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Minuto de silencio por O’Higgins: ¿Por qué la hinchada azul no lo respetó?

La tragedia de la hinchada de O’Higgins en Tomé permite apreciar encontradas sensaciones frente al respeto por los sentimientos de dolor.

Este martes, pasadas las nueve y media de la noche, se ofreció un minuto de silencio por las víctimas de la tragedia de la cuesta Caracoles en Tomé, allí dieciséis personas fallecieron al volcar y desbarrancarse un microbús de recorrido urbano rancagüino.

Después, el dolor de las familias de la sexta región colmó de emoción el viejo estadio rancagüino donde los féretros iniciaron su último viaje, despedida llena de pasión y sentimiento celeste por los hinchas del “capo de provincia” que perdieron la vida después de la alegría de haber derrotado a los acereros 2-0 en el Nuevo Cap de Talcahuano.

Sin duda que existe sentimiento nacional de respeto por el luto de los celestes. Pero en el Nacional, para toda Sudamérica y por la acción de algunos inadaptados, hacemos gala de nuestra falta de educación y de un mínimo respeto para uno de los momentos que a la humanidad toda conmueve: el respeto por los muertos.

Los de Abajo Minuto Silencio

Foto: Blogs

La degradación es propiedad y no el derecho de algunos, y también de quienes deciden acompañarlos sumándose con tibios silbidos a los incomprensibles gritos y pullas dirigidas al enemigo de turno –en este caso: Estadio Seguro y las autoridades- aprovechando vilmente el silencio de la gran mayoría que si respeta y acompaña por momentos el dolor de las familias futboleras de toda la sexta región.

¿Qué se consigue?

Que la gente dolida y agraviada acumule y reserve su rencor hacia todo lo que represente la hinchada de la U, el que lamentablemente reaparecerá en la próxima visita azul a Rancagua o donde haga de local O’Higgins este año.

Allí, sin mediar mayor provocación aparecerán las encerronas de patotas con palos o armas cortantes en las calles aledañas, amenazando a quienes lleguen cantando, y los cobardes peñascos surcarán los aires de la sexta rompiendo cabezas de hinchas azules, o peor aún, de niños que sueñan con la fiesta de una tarde de fútbol para regresar con miedo a casa.

Nos falta mucho, muchísimo, para comportarnos como gente civilizada. No nos basta con insultar ferozmente a todos los seleccionados que vienen a jugar contra Chile sino que también hay que pifiar y no respetar el himno nacional de la visita, y después nos admiramos que nos traten mal fuera del país.

Cómo si creyeran que eso sirve para ganar, creciendo solamente en intolerancia y vergüenza, ajena.

Una pena, ganar la Sudamericana no nos hizo más honorables, solamente aumentó el descaro y la grosería de algunos. Afortunadamente la palabra Universidad si bien no armoniza, tampoco desentona con la conducta de barras de estos tiempos.

Con ellos hay que convivir en el estadio y aun así compartir la pasión azul, en eso sí que tenemos algo en común.

Distinto es el revoleo silente y respetuoso de camisetas azules en homenaje póstumo, como el que acompaño la despedida de Felipe Cubillos en el Nacional.

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