En una sociedad como la de hoy, donde cada uno vela por lo que le incumbe y la competencia con el de al lado se hace cada vez más fría y sin consideración, son pocos los elementos que pueden provocar la unión de un país como el nuestro. Uno de esos peculiares elementos es la selección chilena, que por razones buenas o malas logra juntar a todos los chilenos en torno a la pelotita.
Todos tenemos recuerdos de algún gol de Chile, los más viejos tendrán en la mente a Leonel Sánchez derrotando al mítico Lev Yashin en Arica por el mundial del ‘62. Otros recordarán al Pato Yáñez en su loca y solitaria carrera por la cancha del Defensores del Chaco para clasificar a Chile al mundial de España ‘82 con el imborrable relato de Pedro Carcuro. Los más jóvenes (como yo) aún tenemos fresco el grito de gol de Mark González frente a Suiza en Sudáfrica 2010.
Todos tenemos opinión cuando nos preguntan sobre la selección, si debe jugar el Mati o Valdivia, si se debe jugar con línea de tres o de cuatro en el fondo o quien debe ser el reemplazante natural del Chupete. Todos a quienes nos gusta el fútbol le damos respuestas a estas interrogantes aunque dicha opinión no tenga un ápice de injerencia en lo que al final decida el técnico, pero partido tras partido seguimos dando nuestra opinión porque le da sabor al debate y un poco más de emoción al juego.
Y este deporte, donde todos podemos opinar y debatir abiertamente sobre algo tan simple como un partido me motivó a dedicarle la vida. Lo intenté jugando, pero como la mayoría de los periodistas, soy un futbolista frustrado que buscó como seguir ligado a la pelota a través de las comunicaciones, por lo que ingresé a la Universidad de Chile para poder llegar algún día a dedicarme a lo que siempre quise, vivir de una pelotita.
