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Kuro tamago, comiendo huevos negros

En el valle de Oowakudani, en la zona de Hakone, se pueden encontrar los famosos kuro tamago: huevos de gallina negros que según el mito aumentan la vida de quien los come.

Japón es una isla con una importante actividad volcánica a lo largo de su territorio, tanto así que uno de sus más característicos símbolos es un imponente volcán conocido como monte Fuji. En la zona cercana al Fuji se encuentra la localidad de Hakone, un lugar famoso por sus aguas termales de origen volcánico donde los japoneses buscan escapar del stress provocado por las grandes ciudades.

Sin duda el gran protagonista de esta región es el parque nacional Fuji-Hakone-Izu; una vasta extensión de naturaleza que encanta a los visitantes por su singular belleza y por las múltiples actividades que se pueden realizar en cada uno de los distintos circuitos: vista panorámica de las minas de azufre desde un teleférico, navegación en barco por el lago Ashi o la ascensión al monte Fuji son sólo algunas de las tantas cosas que se pueden realizar en este inmenso parque nacional. Pero el comer kuro tamago es una de las actividades que ningún viajero puede dejar de hacer si es que tiene la posibilidad de conocer este lugar.

Kuro Tamago

Foto: JapaneseStyle

Kuro Tamago, los huevos negros que comen los japoneses.

La palabra kuro tamago proviene de “kuro” que es la denominación del color negro y de “tamago” que literalmente significa huevo. Los kuro tamago son simples huevos de gallina de color blanco que se tornan negros cuando son hervidos en las sulfurosas aguas del valle de Oowakudani. Los operarios que preparan los huevos negros sumergen jaulas con docenas de huevos blancos, los cuales tras unos minutos de mantenerse bajo el agua con azufre hirviendo emergen hacia la superficie con su cáscara totalmente quemada. Posteriormente los huevos son envasados de a 5, en bolsas de papel, y vendidos a los turistas por 500 yen, que vendría a ser algo así como 3.000 pesos chilenos o 6 dólares aproximadamente. Para disfrutarlos simplemente se pueden comprar en los locales que se encuentran en la zona baja de la montaña, pero si lo que te interesa es ver personalmente su proceso de cocción y luego comerlos mientras los gases de azufre te hacen llorar (no sé si esta parte es la más cómoda), debes invertir varios minutos subiendo para llegar a las piscinas naturales donde nace este souvenir gastronómico.

El deseo de comer kuro tamago no radica en su sabor, ya que una vez fuera de su oscura cáscara sabe simplemente a huevo cocido. El mito dice que por cada huevo que uno come obtiene 7 años más de vida, y esta es la razón específica por la que extranjeros y japoneses llegan a este lugar para disfrutar los huevos cocinados con el calor de la tierra. Esta premisa, creíble o no, ha logrado impulsar todo un mercado turístico que gira en torno a estos famosos huevos negros: muñecas de Hello Kitty dentro de un kuro tamago, llaveros, adornos para colgar del teléfono móvil, peluches, lápices, ropa y absolutamente todo lo que el merchandising puede imaginar.

Aunque investigué sobre el origen de este fructífero mercado, no encontré ninguna respuesta que me convenciera sobre quién o en qué circunstancias se creó esta tradición y por qué el comer estos huevos otorgan 7 años más de vida. Las sumas de dinero que se ven circular a diario por la simple venta de un huevo cocido me hace pensar que el inventor de este sistema es un visionario revolucionario del comercio avícola y dueño de todas las gallinas de Japón; aunque en realidad dudo mucho que esta teoría sea cierta.

La verdad es que es toda una experiencia ver como la gente se agolpa por ver este fenómeno químico y anhelar una vez más el sentimiento de alargar su vida. Lo único que puedo decir al respecto, y recomendarles a todas las personas que quieran llegar al valle de Oowakudani para degustar uno o varios kuro tamago, es que tengan mucho cuidado con exagerar y desear la vida eterna, ya que quizás en vez de prolongar los años que pasarán en este mundo, únicamente consigan una gran indigestión que nunca les hará olvidar el lugar donde se origina el kuro tamago.

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