El extraño caso de Don Piper: El hombre que asegura haber estado 90 minutos en el cielo

Pastor evangélico sufrió un grave accidente en 1989 y estuvo clínicamente muerto durante hora y media.

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En la lluviosa mañana del 18 de enero de 1989 el pastor evangélico Don Piper viajaba a bordo de su pequeño automóvil Ford Escort de color rojo por una zona rural de Texas. Iba de regreso a su casa después de asistir a una convención bautista.

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Lo que Piper no sabía es que estaba a punto de sufrir una experiencia que iba a cambiar su vida. Al cruzar un puente a gran velocidad, su auto chocó con un gigantesco camión de 18 ruedas, las mismas ruedas que pasaron sobre el pequeño auto de Piper y lo dejaron hecho añicos. A pesar que los paramédicos llegaron en cosa de minutos al lugar del accidente, nada pudieron hacer por Piper, quien había quedado parcialmente atrapado en su carro. Sus signos vitales no existían y el corazón había dejado de bombear sangre al resto del cuerpo, por lo que los paramédicos, después de examinarlo, lo declararon clínicamente muerto.

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“Lo último que recuerdo del accidente es que iba manejando a 100 millas por hora y que después del choque con el camión el volante se me quedó clavado en el pecho y luego el techo del auto se derrumbó sobre mi cabeza. La policía y los paramédicos dijeron simplemente que no había forma alguna de poder sobrevivir a este accidente”, recordó Piper, quien increíblemente recuperó la conciencia después del accidente, aunque cuando despertó no estaba atrapado dentro de un coche aplastado en una carretera de Texas, sino que en un lugar ignoto y maravilloso que sólo conocía por las referencias de la Biblia: el Cielo o Paraíso.

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“Por un momento creí que se trataba de un sueño, pero fue la cosa más real que me ha sucedido jamás. Estaba frente a una magnífica y hermosa puerta. Recordé el pasaje de la Biblia que habla de la Nueva Jerusalén, donde menciona que ésta “tenía un muro grande y alto con doce puertas, y en las puertas doce ángeles; y en ellas había nombres escritos, que son los de las doce tribus de los hijos de Israel”. Allí pude reconocer a mucha gente que había conocido en mi vida, como profesores y amigos y compañeros de escuela que habían fallecido prematuramente, aunque a la vez no tenía conciencia de los seres queridos que había dejado en la tierra. Estando en medio del gentío pude sentir el amor que me rodeaba, porque ellos estaban verdaderamente felices de mi llegada. Parecía que en el Cielo todo era gozo, todos tenían un rostro bello y radiante. Nunca me había sentido tan amado y bienvenido. De repente distinguí a mi abuelo, quien me extendió los brazos y me dijo “Bienvenido a casa, Donnie”. Yo había estado con él cuando murió, un episodio que me rompió el corazón, así que no me extrañó que él fuera el primero en recibirme”, recuerda Piper.

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El ministro recuerda que “todo era maravillosamente diferente. La luz y la textura del cielo desafiaba a los ojos y a las explicaciones de la tierra. Una luz cálida y radiante me envolvió en el cielo, donde no hay luz artificial, pues Dios lo ilumina todo con su gloria. Esa luz era irradiante y suave, pero a la vez fulgorosa. La luz no molestaba mis ojos, todo lo contrario, era algo esplendoroso. Cuando miré a mi alrededor, apenas podía entender los colores, que eran impresionantes. Eran tan vivos, deslumbrantes y nítidos. Todo era tan radiante como si estuviera en otra dimensión. Cada tono superaba todo lo que había visto antes. Conforme entraba por aquellos bellos portones también pasé por capas de aromas, olores que nunca había percibido antes, y pude ver una especie de ciudad celestial con calles de oro, un paisaje que la Biblia relata. Son cosas imposibles de explicar con palabras humanas. De repente escuché una música tan hermosa y angelical, la constante alabanza de los ángeles y los ciudadanos celestiales en coro. Era música como no había escuchado antes, era como varios tipos de música que sonaba al mismo tiempo, pero no había caos, porque todas glorificaban a Dios”.

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Piper también recuerda que el cielo estaba habitado por numerosos ángeles. “Ellos estaban ahí en todas partes, ministrando a las personas de Dios. Algunos tenían alas y otros no, eran increíblemente hermosos. Recuerdo el sonido de sus alas, podías escuchar el alteo en su santidad de sus alas. Los ángeles son magníficos siervos de Dios. Yo tenía la impresión de que ellos me estaban cuidando, y fueron ellos los que me habían llevado a las puertas del cielo”.

Piper añade que “en la distancia, al acercarme a las puertas del cielo, pude ver un arroyo de oro. En la distancia se divisaba una colina, un pináculo alto y sublime de lo que parecía ser una especie de ciudad. Y en esa pináculo pude ver a Jesús, una figura alta y sublime, con una luz brillante que no podrías ver con ojos del mundo. Yo quería subir hacia esa colina y decirle “gracias por permitirme estar aquí”. Porque el cielo es el lugar más maravilloso que uno pueda imaginarse. No hay lágrimas, no hay dolor, no hay llanto. Y no hay edad, es decir, todas las personas que vi eran como seres humanos desarrollados. Yo no los llamaría adultos, porque esa es una palabra terrenal. Nosotros tenemos etapas en la vida, pero no hay etapas de vida en el cielo. Adán y Eva no eran niños cuando fueron creados, pero creo que esa fue la manera que Dios nos creó para tener una relación con él”.

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Lo curioso es que, simultáneamente, mientras se desarrollaban estos inexplicables y celestiales acontecimientos, el exánime cuerpo de Don Piper se encontraba inerte en el auto. Y los policías apostados en el lugar esperaban que llegara el médico forense para dar la orden de removerlo y transportarlo a la morgue. El accidente, por cierto, había detenido el tráfico, por lo que había una larga fila de autos esperando que se reanudara el tránsito. Uno de estos autos era conducido por un pastor que había acudido a la misma convención bautista a la que había ido Don Piper. Era el ministro Dick Onerecker, quien viajaba acompañado por su esposa.

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Cuando Onerecker se enteró de que había sucedido un trágico accidente automovilístico, se bajó de su auto y decidió ir a la escena del choque para orar por los heridos. Habló con los policías y ofreció sus servicios ministeriales. Uno de los uniformados le señaló algunos de los heridos de los otros carros y le dio permiso para asistirlos, aunque Dick se dio cuenta que el chofer del Ford Escort de color rojo era el que necesitaba oración, pero el policía le había informado escuetamente que mejor no se acercara allí, porque ese conductor había muerto instantáneamente.

Dick Onerecker no se dio por vencido hasta que el policía le dio autorización, así que el pastor entró por la parte de atrás del carro de Piper, logrando con mucho trabajo llegar cerca de su cuerpo y tocar el hombro del cadáver. Onerecker dice haber orado por varios minutos, elevando una oración intensa y llena de fervor. Después que terminó, comenzó a entonar el himno “Tenemos un amigo en Jesús”. Increíblemente, en ese mismo momento, el supuestamente fallecido Don Piper recobró la conciencia y se unió en el coro con él. Los policías y los paramédicos estaban estupefactos y no podían entender cómo un hombre declarado muerto 90 minutos antes ahora estaba con vida. En los minutos siguientes, los rescatistas lograron liberar el cuerpo de Don Piper de los escombros de su auto y lo transportaron de emergencia al hospital más cercano.

Don Piper en el hospital, lugar donde permanecería 13 meses.

Don Piper en el hospital, lugar donde permanecería 13 meses.

“Recuerdo que no quería regresar a la tierra, porque estar en el cielo era una cosa buena, pero había un hombre que oró por mí. Él preguntó a la policía por las víctimas y le dijeron que habían cuatro personas heridas, pero que el hombre del carro rojo -yo- estaba muerto. Así que él les pidió permiso, se metió a gatas y me tocó el hombro y oró por mí. Después comenzó a cantar la canción “El amigo que tenemos en Jesús” y yo desperté cantando la canción con él. Este hombre salió del carro muy rápidamente y le dijo a la policía y los paramédicos que el hombre supuestamente fallecido no estaba muerto, sino que estaba cantando”, recuerda Piper.

El pastor agrega que “tras recuperar la conciencia me di cuenta que en el cielo no había concepto del tiempo. Yo morí a las 11.45 de la mañana y regresé aquí a las 1:15 de la tarde. Eran 90 minutos en concepto terrenal, pero en el cielo no hay tiempo, no hay concepto de tiempo. Yo pude estar allí por 90 años o 90 segundos. No lo sé, lo único que sé que no hay lapso de tiempo en el cielo porque allá todo es eterno”.

Don Piper en el hospital, junto a su esposa y sus pequeños hijos.

Don Piper en el hospital, junto a sus tres hijos.

Don Piper pasaría internado 13 meses en un hospital, período en que los médicos lograron reconstruir su cuerpo después de 34 dolorosas operaciones. “Viví en el hospital en continuo dolor y depresión. Fue un período largo y difícil. Tenía un fijador puesto en mi brazo y pierna, y perdí cuatro pulgadas de mi pierna. Después que salí del hospital seguí mi dolorosa recuperación en casa, tratando de aceptar que ni mi cuerpo ni mi vida sería la misma, ya que mi cuerpo estaba muy dañado. Por supuesto no dejaba de preguntarme por qué Dios me había llevado al cielo para luego regresarme a la tierra. Ya conocía el cielo y la gloria y no entendía por qué tenía que regresar a un mundo lleno de aflicción y de dolor, especialmente en la condición en la que regresé. Con el tiempo comprendí que fui enviado de vuelta para difundir un mensaje muy especial: que el cielo es un lugar totalmente real”.

Don Piper en 1990, junto a sus hija y sus dos hijos,  a punto de dejar el hospital.

Don Piper en 1990, junto a sus tres hijos, tras dejar el hospital.

Piper, algunos años más tarde, se animaría a relatar su increíble experiencia en el libro “90 minutos en el cielo”, volumen que se transformaría en un best seller (vendería cuatro millones de copias) e inspiraría incluso una película.

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En la actualidad Don Piper viaja a diferentes iglesias grandes y pequeñas de todo Estados Unidos y acepta invitaciones de grupos seculares para compartir su increíble experiencia y compartir las grandezas de Dios. “Ahora mi enfoque está en ministrar a los que se encuentran en lo más bajo de su vida y los que sufren dolor. No es que no me importe estar aquí en la tierra, estoy emocionado de estar aquí, pero esto no parece real para mí ahora, porque ahora sé que todo esto es temporal y efímero. Ahora sé que el cielo es real y no puedo esperar a volver allí. Me siento más sano y vivo de lo que fui anteriormente. Yo no recomiendo que seas golpeado y aplastado por un camión para que tengas esta experiencia, pero el mismo Jesús dijo que podemos tener vida en abundancia aquí. Pero una vez que estás en el cielo, en ese maravilloso lugar, te quieres quedar allí para siempre. Porque es el lugar más real de todos”.

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