El misterioso dogma de la Santísima Trinidad: Dios existe como tres personas a la vez

Un dogma de la fe cristiana sostiene que Dios es un ser único que existe como tres personas distintas o hipóstasis: El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

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Los dogmas católicos, basados tanto en la Biblia como en la Tradición Apostólica, son las creencias esenciales que identifican y definen a este credo y son definidos como una verdad revelada por Dios y propuesta por la Iglesia para la creencia indubitable de los fieles. Uno de los tres grandes dogmas de la Cristiandad, junto al misterio de la Eucaristía y la Inmaculada Concepción, es el relativo a la Santísima Trinidad, que afirma que Dios es un ser único que existe como tres personas distintas o hipóstasis: El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Santisima Trinidad

Dios, según la Iglesia Católica, es una substancia (traducido a veces también por “esencia” o por “naturaleza”) en tres personas o hipóstasis distintas y las tres personas son consubstanciales (de la misma substancia). Las personas divinas no se reparten la única divinidad, sino que cada una de ellas es enteramente Dios. Las tres Personas son cada una toda la Divinidad, identificándose con la única Naturaleza de Dios: las Personas son la Una en la Otra. Por eso, Jesús dice a Felipe que quien le ha visto a Él ha visto al Padre (Jn 14, 6), en cuanto Él y el Padre son una sola cosa (Jn 10, 30 y 17, 21). Esta dinámica se llama pericóresis o circumincesio, concepto teológico que expresa el grado de unión entre las personas de la Trinidad y que hace referencia a un movimiento dinámico en que el uno se intercambia con el otro como en una danza en círculo.

En cuanto Dios “El Padre es lo mismo que es el Hijo, el Hijo lo mismo que es el Padre, el Padre y el Hijo lo mismo que el Espíritu Santo, es decir, un solo Dios por naturaleza”. Entonces “cada una de las tres personas es esta realidad, es decir, la substancia, la esencia o la naturaleza divina”, sin embargo, las Personas divinas también son realmente distintas entre sí: “El que es el Hijo no es el Padre, y el que es el Padre no es el Hijo, ni el Espíritu Santo es el Padre o el Hijo”. Los tres son distintos entre sí por sus relaciones de origen: “El Padre es quien engendra, el Hijo es quien es engendrado, y el Espíritu Santo es quien procede”. De ese modo, la Unidad divina es Trina.

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El dogma de fe del misterio de la Santísima Trinidad, que fue descrito por el fallecido Papa Juan Pablo II como “el misterio inescrutable de Dios”, también puede ser definido del siguiente modo: el Padre es totalmente Dios, el Hijo es totalmente Dios y el Espíritu Santo es totalmente Dios. Cada una de ellas es Dios. Tres Personas distintas en un solo Dios y un solo Dios en tres personas distintas. No hay tres Dioses sino un solo Dios, ya que en esta Trinidad las Personas que la componen son increadas y omnipotentes. Todas ellas existen desde la eternidad, pues no tienen principio, ni fin. Ninguna de ellas es menor o mayor que las otras, pues las tres son todopoderosas.

Según Tertuliano, quien en el año 215 fue el primero en utilizar la palabra “Trinidad”, “los tres son uno, por el hecho de que los tres proceden de uno, por unidad de substancia”. La definición del Concilio de Nicea (325 d.C.), sostenida desde entonces con mínimos cambios por las principales denominaciones cristianas, fue la de afirmar que el Hijo era consustancial (“de la misma sustancia’) al Padre, mientras que en el concilio de Constantinopla (381 d.C.) se indicó que el Espíritu Santo era adorado y glorificado junto con Padre e Hijo, sugiriendo que era también consustancial a ellos. Esta doctrina fue posteriormente ratificada por el Concilio de Calcedonia (451 d.C.), sin alterar la sustancia de la doctrina aprobada en Nicea.

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La antigua Iglesia hispánica de los siglos IV al VII d.C. fue la que popularizó y enseñó la fe trinitaria, sobre todo en los diferentes Concilios de Toledo que se celebraron en dicha época. De su liturgia procede precisamente el prefacio propio de esta solemnidad. La devoción a la Santísima Trinidad se inició así en el siglo X d.C. y, a partir de esa época, se fue también difundiendo su celebración litúrgica, entrando en el calendario romano en el año 1.331 d.C.

La palabra Trinidad deriva del número tres, que a su vez deriva del latín trinum y es el primer número impar, puesto que se compone de la unión de tres unidades. Desde la antigüedad, el tres era el más sagrado de los números, a pesar de ser una figura aritmética. El filósofo griego Platón lo consideraba como la imagen del Ser Supremo en sus tres personalidades: la material, la espiritual y la intelectual. Y el también filósofo griego Aristóteles, sostenía que el tres contiene el principio, el medio y el fin, lo cual para él era el símbolo de la perfecta armonía.

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La mayoría de las Iglesias protestantes, así como las ortodoxas y la Iglesia Católica, sostienen que el dogma de la Santísima Trinidad se trata de un misterio inaccesible para la inteligencia humana; o sea, es un misterio de fe. La Iglesia Ortodoxa Griega dice de la Trinidad que Dios es trino y uno. El Padre es totalmente Dios, el Hijo es totalmente Dios, y el Espíritu Santo es totalmente Dios. La Iglesia Cristiana Evangélica, en tanto, define que dentro de la unidad de un único Dios, existen tres distintas personas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Los tres comparten los mismos atributos y la misma naturaleza, por lo cual estos tres constituyen un único Dios. Los mormones afirman creer en la Trinidad, pero tienen una interpretación específica y radicalmente diferente del dogma mayoritariamente aceptado; Los Testigos de Jehová consideran que la Trinidad en sí misma procede de fuentes paganas de Babilonia y algunas confesiones minoritarias, tales como las iglesias unitarias o los pentecostales unicitarios o apostólicos, rechazan de plano esta creencia.

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Resumiendo todo lo anterior, las tres personas de la Santísima Trinidad son:

1) El Padre: Es increado e inengendrado.

2) El Hijo: No es creado sino engendrado eternamente por el Padre.

3) El Espíritu Santo: No es creado, ni engendrado, sino que procede eternamente del Padre y del Hijo (según la Iglesia Católica y las iglesias evangélicas) o sólo del Padre (según la Iglesia ortodoxa).

Antecedentes bíblicos de la Santísima Trinidad

En la Biblia se encuentran numerosas alusiones tanto al Padre como al Hijo y al Espíritu Santo, que se han presentado como menciones implícitas de la naturaleza de Dios, partiendo por el famoso verso 1 del Evangelio de San Juan, que dice: “En el principio existía el Verbo y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios”.

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En el Antiguo Testamento aparecen varias referencias a Dios en plural, como en Génesis 1:26: “Dios dijo: “HAGAMOS al hombre a nuestra imagen, según NUESTRA semejanza…”; y en Génesis 11:6-7: “Y dijo el Señor: “Todos forman un solo pueblo y tienen una misma lengua. Esta obra es solo el comienzo, y desde ahora nada les hará desistir de lo que piensen hacer. Pues bien, BAJEMOS y CONFUNDAMOS ahí mismo su lengua, de modo que no se entiendan los unos a los otros”.

En el Nuevo Testamento, también aparecen numerosos episodios que muestran a Jesús como Dios. En el capítulo 14 del Evangelio de San Juan, versos 8 al 11, se nos cuenta: “Felipe le dijo: Señor, muéstranos el Padre, y nos basta. Jesús le dijo: ¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre; ¿cómo, pues, dices tú: Muéstranos el Padre? ¿No crees que yo soy en el Padre, y el Padre en mí? Las palabras que yo os hablo, no las hablo por mi propia cuenta, sino que el Padre que mora en mí, él hace las obras. Creedme que yo soy en el Padre, y el Padre en mí; de otra manera, creedme por las mismas obras”.

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En Juan 10:22-33 se lee: “Celebrábase en Jerusalén la fiesta de la dedicación. Era invierno, y Jesús andaba en el templo por el pórtico de Salomón. Y le rodearon los judíos y le dijeron: ¿Hasta cuándo nos turbarás el alma? Si tú eres el Cristo, dínoslo abiertamente. Jesús les respondió: Os lo he dicho, y no creéis; las obras que yo hago en nombre de mi Padre, ellas dan testimonio de mí; pero vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas, como os he dicho. Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre. YO Y EL PADRE UNO SOMOS. Entonces los judíos volvieron a tomar piedras para apedrearle. Jesús les respondió: Muchas buenas obras os he mostrado de mi Padre; ¿por cuál de ellas me apedreáis? Le respondieron los judíos, diciendo: Por buena obra no te apedreamos, sino por la blasfemia; porque tú, siendo hombre, te haces Dios”.

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En otros versos de los evangelios y las epístolas, como en San Juan 16.15, Jesús dice : “Todo lo que tiene el Padre es mío” y en otros pasajes sostiene su existencia eterna. En Juan 8:58 se cuenta: “Jesús les dijo: De cierto os digo: Antes que Abraham fuese, yo soy”; y en Hebreos 13:8: “Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos”; mientras que el apóstol Pablo afirmó en Colosenses 2:9: “Porque en él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad”.

Finalmente, en la Biblia también existen referencias al Espíritu Santo como Dios. En 1 Cor. 3:16, por ejemplo, se da a entender que Dios y Espíritu Santo son sinónimos o iguales: “¿No sabéis que sois santuario de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?”. Y en Hechos 5:3-4 se relata: “¿Cómo es que Satanás llenó tu corazón para mentir al Espíritu Santo? No has mentido a los hombres, sino a Dios.”

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La fórmula trinitaria también aparece en la Biblia, en el bautismo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo (Mt 28:19). El apóstol Pablo, por su parte, cerró una de sus epístolas diciendo: “La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros” (2 Co 13:14). Mientras que el apóstol Juan afirmó: “Porque tres son los que dan testimonio en el cielo: el Padre, el Verbo y el Espíritu Santo; y estos tres son uno” (1 Juan 5:7).

La mayoría de las iglesias protestantes, así como las ortodoxas y la Iglesia católica, sostienen que el dogma de la Santísima Trinidad constituye un misterio inaccesible para la inteligencia humana. Sin embargo, para explicar este gran misterio existen ciertos símbolos que sí son entendibles a nuestra razón. Es el caso del triángulo, donde cada uno de los vértices es parte del mismo triángulo y, sin embargo, cada uno es distinto. Así como la vela encendida: La vela, en sí misma, simboliza al Padre. La cera que escurre es el Hijo, que procede del Padre, y la llama encendida es el Espíritu Santo. Los tres forman parte de la vela, pero son distintos entre sí.

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Los católicos cuando realizan la Señal de la Cruz aluden también de inmediato al misterio de la Santísima Trinidad, al mencionar el nombre de las tres divinas Personas. Cuando dicen “En el nombre del Padre”, ponen la mano sobre la frente señalando el cerebro, que controla todo nuestro cuerpo, recordando con ello en forma simbólica que Dios es la fuente de nuestra vida. Y cuando dicen “… Y del Hijo”, colocan la mano en el pecho, donde está el corazón, que simboliza al amor, recordando con ello que por amor a los hombres, Jesucristo se encarnó, murió y resucitó para librarnos del pecado y llevarnos a la vida eterna. Y cuando dicen “… Y del Espíritu Santo”, ponen la mano en el hombro izquierdo y luego en el derecho, recordando que es el Espíritu Santo el que nos ayuda a cargar con el peso de nuestra vida, ya que el Espíritu nos ilumina y nos da la gracia necesaria para vivir de acuerdo a los mandatos divinos.

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San Agustín de Hipona comparaba la Santísima Trinidad con la mente, el pensamiento y el amor. De ese modo, Dios es la mente, el pensamiento que nace de ella es Jesús, y el amor que los une a ambos es el Espíritu Santo. Santo Tomás de Aquino, por su parte, usaba la siguiente descripción para ilustrar el misterio de la Trinidad: Todo ungido presupone por lo menos tres elementos: el que unge, el ungido y la unción. Siendo Jesús el Mesías, el Cristo, es decir, el ungido de Dios, podemos hacer referencia a tres personas: El que unge es Dios Padre, el ungido es Jesús (Dios Hijo) y la unción es Dios Espíritu Santo.

El Padre Pío de Pietrelcina, cuando una de sus feligresas le preguntó una vez qué era el misterio de la Santísima Trinidad, le contestó con este didáctico ejemplo:

“Hija, ¿quién puede comprender y explicar los misterios de Dios? Se llaman misterios precisamente porque no pueden ser comprendidos por nuestra pequeña inteligencia. Podemos formarnos alguna idea con ejemplos. ¿Has visto alguna vez preparar la masa para hacer el pan? ¿qué hace el panadero? Toma la harina, la levadura y el agua. Son tres elementos distintos: la harina no es la levadura ni el agua; la levadura no es la harina ni el agua y el agua no es la harina ni la levadura. Se mezclan los tres elementos y se forma una sola sustancia. Por lo tanto, tres elementos distintos forman unidos una sola sustancia. Con esta masa se hacen tres panes que tienen la misma sustancia pero distintos en la forma el uno del otro. Eso es, tres panes distintos el uno del otro pero una única sustancia. Así se dice de Dios: Él es uno en la naturaleza, Trino en las personas iguales y distintas la una de la otra. El Padre no es el Hijo ni el Espíritu Santo; el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo. Son tres personas iguales pero distintas. Sin embargo, son un solo Dios porque única e idéntica es la naturaleza de Dios”.

En las páginas del libro “Un Manual de Verdad Cristiana”, de Harold Lindsell y Charles J. Woodbridge, se afirma, finalmente, que “la mente del hombre no puede entender por completo el misterio de la Trinidad. El que trate de entender el misterio por completo perderá su mente, pero el que niegue a la Trinidad perderá su alma”.

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