La trágica muerte de la actriz que pudo ocupar el lugar de Julia Roberts en “Mujer Bonita”

Rebecca Shaeffer tenía 21 años, un futuro gigantesco y sufrió una de las muertes más dolorosas de Hollywood.

Guía de: Celebridades

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El precio de la fama. Vaya tema. Es una frase hecha y, a la vez, existe como tal. Casi como una extensión del pacto infernal (donde el beneficiado cede el alma a cambio de algo codiciado) muchas estrellas han pagado un precio altísimo por acceder a ese sueño. Todos sabemos, drogas, alcohol, adicciones, soledad. Pero la bella Rebecca Schaeffer pagó el más alto de todos, el que no tiene retorno. Un desquiciado la asesinó a las puertas de su mejor momento.

Rebecca era una hija tradicional de la América profunda. Partió de su Eugene, Oregon, para cumplir su sueño de actuar. Detrás, a diferencia de muchas de las duras vidas que completan el panteón de Hollywood, ella tenía una buena familia y un sendero planificado.

Cuando dejó atrás su familia para instalarse en New York a estudiar artes dramáticas, su padre psicólogo y su madre escritora estuvieron de acuerdo; Benson y Danna decidieron que era hora de dejar volar a su niña nacida el 6 de noviembre de 1967.

La Escuela Profesional de Manhatan la formó y allí empezó un meteórico ascenso. Del cuarto colegial compartido junto a otras seis jóvenes a los primeros contratos no pasó nada de tiempo. Rebecca hizo algunas campañas como modelo, voló a Japón y debutó en la televisión. Allí hizo sus primeros fans.

Schaeffer consiguió su primer trabajo importante en una película de Woody Allen. Y en seguida debió mudarse a Los Angeles para rodar la serie Mi hermana Sam. Cuando llegó a la ciudad hollywoodense por excelencia, Becca tenía apenas 18 años.

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Rebecca posó para la portada de Seventeen, la revista que por aquellos años vendía 40 millones de ejemplares a la semana. Entre todos aquellos trabajos un hombre comenzó a seguirla, a escondidas. Y a obsesionarse con ella. La joven se mudó de las colinas al West Hollywood, a un departamento más pequeño más pequeño pero más céntrico. Y cometió un error que resultaría fatal: No hizo caso a sus compañeros experimentados que le aconsejaron no poner su nombre en la caja del correo.

Las películas le llovieron: “Escenas de la lucha de sexos en Beverly Hills”, “El fin de la Inocencia”, “Viaje al terror”. Y también le llovieron las propuestas y los castings, incluyendo “El padrino 3″, “Mujer Bonita”. Por aquellos años un loco llamado John Bardo cambiaba de fetiche: Dejaba en paz a Samantha Smith y comenzaba a obsesionarse por ella: “Ella llegó a mi vida en el momento adecuado. Era brillante, bonita, extravagante, su inocencia me impresionó. Se convirtió en una diosa para mí, un ídolo. Desde entonces me convertí en ateo y solo la adoraba a ella”.

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Bardo le escribió una carta que un asistente respondió. Luego envió más y más, sin respuestas. Le compró un oso de peluche de metro y medio pero rebotó en un set y, furisoso por la falta de respuesta, compró “El guardián en el Centeno”, el mismo libro que portaba Chapman cuando asesinó a Lennon y se dirigió al departamento de Rebecca.

Tocó a su puerta. Becca le abrió y lo atendió amablemente. Finalmente lo invitó a retirarse. Para el lunático de Bardo aquello fue insultante. Regresó y le disparó: Ella llegó a gritar en forma de pregunta: “¿Por qué , por qué?”.

Su asesinato sirvió para promover leyes que defendieron a los famosos. Repiqueteando quedaron las palabras del loco, años después, condenado a perpetua: “Se convirtió en una puta más de Hollywood”.

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