¿Cómo eran los noviazgos en Argentina durante el siglo pasado? Estas fotos dan pistas

La azarosa travesía que debían sortear los pretendientes durante la primera parte del pasado siglo en Buenos Aires, a fin de poder estar con su amada.

Guía de: Argentina

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“Idilio criollo”, obra de 1861. Juan León Pallière Foto: Museo Nacional de Bellas Artes

Cercana la fecha del 14 de febrero, institucionalizada como Día de los Enamorados, ofrecemos una serie de fotografías de época y relato que muestran el camino recorrido por nuestros mayores cuando el amor asomaba.

Con el corazón fuera del pecho

Ardua tarea la del pretendiente “a algo más” en aquellas épocas pretéritas.  Los escarceos iniciales eran generalmente limitados a breves miradas furtivas, buscando el interés y aprobación de la señorita. No era tarea sencilla debido a la habitual presencia de familiares de la fémina, que por obvias razones no eran dejadas libradas al infernal influjo de los recios y célibes varones que pululaban por el Buenos Aires de entonces.

Dos motivos más agregaban cautela y tensión al arriesgado varón; el eterno sentimiento de temor y eventual vergüenza de ser rechazado y las atentas miradas de terceras personas, que de denotar algún atisbo de embelesamiento no tardarían en dar aviso a la familia.

Superada esa crucial contingencia, seguía otra no menos ardua, que era acercarse lo suficiente para intercambiar algunas balbuceantes palabras. Seguramente acompañadas de sonrojos y turbaciones varias.

Ya con el eventual visto bueno de la señorita, comenzaba el cortejo con envío de flores o bombones. Regalos generalmente acompañados de una insulsa tarjeta de presentación desprovista de todo tipo de desborde emocional, ya que tal envío debía superar primero la circunspecta aquiescencia de la familia y allegados (sí, todos opinaban).

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El cazador casado

Recién allí, tarea que podría insumir varios meses, se arribaba al noviazgo que significaba la anuencia de la familia para realizar visitas en determinados días y horarios asignados por los padres. Tal cometido debía ser realizado de manera puntual y religiosamente, superando diluvios, terremotos y toda dificultad que se encontrase en el camino, bajo pena de “demostrar escaso interés”. Algo que podría significar la prohibición de visitas y acercamiento a la dama.

Al principio se solía permitir ese tipo de “entrevistas” en la puerta de calle. Luego de aprobar un indeterminado período en esa situación, el varón era autorizado a pasar a la recepción o pequeño living de recibimiento que existía en las casas antiguas. Claro que siempre ante la mirada atenta de algún hermano de la dama, el cual invariablemente era sobornado por el novio con dulces o cromos para que fuera un poco indulgente o distraído a fin de obtener ese ansiado, y a esta altura desesperante, roce de labios.

Más difícil aún, por lo insobornable, era la presencia de la madre tejiendo distraídamente, o del padre, leyendo un interminable periódico y carraspeando de vez en cuando. De todas maneras los noviecitos se ingeniaban para prodigarse apretujones varios y apasionados besos en el breve camino desde el salón hasta la puerta de calle.

Superadas estas contingencias, que dejaban a las 12 tareas asignadas a Hércules como un juego de principiantes, la situación inevitablemente culminaba en fiesta de compromiso y posterior casamiento. Retroceder en esa instancia no era saludable debido a que la portación de armas para defensa personal era habitual en las casas de familia.

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