Adolf Hitler y sus desconocidos años de miseria y hambre en Viena

El dictador alemán aseguró que en esa época pasó “el período más triste de mi vida”.

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Uno de los aspectos más desconocidos de la vida de Adolf Hitler (1889-1945), el Canciller que gobernó los destinos de Alemania entre los años 1933 y 1945 y que ha sido sindicado por la historia como uno de los instigadores directos de la Segunda Guerra Mundial, además de ser una figura clave en la perpetración del Holocausto Judío, fueron sus años de juventud en Viena, ingrato período donde conoció la miseria, la desesperanza y el hambre.
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El historiador británico Ian Kershaw, autor quizás de la mejor biografía que se ha escrito sobre la vida del Führer, relata que en el verano de 1907, cuando Hitler tenía 18 años, aún no había trabajado ni un solo día de su vida y seguía llevando una relajada vida sin ninguna perspectiva profesional. Y, a pesar del consejo de algunos familiares de que ya era hora de que se buscara un empleo, convenció a su madre, que ya estaba enferma de cáncer de mama, para que le dejara viajar a Viena, capital del Imperio Austro Húngaro, con la intención de ingresar a la Academia de Artes, donde pensaba materializar su sueño de convertirse en pintor. Sin embargo, reprobaría el examen de admisión: “Prueba de dibujo insatisfactoria. Pocas cabezas”, fue el veredicto de los profesores.

Kershaw cuenta que su intento fallido de ingresar en la Academia y la muerte de su madre, dos hechos que se produjeron en menos de cuatro meses a finales de 1907, supusieron un doble golpe demoledor para el joven Adolf Hitler: su sueño de convertirse en un gran artista y alcanzar la fama sin esfuerzo había sufrido un duro revés, y había perdido a la única persona de la que dependía emocionalmente.

Adolf Hitler, ya mayor, visitando la tumba de su madre, Klara Pölzl (1860-1907).

Adolf Hitler, ya mayor, visitando la tumba de su madre, Klara Pölzl (1860-1907).

“El paso del acogedor provincianismo de Linz al crisol político y social de Viena supuso una transición crucial. Sus vivencias en la capital austríaca habrían de dejar una huella indeleble en el joven Hitler y serían determinantes para la formación de sus prejuicios y sus fobias. Una vez en Viena, Hitler no le contó a su familia que había sido rechazado en la academia, posiblemente porque su tutor en Linz, Josef Mayrhofer, le hubiera negado las 25 coronas mensuales que recibía como parte de su pensión de orfandad y se habría visto sometido a una presión aún mayor por buscar trabajo”, cuenta el historiador británico.

Según relata el mismo Ian Kershaw, después de haber agotado sus ahorros, el joven Hitler se vio obligado a abandonar el barrio vienés de Felberstrabe a mediados de agosto de 1909, a un alojamiento mucho más humilde y sórdido.

“Durante los meses siguientes Hitler aprendió lo que era la pobreza. Su recuerdo posterior de que el otoño de 1909 había sido un período ‘infinitamente amargo’ no era una exageración. Todos sus ahorros se habían esfumado…Durante el húmedo y frío otoño de 1909 tuvo una vida llena de penalidades, durmiendo a la intemperie cuando el tiempo lo permitía y probablemente en alojamientos baratos cuando las circunstancias lo obligaban a guarecerse bajo techo”.

Kershaw agrega que “Hitler había tocado fondo. En algún momento en las semanas posteriores a la Navidad de 1909, flaco y desaliñado, con la ropa sucia e infestada de piojos, y los pies llagados de tanto andar, Hitler se sumó a la caterva de excluidos que acudían al hogar de los sin techo recién fundado en Meidling, no lejos del palacio de Schönbrunn. El declive social del pequeño burgués tan temeroso de formar parte del proletariado era total. El aspirante a genio artístico de 20 años se había unido a los vagabundos, los borrachos y los indigentes del escalafón más bajo de la sociedad”.
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El historiador británico relata que en ese hogar de vagabundos, un centro de alojamiento nocturno que sólo ofrecía alojamiento por un corto período de tiempo, proporcionaba un baño y una ducha, la desinfección de la ropa y un poco de ropa y pan, Hitler conoció a Reinhold Hanisch, un sujeto que decía ser dibujante pero que tenía varios antecedentes penales por delitos menores y que había recorrido casi toda Alemania ejerciendo empleos episódicos. Según relataría Hanisch posteriormente, el joven Hitler por ese entonces tenía un aspecto lamentable y estaba deprimido e iba por las mañanas con otros indigentes hasta un convento cercano donde las monjas repartían un poco de sopa.

Kershaw detalla que “Hanisch intentó trabajar con Hitler quitando nieve, pero, al no tener un abrigo, Hitler no estaba en condiciones de aguantar mucho tiempo. También intentó llevar las maletas a los pasajeros de las Westbahnhof, pero lo más probable es que con su aspecto no consiguiera muchos clientes. Finalmente, al enterarse de que Hitler sabía pintar, Hanisch le sugirió que pintara escenas de Viena que él se encargaría de vender, y después se repartirían las ganancias. De ese modo, Hanisch se encargaba de vender por las tabernas los cuadros de Hitler, normalmente de tamaño postal. También encontró compradores entre los fabricantes de marcos y los tapiceros, que así podían utilizar aquellas ilustraciones baratas. La mayoría de los comerciantes con los que mantenía una relación buena y regular eran judíos. Hitler siempre copiaba sus cuadros a otros, a veces después de visitar museos o galerías de arte para buscar los temas adecuados. Era perezoso y Hanish tenía que estar encima de él, ya que podía vender los cuadros más rápido de lo que Hitler los pintaba. El ritmo normal de producción era de un cuadro al día y Hanisch calculaba que los vendía por unas cinco coronas, a repartir entre él y Hitler. De esta manera podían ganarse la vida modestamente”.
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Por ese entonces, Hitler se mudó a un albergue para hombres, un lugar mucho más cómodo que, a cambio de 50 hellers por noche, servía de refugio para individuos como oficinistas, académicos y funcionarios jubilados, algunos de los cuales solían reunirse en una sala más pequeña, conocida como la “sala de trabajo” o “sala de escritura”, para realizar allí algunos trabajillos: pintar anuncios, escribir direcciones y demás tareas similares.

Karl Konisch, uno de los hombres que solía dormir en ese albergue, donde conoció a Hitler en 1913, lo describió como un hombre poco corpulento, desnutrido, con las mejillas hundidas y la ropa raída. Ian Kershaw cuenta que “Hitler rara vez se ausentaba del albergue y se sentaba todos los días en el mismo rincón de la sala de escritura, cerca de la ventana, para dibujar y pintar en una larga mesa de roble. Todos sabían que aquel era su sitio y los demás huéspedes enseguida le recordaban a cualquier recién llegado que ‘ese lugar está ocupado. Ahí se sienta Herr Hitler’. Los que frecuentaban la sala de escritura consideraban a Hitler un tipo algo raro, un artista. Él mismo escribió más tarde: ‘Creo que los me conocieron en aquellos días me tomaron por un excéntrico’. Pero, aparte de su talento pictórico, nadie pensaba que tuviera un don especial”.

Uno de los cuadros pintados por Adolf Hitler durante su penosa estadía en Viena.

Uno de los cuadros pintados por Adolf Hitler durante su penosa estadía en Viena.

El mismo Karl Honisch recuerda que, aunque estaba bien considerado, el joven Adolf Hitler tenía la costumbre de mantener las distancias con los demás y no “dejar que nadie se le acercara demasiado”.

“Podía ensimismarse, absorto en un libro o en sus propios pensamientos. Pero se sabía que tenía un temperamento irascible y que podía estallar en cualquier momento, sobre todo durante los frecuentes debates políticos que entablaban. Todos tenían claro que las ideas de Hitler sobre política eran firmes. Normalmente se quedaba en silencio cuando se iniciaba una discusión, y hacía algún comentario de vez en cuando sin dejar de dibujar. Sin embargo, cuando decían algo que le resultaba ofensivo, se levantaba furioso de la silla, arrojaba violentamente el pincel o lápiz sobre la mesa y se hacía oír de una manera acalorada y enérgica antes de, en ocasiones, quedarse callado en medio de la frase y, con un gesto de resignación por la incomprensión de sus compañeros, volver a retomar el dibujo. Había dos temas en especial que desataban su agresividad: los jesuitas y los ‘rojos’. Nadie mencionó ninguna invectiva contra los judíos”.
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Si bien los historiadores no saben a ciencia cierta en que momento Adolf Hitler se convirtió en un antisemita declarado y obsesivo, el propio Hitler relataría que se volvió antisemita en los dos primeros años de su estancia en Viena, mencionando un episodio concreto que le abriría los ojos a la “cuestión judía”: “En una ocasión, mientras paseaba por el centro de la ciudad, me encontré de pronto con una aparición, un hombre vestido con un caftán negro y tirabuzones negros. ¿Es esto un judío? Fue mi primer pensamiento. Porque, sin duda, en Linz no tenían ese aspecto. Observé a aquel hombre furtivamente y con cautela, pero cuanto más contemplaba su rostro extranjero, escudriñando cada rasgo, mas adoptaba mi primera pregunta una nueva forma: ¿Es esto un alemán?”.

Tras aquel encuentro, según cuenta el mismo Hitler, empezó a comprar panfletos antisemitas. “Ahora podía ver que los judíos no eran alemanes de una religión especial, sino que un pueblo en sí mismo. Empecé a ver judíos dondequiera que iba, y cuanto más veía, más claramente se diferenciaban a mis ojos del resto de la humanidad”.

Judíos en Viena a comienzos del siglo XX.

Judíos en Viena a comienzos del siglo XX.

El historiador Ian Kershaw relata que “el 24 de mayo de 1913, Hitler, cargado con una ligera maleta negra que contenía todas sus pertenencias, con mejores ropas que el raído traje que solía usar y acompañado de Rudolf Häusler, un joven dependiente, míope, desempleado y cuatro años más joven que él, al que había conocido hacía poco más de tres meses en el albergue para hombres, se despidió de sus huéspedes habituales de la sala de escritura, que les habían acompañado un breve trecho, y partió hacia Munich”.

Kershaw agrega que “la etapa vienesa había terminado. Había dejado una huella indeleble en la personalidad de Hitler y en su repertorio básico de opiniones personales. Pero estas opiniones personales aún no habían cuajado en una ideología o en una visión del mundo completa. Para que eso sucediera, tendría que pasar por una escuela aún más dura que Viena: la guerra y la derrota. Y fueron las circunstancias únicas que generaron esa guerra y esa derrota las que hicieron posible que un marginado austríaco pudiera despertar interés en un país diferente, entre la gente de su país de adopción”.
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Según relataría el propio Adolf Hitler en su obra “Mein Kampf”, su estadía en Viena fue decisiva, pues no sólo su incipiente antisemitismo se formó en esta ciudad, si no que la capital austríaca, una ciudad cosmopolita, con mucha vitalidad intelectual y multicultural que para él se convertiría en un lugar incomprensible e ingrato, le enseñó todo lo que tenía que saber en la vida.

“Para mí, Viena, la ciudad que para tantos es el epítome de los placeres inocentes, un alegre campo de juegos para aficionados a las fiestas, representa siento decirlo, tan sólo el recuerdo viviente del período más triste de mi vida. Incluso hoy, esta ciudad no puede hacer surgir en mí más que pensamientos lúgubres. Para mí el nombre de esta ciudad alegre representa cinco años de penalidades y miserias. Cinco años en los que estuve obligado a ganarme la vida, primero como jornalero, luego como humilde pintor; un modo de vivir verdaderamente pobre que nunca bastaba ni siquiera para aplacar mi hambre cotidiana. El hambre era entonces mi fiel guardia de corps; nunca me dejaba ni un momento y participaba de todo lo que yo tenía…Mi vida era una lucha continua con este despiadado amigo”.

Hitler concluyó que “Viena fue y siguió siendo para mí la más dura, pero la más concienzuda escuela de mi vida.. Puse los pies en aquella ciudad cuando apenas era un muchacho y la dejé hecho ya un hombre, tranquilo y serio. En este período fue tomando forma en mi interior una filosofía e imagen del mundo que habría de convertirse en el cimiento granítico de todos mis actos”.

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