La paradoja de cansarse corriendo para después sentirse increíblemente bien

Lo cierto es que el trote en vez de dejarnos cansados, nos deja mucho más conscientes y cargados de energía para desenvolvernos.

Guía de: Deporte y Salud

Una carrera de maratón es un evento masacrante. Correr más de cuarenta kilómetros al máximo de nuestras capacidades aeróbicas involucra un temple físico y mental que es puesto a prueba paso a paso, tranco a tranco. Prueba de esto es la historia de Diomedón, que data del año 490 A.C. Entonces, en el enclave de Maratón, al noreste del Atica, los griegos obtuvieron una victoria decisiva sobre el ejército persa de Datis y Artafernes,  y Diomedón corrió hasta Atenas para anunciar el triunfo, cayendo muerto de cansancio después de dar la noticia.

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De aquí viene el nombre maratón, para designar la carrera de 42.195 metros introducida desde 1896 en los Juegos Olímpicos en recuerdo de esta legendaria hazaña de Diomedón, que corrió más del doble de la distancia oficial… Pero no por esto los maratonistas actuales quieren repetir su historia.  Los deportistas modernos quieren cruzar la meta, sobrevivir en el intento… Y ganar…

Pero más allá de ganar o del cansancio, el deporte libera, sobre todo, los esfuerzos aeróbicos, de largo aliento, donde la mente flota sumida entre la respiración y los pasos. Y no sólo eso… Trotar es una de las grandes bases para la fundación deportiva y aeróbica…

Actividad saludable

Más allá de las competencias, trotar es una actividad saludable… El trote aumenta la potencia aeróbica, una adaptación que se refleja en un sistema respiratorio capaz de impregnar más oxígeno en la sangre en los pulmones; en un sistema cardiovascular capaz de hacer circular y entregar más sangre con oxígeno a los músculos; y en unos músculos con un sistema químico enzimático eficaz, capaz de “quemar” más grasas y azúcares, consumiendo más oxígeno, y generando más movimiento. Así, un ejercicio aeróbico regular de 20 minutos día por medio protege nuestro sistema cardiovascular de la hipertensión y de infartos al miocardio, previene enfermedades metabólicas como la diabetes, y tiene un efecto sedante, mejorando el sueño y su profundidad.

Esta adaptación aeróbica que induce el trote, se induce también en largas caminatas, sobretodo en pendiente, como en las excursiones, también nadando, o bogando, o practicando ciclismo. El ciclismo involucra una bicicleta, y un tráfico entre vehículos, la natación conlleva saber nadar y un lugar para hacerlo, las excursiones requieren de un escenario natural… Así parece que para el ser urbano, el trote es la más accesible de todas estas prácticas cuando de generar una condición aeróbica se trata.

Porque no todos corren para ganar… El trote es natural, requiere las ganas, de un par de zapatillas, y… el mundo es nuestro, como en “Forrest Gump”. Además de la fundación aeróbica procura un fortalecimiento músculo esquelético, y ese espacio mental de los llamados deportes de largo aliento. Un espacio mental refrescante donde la menta divaga más en paz, con muchas pausas entre los pensamientos, que flotan a veces hasta extinguirse… y nuestra atención queda sólo puesta en sentir nuestro cuerpo, caliente, sudoroso, en movimiento. En una sensación animal elemental… En un espacio mental extático que queda aún después del trote, una sensación de quedar “encendidos”, que se atribuye a ciertas hormonas neurotransmisoras que se liberan, llamadas endorfinas. Pero más allá de esta explicación química del éxtasis del ejercicio, y su adicción, lo cierto es que el trote en vez de dejarnos cansados, nos deja mucho más conscientes y cargados de energía para desenvolvernos. Una  paradoja al alcance de sus pies.

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