas. Pero apuesto que a más de alguno le habría gustado saber, dentro de tanto envoltorio y empaquetamiento, qué es lo que había dentro. Probar la aceituna de TilTil, oler el tomate limachino son costumbres muy típicas de las ferias convencionales. Y lo mismo ocurre en Mercado Orgánico. El queso de cabra recién llegado de Pirque, la pasta de aceituna, las mermeladas caseras, la miel de bosque nativo. El vino…los nuevos jugos de manzanas orgánicos. Todos probamos, comentamos y sabemos con certeza que nos estamos llevando a casa.
- La cercanía. Nada de pasillos interminables, estacionamientos y largas filas de autos. La gracia de la feria es llegar a ella a pie. Y si no se puede, pues que la manejada sea de pocas cuadras, de escasos minutos. Lo bonito de las ferias es poder tenerlas a nuestro alcance y por eso las preferimos también. Si tenemos tiempo, la compra es con más relajo, pero si estamos sobre la hora también se puede disfrutar de ellos haciendo todo rápido…y cerca.
- El rito. Juntarnos para almorzar con los abuelos los domingos, salir con las amigas los martes por la noche, acostar a los niños a las 8 de la noche, sacar la patente una vez al año y, por cierto, lavarnos los dientes todas las mañanas son algunas de las rutinas que ordenan nuestra vida y, unas más unas menos, nos gusta tener. La ida a la feria tiene eso, la rutina. Las frutas y verduras se terminan todas las semanas y no queda más que partir a reponerlas. Y ese simple acto nos obliga a disfrutar todo lo dicho antes: la amable atención de la casera, la degustación de queso, los niños correteando con tranquilidad. Y lo mejor de todo, haya sol, tengamos frío, corra la lluvia o truene!
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