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Fracaso de emprendedores: peor que un delito

Las culturas que valoran el fracaso como experiencia saben diferenciar muy bien entre hacer las cosas mal y que resulten mal. Es una lección para aprender y no condenar al que se atreve.

El atardecer del 2 de enero lo pasé gratamente en una amplia terraza de Costa Cachagua mirando el mar junto a la familia mendocina de mi señora. Dos de mis cuñados políticos trabajan en la industria vitivinícola en Mendoza por lo que gran parte de la conversación giró en torno a este tema y, por supuesto, bien condimentada por una serie de botellas que iban sacando de las maletas de sus autos, ya que habían decidido pasar las vacaciones en nuestras playas adecuadamente apertrechados.

Estábamos en medio de la conversación cuando uno de ellos, ejecutivo de Bodegas Norton cuenta con todo el desplante y carisma que solo un argentino puede darle a una historia, la brillante idea que había impulsado en la compañía. Dado el alto consumo de champagne que existe en Argentina, se la jugó por lanzar el espumante en un formato de 350 cc, aproximadamente. Una botella que no fuera tan grande si era poca gente, ni tampoco tan pequeña como una individual, que cuando se trata de dos no alcanza. Una botella de término medio.

Fracaso emprendimiento

Foto: El Mercurio

En Chile, tener malos resultados en una aventura empresarial lleva castigo.

Animadamente contó cómo defendió la idea dentro de la empresa y se lanzó en la aventura. No me acuerdo bien los números exactos –efectos secundarios de la cata, asumo- pero las proporciones eran más o menos así: de las 160 mil botellas que se envasaron, en un año lograron vender seis mil. Resultado del experimento, contado por su protagonista, recostado cómodamente en su sillón de terraza copa en manos: fracaso total!!!. Todos nos reímos de buena gana y seguimos a otra cosa.

Les cuento todo esto porque si hay algo que en Chile está penado más que por ley –no así en otras latitudes y culturas- es el fracaso. La verdad es que en mi experiencia nunca, nunca, nunca he visto a algún alto ejecutivo chileno –ni siquiera animado por las copas extras de una noche de verano- contar con lujo de detalles a un grupo de conocidos, pero nunca íntimos, algún fracaso en sus negocios. Nunca. Eso en Chile no se hace. Tener malos resultados en una aventura empresarial lleva castigo.

Por cierto que en otras latitudes y culturas algo así es impensable. De hecho, a no más de 350 kilómetros de Santiago, sólo al otro lado de la cordillera, las cosas se asumen de otra forma. Con otro espíritu, con otra intensidad.

En el caso del fracaso con la botella de champagne, mi cuñado nos llenó de detalles de los estudios de mercado que hizo y de todo el frío y calculado raciocinio que hubo detrás de la decisión. Se estudió, se evaluó, se pensó y se implementó. La única variable que falló fue que lo consumidores no se comportaron a la altura. Y no dijo “se equivocó el mercado”, dijo “fui yo el que me equivoqué, pero será para la próxima”.

Sus jefes, el entorno, sus pares, sus amigos, en fin, la cultura empresarial entiende que en los negocios siempre hay riesgo, incertidumbre. Es parte de ser empresario y no empleado público. Por tanto, si las cosas van por el camino equivocado, no queda más que asumir las reglas del juego en el que se está participando.

Las culturas que valoran el fracaso como experiencia saben diferenciar muy bien entre hacer las cosas mal y que resulten mal.

En Chile no somos así. Aquí el saco es completo. El fracaso, lisa y llanamente no se acepta. Si fracasaste, por algo habrá sido, algo te faltó, en algo te equivocaste, en fin, contar una historia como la del comienzo solo despertará algo de vergüenza ajena y pudor entre la concurrencia. Nadie lo hace. Los bancos e incluso el Estado pueden cambiar su forma de enfrentar a los “fracasados” tendiéndoles la mano cuando busquen re emprender. No obstante hay algo en nuestro ADN, que impide ponderar correctamente los extremos de la balanza a la hora de hacer negocios. El fracaso es visto como una falla personal. El que fracasa es por incapaz. Y si nuestro modo de ver las cosas no cambia, pues seguiremos aquí, igual que antes, como siempre…

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