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Los samurai, la elite guerrera de Japón (II)

Eran militares con sables al cinto, código ético, refinamiento espiritual y una admirable inteligencia política que los hizo gobernar por casi 700 años. Las hazañas de los samurai abarcan un fascinante universo que ha marcado la historia del mundo a través de generaciones.

La primera imagen que a una persona se le puede venir a la cabeza cuando escucha la palabra samurai, dependerá simplemente de su edad y su interés por la cultura japonesa. Algunos dirán: “Samurai, es un vehículo 4×4”, mientras que otros recordarán la serie televisiva Shōgun, la película Kill Bill de Tarantino o la cara de Tom Cruise.

Aunque ya hablamos en una primera instancia sobre sus orígenes, podemos reforzar la idea de que el samurai era un guerrero del Japón medieval regido por el Bushidō; un código ético que inicialmente se basó en un manual de buenas conductas el cual evolucionó durante siglos hasta transformarse en una extensa e intensa doctrina que involucró deberes sociales y aspectos políticos.

Samurai

Foto: Reuters

Los samurai desarrollaban un profundo sentido del deber.

Una de las características que determinaba al samurai era su profunda relación con la muerte. La guerra y los duelos que constantemente lo rodeaban le hicieron vivir la experiencia de quitar la vida a sus enemigos y al mismo tiempo proteger la suya. El estar consciente de que podría ser muerto en la próxima batalla, y tener que cargar continuamente con los horrores de la guerra, hicieron que el samurai buscara un profundo camino espiritual que equilibrara su vida y le permitiera mantener su temple.

Un famoso escritor japonés de la época escribió: “El verdadero coraje es vivir cuando es justo y morir cuando es justo morir. Tras las acciones cotidianas, el samurai debe acordarse de la palabra muerte para no dejar nunca de tenerla en el corazón”. Para muchos estas sentencias pueden no ser claras, pero para el samurai eran directrices de vida que lo guiaban y preparaban para cuando llegara la hora de morir. De ahí su relación con el seppuku o hara kiri; una forma ritual de suicidio que consistía en abrirse el estomago con un cuchillo, la cual ponía a prueba el autocontrol para recibir a la muerte. Seguramente en próximas publicaciones destinaré una columna completa a este tema para tratar de entender la profundidad de ese impactante rito.

Los samurai eran sirvientes que a cambio de su lealtad y valor en la guerra, eran recompensados generalmente con tierras que le arrebataban al bando perdedor.

De esta forma existían guerreros samurai de diversos niveles económicos; aquellos que gozaban de un mayor sustento invertían su dinero en armamento, caballos, armaduras y sueldos para criados y otros samurai a su servicio. Pero independiente de su posición económica, y debido a su formación cultural, todo aquel guerrero que realmente se tildara de samurai debía desarrollar un sentido del deber que para muchos podría llegar a ser ridículo o incomprensible.

A continuación les dejo un hermoso cuento del folclore japonés que grafica muy bien el sentido del deber samurai:

Un samurai del Feudo de Ako tuvo que partir un día de viaje. Antes de emprender su aventura, prometió a toda su familia que regresaría el noveno día del noveno mes de ese mismo año. El tiempo pasó lentamente sin que ningún pariente tuviera una mínima noticia sobre el samurai. Al llegar el noveno día del noveno mes sus seres queridos esperaban su llegada, pero cayó la noche y el samurai nunca apareció. Sus familiares se fueron a dormir desalentados, pero uno de sus hermanos tenía plena confianza en que el samurai cumpliría su palabra. Cerca de la medianoche el samurai apareció caminando tranquilamente y cuando se encontró con su hermano se fundieron en un fuerte abrazo para después conversar sobre lo que había sucedido en el viaje. El samurai contó que había sido hecho prisionero por el señor Tonda y que no había podido escapar de su encierro hasta ese mismo día. El hermano lo miró extrañado y le dijo: “Pero… si estuviste prisionero hasta hoy ¿cómo pudiste llegar tan rápido? El feudo de Tonda está a 400 kilómetros de distancia”. Entonces el samurai contestó: “Afortunadamente me permitieron conservar mi sable y gracias a él pude llegar en el día que prometí regresar. Te ruego que me despidas de nuestra madre”. Y con estas palabras, el samurai se despidió de su hermano y se desvaneció en el aire como si fuera humo.

Es así como este samurai ante la imposibilidad material de realizar el viaje, opta por el suicidio ritual para liberar su espíritu y poder llegar a cumplir su promesa. ¿Ridículo, incomprensible, admirable, extremo?… simple y complicadamente samurai.

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