Albert Einstein y sus pruebas de que Dios existe: Así entendía la divinidad el connotado científico

El científico más famoso del siglo XX, que admiraba la vida y las enseñanzas de Jesucristo, afirmaba que creía en un Dios que “se revela en la armonía de todo lo que existe”.

Guía de: Fenómenos Paranormales

Albert Einstein es considerado el científico más famoso y relevante de todo el siglo XX. No sólo publicó varios trabajos que sentarían las bases para la física estadística y la mecánica cuántica y dedujo la ecuación de la física más conocida a nivel popular (la famosa ecuación de la equivalencia masa-energía, E=mc², fórmula que implica que la energía E de un cuerpo en reposo es igual a su masa m multiplicada por la velocidad de la luz al cuadrado). También postuló un revolucionario estudio sobre el efecto fotoeléctrico (que le valdría ganar el premio Nobel de Física en 1921) y su célebre teoría de la relatividad general, en la que reformuló por completo el concepto de gravedad, definiéndola ya no como una fuerza o acción a distancia, sino que una consecuencia de la curvatura espacio-tiempo. La teoría de la relatividad, por cierto, provocaría el surgimiento del estudio científico del origen y la evolución del Universo, muchas de cuyas características no serían descubiertas sino con posterioridad a la muerte de Einstein, por la rama de la física denominada cosmología.

einstein

Pero, si bien hoy se saben muchos detalles de la vida de Albert Einstein, su posición ante las religiones y la existencia de Dios sigue siendo hoy materia de controversia entre sus seguidores. El científico de origen judío nacido en Alemania que declaró una vez que “Dios no juega a los dados”, para manifestar su oposición ante los postulados de la física cuántica que afirmaban que en el universo reinaba el caos y la incertidumbre, para muchos de sus biógrafos era una suerte de agnóstico deísta que a la vez rechazaba enérgicamente la etiqueta de ateo. En una ocasión, de hecho, manifestó que “mi religión consiste en una humilde admiración del ilimitado espíritu superior que se revela en los más pequeños detalles que podemos percibir con nuestra frágil y débil mente”, aunque especificaría que creía en “un Dios que se revela en la armonía de todo lo que existe, no en un Dios que se interesa en el destino y las acciones del hombre».

Algunas biografías han postulado que Einstein era un “ateo consumado” o un “ateo de toda la vida”. Sin embargo, existen numerosos libros, cartas y documentos que desmienten de plano aquello y probarían que, al contrario, el famoso Premio Nobel sí creía en Dios.

Si bien Einstein creía en el Dios “panteísta” del filósofo Baruch Spinoza, y no en un Dios personal, creencia que criticó al decir que “no puedo imaginarme a un Dios que premia y castiga a los objetos de su creación, cuyos propósitos han sido modelados bajo el suyo propio; un Dios que no es más que el reflejo de la debilidad humana”, su labor científica lo fue de a poco convenciendo en la existencia de “un espíritu superior” que estaría detrás de la creación del universo, esa infinita totalidad del espacio y del tiempo que agrupa a todas las formas de la materia, la energía y el impulso, y las leyes y constantes físicas que las gobiernan.

En una entrevista publicada en 1930, Einstein, consultado si creía en Dios, hizo una ingeniosa analogía literaria, comparando a Dios con una especie de bibliotecario universal. “La mente humana, no importa cuán altamente capacitada esté, no puede comprender el universo. Estamos en la posición de un niño pequeño, entrando en una enorme biblioteca cuyas paredes están cubiertas hasta el techo de libros en muchos idiomas diferentes. El niño sabe que alguien debió haber escrito esos libros. No sabe quién ni cómo. No entiende los idiomas en los que están escritos. El niño observa un plan definido en la organización de los libros, un orden misterioso que no entiende, pero apenas sospecha sutilmente. Esa, me parece, es la actitud de la mente humana, incluso de la más grande y la más culta, hacia Dios. Vemos un universo maravillosamente organizado, obedeciendo ciertas leyes, pero solo entendemos las leyes vagamente. Nuestras mentes limitadas no pueden escrutar la fuerza misteriosa que balancea las constelaciones”.

En 1943, cuando se le preguntó al físico cómo concebía a “su Dios”, Einstein respondió que “Dios es un misterio, pero un misterio comprensible. No tengo nada sino admiración cuando observo las leyes de la naturaleza. No hay leyes sin un legislador”. Años antes, durante su primera visita a la Universidad de Princeton, Einstein declaró que “Dios puede ser sutil, pero no es malicioso”.

Admiración por Jesucristo

Einstein, un sabio que una vez dijo que “soy judío y estoy orgulloso de pertenecer a la comunidad judía, aunque no los considero en absoluto los elegidos de Dios”, exhibió en varias oportunidades su respeto y admiración por los ideales del acervo judeo-cristiano, en especial, la figura de Jesucristo. En una entrevista publicada en la revista “The Saturday Evening Post”, Einstein relató que “cuando era niño, recibí instrucción tanto de la Biblia como del Talmud. Soy un judío, pero estoy fascinado por la figura luminosa del Nazareno. Leí posteriormente un libro de Emil Ludwig acerca de Jesús, pero lo consideré poco profundo porque Jesús es demasiado colosal para la pluma de los que venden palabras, no importa cuan artísticas éstas sean. Ningún hombre puede mover el cristianismo con una réplica ingeniosa. Algunos ponen en duda que Jesús haya existido, pero yo la acepto incuestionablemente. Nadie puede leer los Evangelios sin sentir la verdadera presencia de Jesús. Su personalidad palpita en cada palabra. Ningún mito está llenó con tanta vida. Qué diferente, por ejemplo, es la impresión que recibimos por cuenta de héroes legendarios de la antigüedad, como Teseo y otros héroes de su tipo, que no tienen la vitalidad auténtica de Jesús. Nadie puede negar el hecho de que Jesús existió, ni de que sus palabras son hermosas. Aun cuando algunas de ellas se hayan dicho antes, nadie las ha expresado tan divinamente”.

Albert Einstein renegó toda su vida de los fundamentalismos, lo que le llevaría a declarar una vez que “el fanatismo del ateo es para mí casi tan divertido como el fanatismo del creyente”. Sin embargo, hasta el fin de sus días siguió creyendo en ese Dios que se manifestaba en “la armonía de todo lo que existe”.

En una oportunidad, entre la infinidad de correspondencia que recibía, el sabio abrió una carta que le había mandado una pequeña niña llamada Phyllis, desde su clase de escuela dominical (nombre que recibían los estudios de la Biblia para niños en las iglesias evangélicas). La misiva decía lo siguiente: “Apreciado Mr. Einstein. En nuestra clase de escuela dominical nos hemos preguntado: ¿Oran los científicos? Este tema salió al preguntarnos si era posible creer a la vez en la Ciencia y en la religión. Estamos escribiendo a científicos y otras personas importantes para intentar recibir una respuesta. Nos sentiremos muy honrados si nos contesta a nuestra pregunta: ¿Los científicos oran? ¿Y para qué cosas oran? Estamos en el sexto grado, en la clase de Miss Ellis. Respetuosamente, Phyillis”.

Einstein le contestó a la niña en otra carta, enviada sólo cinco días después. La respuesta decía: “Apreciada Phyllis, intentaré responder a tu carta de la forma más sencilla que pueda. Aquí está mi respuesta: Los científicos creemos que cualquier cosa que sucede, incluyendo los asuntos de los seres humanos, se debe a las leyes de la naturaleza. Por tanto, un científico no puede inclinarse a creer que el curso de los eventos pueda ser influenciado por la oración, es decir, por un deseo manifestado de forma sobrenatural. Sin embargo, debemos conceder que nuestro conocimiento actual de estas fuerzas es imperfecto, así que, en el fondo, la creencia en la existencia de un espíritu final y definitivo reside en un tipo de fe. Esta creencia se mantiene ampliamente extendida aun en medio de los actuales logros de la Ciencia. Pero también, cualquier persona que esté seriamente involucrada en la búsqueda de la Ciencia acaba convenciéndose de que algún tipo de espíritu se hace manifiesto en las leyes del Universo, uno que es enormemente superior al espíritu del hombre. En este sentido, la búsqueda de la Ciencia lleva a un sentimiento religioso de un tipo especial, que seguramente es bastante diferente a la religiosidad de alguien un poco más inexperto”.

Más sobre Fenómenos Paranormales

Comentarios Deja tu comentario ↓
Síguenos en Facebook X