Galvarino: El guerrero mapuche que reemplazó sus muñones por cuchillos para luchar contra los españoles

Este indomable guerrero araucano fue sometido a un cruel suplicio tras ser capturado en la batalla de Lagunillas.

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En la implacable guerra a muerte sostenida en los siglos XVI, XVII y XVIII entre los españoles y los araucanos, el único pueblo de América que los conquistadores europeos no pudieron sojuzgar, se alza la mítica figura de Galvarino, uno de los guerreros mapuches más indomables y legendarios, quien, tras ser capturado en una batalla y sometido a un sangriento suplicio por los españoles, quienes le cortaron ambas manos con un hacha, volvió a batallar contra los invasores, pero esta vez usando sendos cuchillos en sus muñones.

En 1553, en la primera y cruenta etapa de las guerras contra los invasores españoles, los caciques araucanos Caupolicán y Lautaro habían logrado poner en jaque a las fuerzas peninsulares, con una serie de victoriosas campañas que habían culminado con la victoria de Tucapel, batalla en la que sería derrotado, apresado y ejecutado el mismísimo gobernador de Chile, don Pedro de Valdivia, fundador de la ciudad de Santiago en 1541.

La Corona Española, ante esto, nombró como nuevo gobernador al joven militar García Hurtado de Mendoza, quien sólo tenía 21 años, con la expresa misión de pacificar el territorio.

Don García Hurtado de Mendoza (1535-1609), gobernador de Chile entre 1556 y 1561.

Don García Hurtado de Mendoza (1535-1609), gobernador de Chile entre 1556 y 1561.

Si bien se desconocen muchos aspectos de su vida, se sabe a ciencia cierta que Galvarino combatió heroicamente a las fuerzas españolas del gobernador García Hurtado de Mendoza, pero fue capturado junto a varios de sus compañeros en 1557 en la batalla de Lagunillas, junto al río Biobío, límite que dividía la Araucanía con el territorio del centro sur del país que era controlado por los españoles.

Como escarmiento, los españoles le amputaron a Galvarino las dos manos, hecho que el poeta y soldado español Alonso de Ercilla narraría en su famosa obra épica “La Araucana”.

Ercilla relata que tras sufrir la mutilación de sus dos manos, Galvarino, “con desdén y menosprecio dello, alargó la cabeza y tendió el cuello” para que le quitaran la vida cortándole la cabeza; sin embargo, fue liberado para que sirviera como advertencia al resto de los mapuches. Galvarino, entonces, regresó con los suyos, jurando vengarse.

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El historiador Francisco Antonio Encina, respecto del suplicio de Galvarino, en su monumental obra “Historia de Chile”, cuenta que tras la batalla de Lagunillas “no hay datos que permitan estimar las pérdidas de los mapuches. Se sabe que los españoles hicieron a algunos prisioneros. Fray Gil González de San Nicolás, en una carta al Consejo de Indias, refiere las atrocidades que don García cometió con ellos. Sin embargo el suplicio de Galvarino esta confirmado por otros documentos. En vista del fracaso de las medidas humanitarias, don García quiso escarmentar a los mapuches por el terror”.

Encina agrega que “Alonso de Ercilla ha contado el inhumano suplicio en las 10 estrofas últimas del canto XXII de La Araucana. Lo hemos referido, al bosquejar el estoicismo heroico del alma araucana. Ordenó don García cortarle una mano, y Galvarino, es una muestra de valentía, puso además su otra mano. Galvarino soportó el suplicio sin proferir una queja y conservando en su rostro inmutable serenidad. Pidió, en seguida, que se le matara, sabiéndose ya inútil como guerrero, y en vista que ya no se le oía su ruego, estalló su cólera en insultos a sus verdugos, y cambiando de resolución, corrió a los suyos para exhortarlos a la lucha y a la venganza”.

Galvarino, tras sufrir su espantoso suplicio, se presentó ante los mapuches, mostrando sus mutilaciones, clamando justicia y un mayor levantamiento mapuche al que los había llevado su antiguo líder Lautaro. Por su valentía y gallardía fue puesto al mando de un escuadrón de guerreros y se le pusieron sendos y afilados cuchillos amarrados en sus dos muñones, armas que reemplazaron a sus manos mutiladas.

Galvarino lucharía fugazmente junto a Caupolicán, el toqui o general mapuche, en las campañas siguientes contra los españoles hasta que fue capturado en la Batalla de Millarapue, acaecida el 30 de noviembre de 1557, cuando tres columnas compuestas de unos ocho mil araucanos atacaron el campamento español que se había establecido en ese valle. Sin embargo, tras largas horas de lucha -la batalla duró desde el amanecer desde ese día hasta las 14:00 horas- terminaron finalmente dispersados, ante la férrea y tenaz defensa organizada por los españoles.

Según relata el historiador español Jerónimo de Vivar, durante esta batalla Galvarino instó a sus hombres a continuar luchando a pesar de la superioridad en armas y armaduras de los conquistadores, gritando a voz en cuello: “¡Nadie puede huir sino morir, porque mueres defendiendo a tu patria!” Tras ser nuevamente capturado, el gobernador, el implacable García Hurtado de Mendoza, como nueva medida punitiva, lo mandó ahorcar.

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Se cuenta que Alonso de Ercilla, conmovido por el valor de Galvarino, quiso interceder por él para salvarle la vida, pero el indomable guerrero mapuche, exhibiendo un gran desprecio hacia los españoles y descubriendo sus brazos mutilados que había tenido ocultos bajo su manta, contestó: “Prefiero morir a recibir la vida de vosotros, y sólo siento la muerte por no haber podido haceros pedazos con los dientes”.

Los conquistadores españoles, entonces, exaltados al ver la soberbia del cacique, apuraron su ejecución. Galvarino sería uno de los veinte caciques araucanos que fueron hechos prisioneros y murieron ahorcados en el lugar. Según cuenta el cronista español Jerónimo de Vivar, todos murieron felices y diciendo que “más valía morir allí como valientes que servir a los españoles”.​

La campaña de terror desatada por el gobernador García Hurtado de Mendoza en contra de los araucanos, al cabo, no lograría torcer el rumbo de la guerra. Los historiadores Francisco Antonio Encina y Leopoldo Castedo relatan que “la contumaz brega con el mapuche diferenció esencialmente al pueblo chileno de los restantes conglomerados que se formaban en América. Desde la batalla de Reinohuelén (1536) hasta mediados del siglo XVII, se computaban cerca de 30 mil españoles muertos en Arauco, más de 60 mil indios auxiliares fallecidos y cerca de 200 mil mapuches. Chile pronto fue llamado el ‘Flandes Indiano’ y un gobernante español afirmó que ‘la guerra en Arauco cuesta más que toda la conquista de América’.

Ilustración del Parlamento de Quilín (1641).

Ilustración del Parlamento de Quilín (1641).

Las ocasionales victorias españolas en las décadas siguientes no lograrían quebrar la voluntad de lucha de los araucanos, por lo que la Corona hispánica, sabiendo que era imposible someter a los mapuches por las armas, establecieron los llamados Parlamentos, que regularon y supusieron el establecimiento de un status quo con los araucanos y el reconocimiento de la frontera del río Biobío y la soberanía mapuche en aquellas disputadas y agrestes tierras, a cambio de que éstos se comprometieran a no cruzar ese río y atacar a los españoles en la zona centro sur de Chile, así como aliarse con sus potenciales enemigos, como los británicos y holandeses.

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