Marcelo Salas: La historia del máximo ídolo azul (I parte)
Esta primera semblanza de nuestro excluyente y contemporáneo ídolo azul comienza en su Temuco natal, en un hogar de trabajo como cualquiera de los muchos que hay en el sur de nuestro país, con un potrero cerca del barrio de Pueblo Nuevo en Temuco, una familia unida y simple como tantas, bendecida por el genio futbolero de un zurdo que desde niño tuvo la vista arriba en el panorama y la red como objetivo.
Antes de llegar a la “U”, Salas probó suerte en Deportes Temuco, donde alcanzó a ser parte de la sub-17 del equipo sureño.
Son ya casi lejanas las historias que escribió de niño el Matador, que jugó en sus comienzos como volante en el club Santos F. C., equipo que juega en asociación Temuco en la capital de la Araucanía y hace de local en la modesta cancha, con viento frío corredor del Cautín, del Estadio Municipal de Pueblo Nuevo.
Este diamante en bruto fue ofrecido al club Deportes Temuco, entonces protagonista de la Primera División chilena quien no se interesó mayormente en un jugador de la zona y desconocido, pese a que Salas jugó en sus divisiones inferiores..
También fue ofrecido y rechazado por nuestro archirrival, según fuentes cercanas a la familia Salas, bajándole el pulgar un triunfador técnico de sus juveniles, ex puntero izquierdo, seleccionado nacional y Director Técnico Mundialista sub-17 por esos años, debido al elevado número de jugadores y el gasto de las divisiones inferiores. Hasta que un empresario y dirigente azul puso oído al rumor, los ojos en el juego del adolescente y se lo trajo a Santiago a las inferiores de la U.
A los dieciséis años Chamelo ya estaba en la capital, acomodándose a un club grande y en casa de familiares, pero cada vez que jugaba impresionaba por la simpleza y efectividad de su juego, como siempre acompañado de los triunfos.
Junto a ganar ya una titularidad en un medio superior en las inferiores de la U figuró y con éxito en las selecciones sub-17 del Sudamericano de la categoría en Paraguay, y sub-20 que compitió con éxito en el torneo de L’ Alcudia, nada menos para este hijo de los trigales y el pehuén tan típicos de la región de la Araucanía.
En menos de dos años ya comenzó a alternar con el primer equipo y a figurar con mayor frecuencia en las citaciones a los partidos cuando en la U estaban Mariano Puyol, Marcelo Jara, Gino Cofré, Ariel Beltramo y Juan Carlos Ibáñez en la delantera. Todavía un nombre sin historia grande para la hinchada azul, pero no para quienes lo seguían desde que se rumoreaba “hay un cabro súper bueno acá en Temuco”, a comienzos de los años noventa.
Hasta que llegó el mágico año de 1994, la tercera temporada de Arturo Salah en el banco azul, con el honor recuperado después del descenso de 1988 y andar tumbando en una liguilla de promoción en 1991. Un plantel jerarquizado recibía la promoción definitiva del aún novato Marcelo, integrado por estrellas de nivel internacional como el ex seleccionado paraguayo Rogelio Delgado, mundialista de México ’86; el argentino Sergio Bernabé Vargas en la portería proveniente del Emelec de Guayaquil y con origen en el Independiente de Avellaneda; Patricio Mardones, internacional chileno proveniente del O’Higgins de Manuel Pellegrini y anteriores temporadas en el Saint Gallen de Suiza.
La formación azul de 1994 incluía nombres ilustres: Sergio Bernabé Vargas, Rogelio Delgado, Mariano Puyol y una figura incipiente: José Marcelo Salas Melinao.
También, con el fútbol simple y el oficio del tucumano Raúl Heriberto Aredes proveniente del Deportivo Cali y con paso anterior por Estudiantes de La Plata, más una serie de nombres y hombres de calidad y experiencia que no se asustaron con los 25 años sin títulos nacionales que padecía entonces el León Azul.
Ese equipo de profesionales mezcla de hombres de casa, foráneos, novatos y experimentados hizo propio el desafío de salir campeones y el estandarte fue uno de los más jóvenes jugadores: José Marcelo Salas Melinao. Zurdo, guapo, valiente, encarador, rápido, talentoso, oportuno, hambriento de gol y con el fuego divino del puñado de jugadores elegidos. Inaguantable para cualquier defensa en esos tiempos.
Para retratarlo en una jugada al muchacho de diecinueve años: primer clásico contra los albos, la prensa nacional promocionando a un pálido brasilero –Toninho, el principal refuerzo de los albos-, después de marear a varios seleccionados nacionales y que éstos aburridos de que los bailara un pendejo recurrieran a las patadas cometiendo penal en un clásico.
Luego del grito y la euforia del cobro a estadio lleno, ¿quién lo va a tirar?, ¿cómo se llama el cabro?: hizo fácil lo complejo, como si abriera una puerta. Prepara corta carrera para cruzar con el zurdazo arriba cerca del ángulo. Fue ver eso y automáticamente asumir que se estaba en presencia de un ídolo.
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