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Soy un árbol, no un basurero

No somos conscientes de la vital importancia de la naturaleza o hasta ahora la hemos olvidado entre tantas visitas al Mall.

En un lugar de Santiago, un día caminando, encontré al costado de un árbol, un letrero con la leyenda que da título a este artículo. Me pareció un acto de tanta lucidez y amor por estos seres vivos.

Basta caminar por casi cualquier calle de nuestras ciudades en Chile para darnos cuenta que existe una agresión con matices diversos hacia la naturaleza y a la que los árboles nos recuerdan acudir. Desde la poda Municipal que sólo deja troncos mustios hasta los clavos con los que las personas herimos la madera para colgar las bolsas de basura, pasando por la gran cantidad de desperdicios que lanzamos a las tasas de los árboles en las calles (colillas de cigarros, papeles, aceites, aguas con detergentes, etc.) así como pegamos o colgamos carteles, avisos, etc.

Árboles

Foto: Agencias

Esta imagen se repite en muchos lugares de Santiago.

Esta agresión inconsciente hacia la naturaleza que es un sistema integrado de miles de especies, no es algo nuevo. En este Continente, lo hemos estado experimentando desde la llegada oficial en 1492 de los “Conquistadores”. Digo oficial pues con toda la información que se ha ido desvelando ya sabemos que a este territorio al menos llegaron Nórdicos, Japoneses, Fenicios, Chinos, Polinesios, Irlandeses, etc., siglos antes de Colón, como se señala en el programa español Cuarto Milenio.

Al ir desconectándonos cada vez más de la naturaleza debido al ritmo de las ciudades con su afán, la irresponsabilidad individual por el cuidado de árboles y el entorno verde es manifiesta. Es cierto que existen parques bellos y cuidados, pero no me refiero a eso sino a la actitud del ciudadano promedio que arroja basura sobre la vegetación ahogando aún más los ya ahogados árboles callejeros. Cabe recordar que es la naturaleza la que nos sustenta y si no cuidamos de ella, no estoy tan seguro que ella cuidará de nosotros.

Muchos años atrás, en 1855, el jefe Seattle de la tribu de los Suwamish le escribió una carta al Presidente de los EE.UU. Franklin Pierce (1804–1869) en respuesta a una oferta de compra de sus tierras que el gobierno deseaba hacer. Su respuesta, a la luz de actitudes descuidadas que tenemos con la naturaleza, es un recordatorio de una conexión muy antigua que el hombre tuvo con el entorno que lo vio desarrollarse desde los primeros momentos de la existencia como seres humanos. Descuidar esa conexión es descuidar nuestra alma, pues todo lo que le ocurre a la naturaleza pronto también le ocurrirá al hombre. Si nos olvidamos de respetar a la naturaleza, nos olvidamos de respetarnos a nosotros mismos. Al final del camino, entre tantas disputas egoícas nos olvidamos que el hacha del leñador, nos alcanza a todos por igual. En el año 1978 la banda canadiense Rush lanzó un tema llamado “The Trees” que, en su virtuoso estilo, nos muestran esta temática.

Quien tenga hijos deseará dejarles un mundo mucho mejor que en el que hemos estado viviendo; como así creo que es, entonces busquemos esa consciencia dentro de nosotros mismos para aprender y enseñar el respeto por todos los seres vivos, en especial por los árboles que son los que asientan la luz de los Universos Múltiples, del cielo hacia la Tierra.

No fue acaso, como señala la tradición budista, que Siddartha se sentó por mucho tiempo en quieta contemplación debajo del árbol Bodhi que es el árbol de la Vida, y así obtuvo la Iluminación. El árbol Bodhi es denominado el Gran árbol de la Vida porque todo lo que es necesario para la paz duradera puede ser encontrado en sus raíces, tronco, ramas y fruto.

No somos conscientes de la vital importancia de la naturaleza o hasta ahora la hemos olvidado entre tantas visitas al Mall. Puedes comenzar esta labor de consciencia con el árbol que está frente a tu casa o dentro de ella o la planta arrinconada en tu oficina. No hace falta ir lejos para comenzar a despertar una conexión más amorosa con la naturaleza, con la vida y, en definitiva, con nuestra alma. Cuando viajes a un bosque, a un lago, a la montaña, lleva entre tus cosas bolsas de papel y mientras caminas, sé amable con la naturaleza y recoge aquellos desperdicios que otros, con menos conciencia que tú, han dejado olvidados.

Creo que esta cita del fallecido fisiólogo Jonas Salk (1914 – 1995) puede ayudarnos a tomar consciencia de en qué mundo queremos que vivan los hijos de sus hijos: “Si desaparecieran todos los insectos de la Tierra, en menos de 50 años toda la vida en la Tierra desaparecería.…… Si todos los seres humanos desaparecieran de la Tierra, en menos de 50 años todas las formas de vida florecerían”.

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