¿Cuál es la apariencia de Dios? Esta es su descripción según la Biblia

Jesús afirmó en las Sagradas Escrituras que “el que me ha visto a mí, ha visto al Padre".

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La imagen más famosa que se tiene de Dios fue realizada por el genial artista italiano Miguel Ángel Buonarroti en su célebre pintura “La creación de Adán”, magnífica obra realizada alrededor del año 1511 en la bóveda de la Capilla Sixtina y que representa a Dios dándole vida a Adán, el primer hombre.
La creación de Adán

Dios es representado por Miguel Ángel como un venerable viejo, con una abundante cabellera y una luenga barba, ambas canas, envuelto en una túnica color púrpura y rodeado por varios querubines. Su brazo derecho se encuentra solemnemente estirado, para impartir la chispa de vida de su propio dedo al de Adán, cuyo brazo izquierdo se encuentra en idéntica posición al de su Creador. Ambos dedos, por cierto, están separados por una distancia mínima.

Las posiciones idénticas de Dios y Adán, en tanto, se basan en el célebre pasaje de Génesis 1:27 (“Dios creó al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó, macho y hembra los creó”) que sostiene que el Supremo Hacedor creó al hombre a su imagen y semejanza. Al mismo tiempo Dios, para recalcar su esencia divina, aparece flotando en el aire, contrastando con la imagen terrenal de Adán, quien se encuentra acostado en un estable triángulo de tierra.
Dios creador

Desde siglos antes del nacimiento del Cristianismo, en la época de los primeros Patriarcas, la apariencia de Dios constituyó todo un enigma para el pueblo de Israel, el pueblo elegido. Cuando Dios se le aparece a Moisés, éste lo primero que quiere saber es cuál es su nombre y Dios le responde enigmáticamente: “Yo soy el que soy” (palabras que según las reglas de la gramática hebrea significaría “yo soy aquel que estaba, que está y que estará”, es decir, “yo soy aquel que está siempre presente”), aclarando más tarde que puede ser llamado Yavhé -nombre construido a partir de la pronunciación de cuatro consonantes, el llamado tetragrama YHWH: “Este es mi nombre para siempre, por él seré invocado de generación en generación”.

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Posteriormente, en Éxodo 33:18-23, cuando Moisés le pide a Dios ver su gloria, Dios le contesta: “Voy a hacer pasar toda mi bondad delante de ti, y delante de ti pronunciaré mi nombre…Pero te aclaro que no podrás ver mi rostro, porque ningún hombre podrá verme y seguir viviendo”. Dios posteriormente le dice a Moisés: “Mira, aquí junto a mí hay un lugar. Ponte de pie sobre la roca. Cuando pase mi gloria, te pondré en un hueco de la roca y te cubriré con mi mano hasta que yo haya pasado. Después quitaré mi mano, y podrás ver mis espaldas; pero mi rostro no debe ser visto”.
Dios

La Biblia es enfática en aclarar que si bien el Hombre fue hecho a imagen y semejanza de Dios, no existe una descripción física de Dios, aunque sí se mencionan algunos de sus atributos naturales (Eterno, Inmutable, Omnipresente, Omnisciente y Omnipotente) y morales (Amor, Justicia, Verdad, Sabiduría y Santidad). Los teólogos afirman que precisamente porque Dios es Santo, existe una brecha casi insalvable entre Dios y nosotros, los pecadores. Por ello los hombres están vedados de verlo en toda Su gloria, pues Su apariencia es totalmente inimaginable y demasiado gloriosa para ser percibida claramente por el hombre pecador. Las Escrituras dicen: “Pero las iniquidades de ustedes han hecho separación entre ustedes y su Dios. Y los pecados le han hecho esconder Su rostro para no escucharlos” (Isaías 59:2).

Juan, uno de los cuatro evangelistas, aseguró en las Sagradas Escrituras que “nadie ha contemplado a Dios nunca. El unigénito Hijo, que está en el seno del Padre; él le ha dado a conocer”” (Juan 4:12), aclarando también que “Dios es un Espíritu” (Juan 4:24), es decir, no está limitado a un cuerpo, forma, fuerza o barrera física alguna.
Dios III

Las Sagradas Escrituras declaran que Dios es la Luz en quien no hay “ninguna oscuridad” (1 Juan 1:5), el “Rey de los siglos, inmortal, invisible, el único y sabio” (Timoteo 1:17 ). Según los escritos bíblicos, el Padre Celestial es tan superior a nosotros que resulta sencillamente inconcebible imaginar el aspecto que tiene. “¿A quién pueden ustedes asemejar a Dios?”, pregunta el profeta Isaías (40:18), mientras que en otros pasajes se comenta que incluso el majestuoso universo palidece al lado del Todopoderoso (Isaías 40:22, 26).

Si bien ningún hombre vivo ha contemplado el rostro de Dios, los teólogos aventuran que si pueden verlo los ángeles, seres espirituales, luminosos y beatíficos que moran en los valles del Cielo; el mismo Jesús dijo de ellos: “Siempre contemplan el rostro de mi Padre que está en el Cielo” (Mateo 18:10).

Los ejemplos del Antiguo Testamento acerca de la apariencia de Dios se centran más que nada en su gloria y presencia celestial morando en lugares y objetos de Su elección: la zarza ardiendo que no se consumía, la cima del Monte Sinaí, el Tabernáculo, la columna de nube y la columna de fuego que guiaba al pueblo de Israel por el desierto. Pero en el Nuevo Testamento, según los teólogos, Dios se revela por fin a Sí Mismo apareciendo ante nosotros a través de los rasgos de un hombre, su Hijo Encarnado y unigénito, Jesucristo.
Dios y Jesús

En el Nuevo Testamento se asimila la figura de Dios con la de Jesús, su único Hijo, pues de acuerdo con la doctrina de la Santísima Trinidad Dios, siendo uno, existe simultáneamente y eternamente, como una unión de tres personas: el Padre, el Hijo (encarnado como Jesús de Nazaret), y el Espíritu Santo.

Es por ello que en los Evangelios Jesús afirma que “Yo y el Padre somos uno” (Juan 10:30) y “el que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Juan 14:9). Jesús también dice que “las palabras que yo os digo, no las hablo por mi propia cuenta, sino que el Padre que mora en mí es el que hace las obras. Creedme que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí”.

Lo anterior alude al hecho de que el Dios encarnado se llama Cristo y Cristo es la carne que se viste con el Espíritu de Dios. Sea Su humanidad o Su divinidad y la unión hipostática que media entre ambas, éstas se someten a la voluntad del Padre celestial. La esencia de Cristo es el Espíritu, es decir, la divinidad. Por lo tanto, Su esencia es la de Dios mismo.
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Existen en las Sagradas Escrituras dos pasajes que describen poderosamente la asombrosa apariencia de la Gloria de Jesús en el cielo, en Ezequiel 1:26-28 y Juan en Apocalipsis 1:14-16, pasajes que para algunos teólogos podrían dar una suerte de indicio del verdadero aspecto de Dios.

Ezequiel 1:26-28 declara que “por encima de esa bóveda había algo semejante a un trono de zafiro, y sobre lo que parecía un trono había una figura de aspecto humano. De lo que parecía ser su cintura para arriba, vi algo que brillaba como el metal bruñido, rodeado de fuego. De su cintura para abajo, vi algo semejante al fuego, y un resplandor a su alrededor. El resplandor era semejante al del arco iris cuando aparece en las nubes en un día de lluvia. Tal era el aspecto de la gloria del Señor. Ante esa visión, caí rostro en tierra y oí que una voz me hablaba”.
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Y en Apocalipsis 1:14-19 el Evangelista Juan proclama que “su cabeza y sus cabellos eran blancos como blanca lana, como nieve; sus ojos como llama de fuego; y sus pies semejantes al bronce bruñido, refulgente como en un horno; y su voz como estruendo de muchas aguas. Tenía en su diestra siete estrellas; de su boca salía una espada aguda de dos filos; y su rostro era como el sol cuando resplandece en su fuerza. Cuando le vi, caí como muerto a sus pies. Y él puso su diestra sobre mí, diciéndome: No temas; yo soy el primero y el último; y el que vivo y estuve muerto; mas he aquí que vivo por los siglos de los siglos, Amén. Y tengo las llaves de la muerte y del Hades. Escribe las cosas que has visto, y las que son, y las que han de ser después de éstas”.

Estos dos pasajes representan los esfuerzos de Ezequiel y de Juan por acercarse a la apariencia de Cristo Glorificado y, por ende, de Dios, por que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son uno. Los teólogos aseguran que cuando los hombres justos, los escogidos, lleguen al cielo, desprovistos de todo pecado, por fin éstos serán capaces de percibir a Dios en toda Su gloria: “… le veremos tal como Él es” (1 Juan 3:2), algo que ya anunciaba el mismo Jesús en el mítico Sermón del Monte: “Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios” (Mateo 5:8).

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