Guía de: Lencería

Modelos de lencería: ¿Odiarlas o admirarlas?

Son bellas, son sexys y el blanco del constante escrutinio de las mujeres alredor del mundo, que les exigen ser perfecta.

He vendido lencería por muchos años. De hecho, financié gran parte de mis gastos universitarios con ese negocio, y hasta ha sido un factor de ayuda en períodos de inestabilidad laboral. La venta de ropa interior por catálogo es una poderosa herramienta para muchas dueñas de casa que quieren mantener independencia económica, y a lo largo del tiempo conocí a más de alguna que fue capaz de sacar adelante a toda una familia gracias a este negocio.

Es que la lencería tiene ese peculiar encanto que hace que casi toda mujer caiga seducida ante un librito con lindas prendas, independiente de que la fémina en cuestión tenga o no alguien en su vida a quién modelárselas.

Pero a todas, o casi todas, las une un sentimiento similar, uno que no tiene nada de positivo, pero que queramos o no, se hace notar cada vez que ojeamos las fotos de una nueva colección de ropa interior. El odio a la modelo del catálogo.

Lenceria
Foto: Agencias

Dayane Melo.

“Regia la desgraciada”, es la frase más suave que se escucha en estas circunstancias. Y claro, si se despliega ante nuestros ojos una imagen gigantesca de una chica que siempre es más joven, más voluptuosa y más tonificada que una.

Más aún, con el paso del tiempo las campañas publicitarias de las diferentes marcas de lencería han ido subiendo el tono de la muestra, y más que pretender encantarnos a nosotras parecen hechas para satisfacer el gusto de los hombres que por lo general, salvo honrosas excepciones, no son quienes realizan la inversión en estas prendas.

Entonces, ¿qué le pasa al mercado? ¿Por qué se empeña en mostrarnos lo que quieren que compremos pero como diciéndonos desde el principio que así jamás nos veremos?

La culpa la tiene Victoria’s Secret


Famosos, y referentes a nivel mundial, son los desfiles y colecciones de esta marca estadounidense, que partió como un catálogo en internet y ahora invade diferentes latitudes con imágenes de mujeres espectaculares convertidas en ángeles vestidos para seducir.

Modelos como Heidi Klum, que fue por años el ícono de estos mediáticos desfiles, han hecho toda una carrera al alero de esta marca. Hasta polémica causó a principios de este año la renuncia de Kylie Bisutti al staff de Victoria’s Secret debido a que su fe cristiana hacía incompatible su vida matrimonial con el destape de sus desfiles en paños menores.

Lenceria
Foto: Agencias

Otras famosas como Miranda Kerr, Monika Pietrasinska y hasta Kelly Brook han aportado sus curvas y encantos a un registro fotográfico que parece destinado a complacer los ojos masculinos.

Incluso un caso más cercano tenemos con la brasileña Dayane Melo, novia del tenista nacional Nicolás Massú, quien hace un par de años protagonizó una sesión fotográfica para la marca Amo, de Triumph.

Plumas, collares y todo tipo de accesorios asociados a la sensualidad son parte habitual de este tipo de campañas.

Pero más que saber si el éxito mediático de estas sesiones se transforma en mayores ventas (preocupación para consultoras y empresas de publicidad, no para esta guía) la pregunta es, ¿nos sentimos representadas con estos íconos de la belleza? ¿Me gusta o me desagrada ver esa ropa adornando un cuerpo que no se parece demasiado al mío?

Si somos positivas podríamos pensar que sí, que una imagen de ese tipo nos inspira a desear vernos de esa manera, y el glamour de una sesión fotográfica en las calles de París se contagia a cómo nos sentimos al ponernos esa ropa. Si somos negativas odiaremos por enésima vez a la insoportable modelo que nos refriega en la cara lo estupenda que es, y en vez de mirar la ropa nos dedicaremos a buscarle la pifia; una estría, celulitis o hasta un rollito disimulado.

Mi recomendación es que usemos todo en nuestro provecho. Incluso si nuestro novio, marido o amante es de los que mira la foto y pregunta si el precio incluye a la modelo. Una casual ojeada al catálogo con el individuo cerca traerá, sin duda, la posibilidad de que se ofrezca gentilmente a hacernos un regalo. Total, siempre queda el consuelo de que la imagen pasó por el photoshop.

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