La cruda confesión de Carolina de Mónaco sobre sus padres: Así fue su dura infancia

Carolina rompió el silencio habitual de los Grimaldi y contó detalles de su infancia, que poco tienen que ver con los prejuicios de una vida perfecta.

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En los 70, 80s, los Grimaldi fueron la familia real por excelencia. Y ellas dos: Carolina y Stefanía, las mujeres del momento. De jóvenes, hermosas y rebeldes, fueron el imán perfecto para la prensa del corazón.

Los años pasaron y, cuando quisimos darnos cuenta, las chicas se habían hecho mujeres y la etapa rupturista era un lejanísimo recuerdo. ¿Discos, topless, peleas mediáticas? Todo eso está tan, tan atrás…

Los tres hermanos junto a Camille, hija de Estefanía, un año atrás

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Ahora, para el 60 aniversario del príncipe Alberto, los hermanos han publicado un libro que ya ha llegado a la calle. En éste, una serie de confesiones suenan a crudeza y rompen con la idea de que la vida de jovencitos príncipes es una infancia bella. “La institutriz Maureen Wood fue la figura clave de nuestra vida. Cuando éramos pequeños, probablemente estábamos más cerca de nuestra niñera que de nuestros padres”, explica en las páginas Carolina, quien cuenta aún más: los hermanitos no se sentaron a la mesa con sus padres hasta los 14 años.

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Eran otros tiempos, claro. Y la realeza era otra realeza (de hecho, es lícito pensar que fueron Carolina y Stefanía las primeras que rompieron con el estereotipo de realeza impuesto hasta entonces). Uno podría imaginar a las hermanitas como en una película de mitad de siglo pasado, a la sombra de una rígida institutriz, sin ver jamás a su triste madre.

Algo de eso hubo ¿cierto? En “Albert II de Monaco, l’homme et le prince” (Alberto de Mónaco, el hombre y el príncipe), Carolina amplía cómo era la educación sobre el comportamiento a tener con la prensa y los inefables paparazzis: “Teníamos que estar siempre listos, seguir las órdenes. Éramos demasiado jóvenes. A los 12 años yo estaba exasperada, no quería tener nada que ver con todo eso”.

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Tal era la distancia que las muchachas tenían con Raniero y Grace Kelly, que Carolina se ponía a llorar desconsoladamente cuando su nana se iba. En algún viaje, inclusive, la retirada actriz debió llamar a la profesional para que se presentara de modo urgente: sus hijas no sabían estar con ella. El resto es historia: Grace falleció en un confuso accidente, las chicas crecieron y, poco a poco, fueron imponiendo la distancia deseada con los flashes.

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