¿Qué es la locura?

¿Cómo concebimos la locura? ¿Es la enfermedad psiquiátrica un motivo para abandonar a las personas a su suerte? ¿Es este abandono una forma de violencia pasiva?

Tras el reportaje presentado en el programa “Aquí en vivo” acerca del trato que reciben los pacientes del Hospital psiquiátrico El Peral, imagino que muchas personas estarán, como yo, preguntándose cómo el ser humano puede llegar a tal nivel de crueldad y, por supuesto, cómo es posible que, en tantos años de abusos, sólo una persona haya sido capaz de denunciar con firmeza estos hechos para hacerlos públicos.

Las explicaciones a este fenómeno pueden ser muchas, desde la falta de preparación de los trabajadores, pasando por la nula vocación de servicio, rasgos violentos, tendencias sádicas e ideología grupal que lleva al abuso de poder. El burnout también puede ser un factor presente en estos trabajadores y podría dar respuesta, en parte, a su falta de empatía y cuidado. No obstante, es bastante difícil de explicar, principalmente para los familiares de las víctimas y para todos quienes como yo se sintieron intensamente perturbados por el reportaje, que profesionales de la salud mental, supuestamente preparados, hayan sido cómplices de tan graves vejaciones, faltas a la dignidad y violación de los derechos humanos de personas en condición de desventaja.

Locura
Foto: El Mercurio

En ciertos casos, el desarrollo de una psicopatología, paradójicamente, tiene su origen en la búsqueda de la salud.

Sin embargo, más que analizar las posibles causas de este incomprensible comportamiento, me abocaré a analizar el modo en que se entiende en la actualidad la “locura” y el efecto de esta aproximación en el tratamiento que se le otorga a quienes la padecen en una sociedad como la nuestra.

Desde la psicología y la psiquiatría algunos trastornos, como por ejemplo la esquizofrenia, se consideran prácticamente irreversibles, razón por la cual en muchos casos simplemente se le da a quien la padece un tratamiento paliativo y se le deja a merced de su deterioro. Es así como la sociedad deja de hacerse cargo de estas personas sin siquiera cuestionarse cuáles son las causas de su trastorno. Otras patologías como el actualmente tan de moda “desorden bipolar”, permiten a la persona, en la mayoría de los casos, continuar con su vida de un modo relativamente normal, mientras si tienen “suerte”, médicos y familiares estarán continuamente monitoreándolos atentos a cualquier manifestación que escape de lo “normal” y pueda estar indicando un período alto o bajo. En los períodos de crisis, dependiendo del estilo de abordaje de sus cercanos, pueden llegar a ser internados y sometidos a procedimientos invasivos, muchas veces a la fuerza.

Es claro que muchas deficiencias y patologías psiquiátricas tienen su origen, en parte, en factores genéticos, pero los factores ambientales también pueden ser causantes o desencadenantes de dichas “anomalías”, por decirlo de algún modo. Familias disfuncionales, ambientes carenciados o muy conflictivos pueden configurarse como causas o gatilladores de un trastorno. Desde una visión algo más crítica, es posible decir entonces que, en ciertos casos, el desarrollo de una psicopatología, paradójicamente, tiene su origen en la búsqueda de la salud. ¿Se han preguntado alguna vez si existe la posibilidad de que una persona altere su realidad cuando ésta le resulta insatisfactoria e intolerable? ¿Es posible que las causas de muchos de los trastornos psiquiátricos se encuentren en el seno de la familia o en la matriz de una sociedad que no está siendo capaz de sostener la “realidad” para algunas personas?

Claramente, es mucho más fácil que como personas, como familia o como sociedad no nos hagamos cargo de nuestra propia responsabilidad en estos temas y que culpemos a nuestros “enfermos mentales” de su trastorno porque nos molestan o nos asustan, apartándolos, internándolos y relegándolos a vivir una vida que no tiene sentido alguno, pues ya han sido condenados y dados por vencidos.

Desde mi perspectiva debe existir una alternativa de tratamiento para estas personas, pero ésta sólo es posible cuando el terapeuta cree en la capacidad del “paciente” de sanarse, pero de sanarse no del modo en que el psiquiatra o el psicólogo quiere, sino del modo en que la persona en cuestión pretende hacerlo. Diagnosticar, etiquetar, clasificar, categorizar, muchas veces son sinónimos de anular la curación, anteponiendo el sello de poder que implica un diagnóstico a la persona y a su posibilidad de encontrar una potencial solución a su problema.

Los diagnósticos son a veces herramientas de poder y de control social y personal. Los profesionales de la salud mental frecuentemente pasan por alto el sentir de las personas, simplemente haciéndolas entrar por todos los medios en una constelación de síntomas y características con nombre de enfermedad en el que deben caber de una u otra forma y esto conlleva, obviamente, una correlativa medicación. No podemos negar, al respecto, que existe también un cuestionable negocio liderado por las farmacéuticas en el que los médicos toman parte al permitir que los “auspicien” en viajes, reuniones y otros.

No es mi interés producir un sesgo y decir que los medicamentos no sirven ya que, por una parte, no soy médico y no cuento con conocimientos suficientes para desacreditarlos, y por otra, creo que en la medida que sean utilizados por profesionales que manejen el tema con ética, responsabilidad y respeto por la PERSONA que tienen al frente, pueden ser ventajosos en el tratamiento de algunas patologías. Además, son muchas las personas que recurren al psiquiatra o neurólogo para recibir medicación en función de apoyar un proceso terapéutico, mientras otras prefieren simplemente tomar medicamentos y no tener que pasar por el proceso de análisis, enfrentamiento y comprensión del problema. Esto último es producto de la, a mi parecer, lamentable tendencia mundial a la medicalización de la vida.

Locura
Foto: El Mercurio

Los profesionales de la salud mental frecuentemente pasan por alto el sentir de las personas.

Desde la mirada del psiquiatra mexicano Guillermo Borja, “La locura es tratar de ser antes de morir. La locura es la búsqueda de la salud y requiere mucha valentía por parte del sujeto. Recordemos que uno de los terrores más grandes es perder el control”. Esto implica que, el camino hacia la locura se transita probablemente en la forma de una búsqueda de estar bien, cuando la situación o las condiciones no son las adecuadas. Es así como, en el caso de la esquizofrenia, por ejemplo, se llega, probablemente a través de un camino de búsqueda de soluciones, a una disociación que implica un quiebre y la pérdida del juicio de realidad. Probablemente si tuviéramos la posibilidad de reconstruir el camino de las personas hacia la locura, nos daríamos cuenta de que hubiese sido posible encauzarlo de un modo más amable y adecuado para la persona en alguna de las etapas transitadas.

Borja propone que los terapeutas debemos sacudir a la enfermedad de nuestras distorsiones abriendo un campo de mayor comprensión hacia la salud. Opina que la salud va más allá de la funcionalidad estética, es decir, de lo que se ve bien en términos de comportamientos adecuados y formas de ser socialmente deseables. Esto implica que la “sanación” no debe ser considerada en términos de “normalización” o “adaptación”, sino de bienestar para la persona y para quienes se encuentren a su alrededor.

Preguntémonos entonces si es válido sentenciar al aislamiento, a la reclusión y a la desesperanza a quienes han perdido el lazo con la realidad a la que nosotros continuamos aferrándonos y, si no hacer nada por sanarlos no implica también una forma pasiva de violencia que puede ser más grave aun que la perpetrada por los cuidadores que maltratan física y psicológicamente a los que, sin tener culpa alguna, perdieron en algún momento la capacidad de ser-en-el-mundo que nosotros compartimos.

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