La historia del Marqués español que corrió para Ferrari
Nadie discute las cualidades y el talento de Fernando Alonso, uno de los grandes pilotos de nuestra era, y el primer español campeón del mundo de Fórmula 1. Ha habido muchos pilotos hispanos de gran nivel en la categoría, pero quizás ninguno tuvo el carisma de uno de los grandes personajes de la primera época de la F-1, un playboy alocado que brilló como una estrella, pero se consumió fugazmente, como una vela.
Alfonso Antonio Vicente Eduardo Ángel Blas Francisco de Borja Cabeza de Vaca y Leighton, VIII Marqués de Portago y XIII Conde de la Mejorada, Conde de Pernía , Marques de Moratalla y Duque de Alagón, nació en 1929 en Londres, Inglaterra. Su padre, Antonio Cabeza de Vaca y Carvajal, era deportista, héroe de la Guerra Civil Española (donde luchó en el bando nacionalista) y apareció en algunas películas de los primeros tiempos. Su madre era la norteamericana Olga Leighton, y residían en Londres cuando nació, por lo que siempre se movió en un entorno de socialités.
Una vida intensa
Practicó muchos deportes. Además del tenis, el golf y el polo (deportes habituales en la alta sociedad de su época), se destacó en el bobsleigh, esas carreras de trineo en una pista helada. Junto a su primo Vicente Sartorius participó en los Juegos Olímpicos de Invierno de 1956, en Cortina d’Ampezzo (Italia), alcanzando el cuarto lugar. Al año siguiente, mejoró su marca junto a Luis Muñoz: ambos fueron terceros en el Mundial de la especialidad, hasta ahora la única medalla alcanzada por España en una competencia de bobsleigh de ese nivel. También fue jinete de caballos, corriendo una centena de carreras en Francia e Inglaterra.
Para ese entonces su vida privada era una pequeña locura. En 1949 se había casado con una modelo americana llamada Carroll McDaniel con la que tuvo dos hijos, Andrea y Anthony. Al mismo tiempo que nació Anthony (1954), Alfonso estaba divorciándose de Carroll porque quería legalizar su matrimonio (bígamo) con la supermodelo Dorian Leigh, con la que se había casado clandestinamente en México. Leigh dio a luz a su hijo Kim un corto tiempo después (1955). Luego, Portago tuvo un romance con la actriz Linda Christian.
Portago, el piloto
El marqués también se destacó como piloto de autos. Y llegó a ser piloto oficial de Ferrari en la Fórmula 1. Pero ¿cómo llegó ahí? Bueno, de la manera en que hacía todo: con vehemencia y rapidez.
Uno de sus amigos cercanos era un periodista americano llamado Edmund Nelson, quien le presentó a Luigi Chinetti, importador de Ferrari en Estados Unidos. Portago lo acompañó en la mítica Carrera Panamericana de México en 1953, y quedó tan maravillado con las carreras que inmediatamente se compró un Ferrari con motor V12, el que debió vender tras su primera carrera porque ¡no sabía manejarlo! Era un auto demasiado potente. Fue aprendiendo rápidamente, con autos más simples, hasta que comenzó a tener buenos resultados. En la categoría de autos Sport comienza a tener éxitos, e incluso en el Gran Premio de Cuba de 1957 vencía con claridad al maestro Juan Manuel Fangio, hasta que el acelerador del auto dijo basta y debió abandonar.
Tras estas actuaciones, y después de rechazarlo en reiteradas ocasiones por su fama de chocar todo lo que manejaba, Portago es aceptado en el equipo oficial Ferrari de F-1, donde corre cinco carreras, alcanzando en Silverstone ’56 el segundo lugar en dupla con Peter Collins (en ese tiempo se permitía compartir auto y puntos por más de un piloto). Sin embargo, la fama lo perseguía: se decía que sus autos siempre tenían daños en la parte frontal, “por la gente que va golpeando mientras acelera en las carreras”.
Así, Portago llega a la Mille Miglia ’57, la gran carrera de turismo de carretera en Italia, corriendo una vez más para Ferrari. Recluta a su viejo amigo Edmund Nelson para que lo acompañe, y mientras circulaba a 250 km/h se le rompió un neumático, perdiendo el control del auto y arrollando a los espectadores. Además de Portago y Nelson, murieron diez personas (incluyendo cinco niños) y hubo veinte heridos graves. Los medios italianos se escandalizaron y exigieron el fin de la Mille Miglia, lo que ocurrió, acabando con los casi 50 años de la mítica carrera italiana.
Parece ser que el culpable de todo fue justamente Portago: sus mecánicos le indicaron en una parada previa que debía cambiar esa rueda porque la había golpeado un rato antes y estaba rozando la carrocería. El español no quiso hacerlo para no perder tiempo.
Edmund Nelson dijo alguna vez que dudaba mucho de que Portago llegara a vivir lo suficiente para cumplir treinta años. El destino quiso que él, quien probablemente conocía al marqués mejor que nadie, fuera testigo del cumplimiento de su propia profecía.
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