La misteriosa lucha bíblica de Jacob con un ángel: ¿Puede el hombre vencer a un enviado de Dios?

En el capítulo del Génesis se cuenta que Jacob luchó durante una noche entera con un enviado angélico del Señor.

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Desde la más remota antigüedad existe la idea difusa de considerar a Dios, benévolo y justo creador del hombre, como enemigo del ser humano, debido a que el Altísimo con sus estrictas reglas morales limitaría, según algunos, la libertad y las posibilidades de realización de la criatura que creó a su imagen y semejanza. Por ello, no es raro que entre los mismos creyentes se experimente en determinadas circunstancias una especie de resistencia sorda a Dios, tanto consciente como inconsciente, un cierto miedo a sus planes divinos y a los sacrificios que pueda pedirnos.

En la Biblia, a propósito de lo anterior, en el libro del Génesis se refiere el misterioso relato de Jacob, el hombre que luchó con un ángel de Dios (Gen 32,23-32). A la luz de este pasaje bíblico, Jacob se nos revela como un testigo singular y privilegiado de uno de los más singulares combates que recuerde la humanidad, pues según este texto, por primera vez un ser humano libró una lucha física con un enviado angélico del Creador y Padre Celestial.

El Libro del Génesis nos cuenta que Isaac, el hijo del patriarca Abraham, tuvo dos hijos, Esaú y Jacob, quienes nacieron al mismo tiempo, aunque fue Esaú, más grande, rubio y rollizo, quien salió primero del seno de su madre, mientras que el segundo nació con una de sus manos sujeta a uno de los talones de su hermano. Curiosamente, en una suerte de profecía, Dios le había vaticinado a Rebeca, la madre de las dos criaturas, que “el mayor servirá al menor”.

Esaú y Jacob.

Esaú y Jacob.

Al crecer, los dos hermanos se revelarían como totalmente diferentes. Mientras Esaú era un rudo, fornido y hábil cazador y era el preferido de su padre, Jacob era un dedicado pastor y el preferido de su madre, Rebeca. De todos modos, como había nacido primero, según la tradición a Esaú le correspondería la primogenitura y recibir la sagrada bendición paterna de su padre.

Jacob, con mucha astucia, lograría que su hermano mayor le cediera su primogenitura a cambio de un plato de lentejas, una vez que Esaú se encontraba muy hambriento. También, instado por su madre, lograría engañar a su padre moribundo para que le diera la bendición (una costumbre sagrada de los judíos) a él y no a Esaú antes de morir.

Para engañar a su padre Isaac, que debido a su avanzada edad se encontraba casi ciego, Jacob se puso unos cueros de piel de cabrito en sus brazos para emular los brazos velludos de su hermano mayor, además de prepararle un estofado hecho con animales que supuestamente él había cazado. Cuando Isaac le tocó los brazos y probó el plato de comida, le otorgó la bendición a Jacob pensando erróneamente que se trataba de su hijo favorito, Esaú.

Jacob

Esaú, al enterarse que su hermano Jacob había engañado a su padre y que no sólo se había quedado con la primogenitura, sino que también con la sagrada bendición paterna, amenazó con matarlo, por lo que Jacob partió al exilio a un lugar llamado Harán, para huir de la furia de su hermano. Allí, gracias a la ayuda de Dios, se casó, tuvo muchos hijos y se hizo muy rico.

Veinte años más tarde, Dios le dijo a Jacob: “Vuelve a la tierra de tus padres”. De ese modo, Jacob y su familia comenzaron un largo viaje, pero en el camino unos sirvientes suyos vinieron a decirle: “Tu hermano Esaú viene hacia nosotros con 400 hombres”. Jacob, temeroso de que Esaú quisiera hacerles daño a él y a su familia por los agravios cometidos en el pasado, le oró a Jehová: “Por favor, sálvame de mi hermano”. Al día siguiente, para aplacar la supuesta furia de su hermano, Jacob le envió varios regalos a Esaú: muchas ovejas, cabras, vacas, camellos y burros.

Esa noche, cuando Jacob estaba sentado solo junto al Jaboc, un río de Jordania que corría cerca de Amán, recibió la visita de un hombre desconocido que era un ángel de dios y ambos comenzaron a luchar, en una pelea que duraría toda la noche, hasta el alba del día siguiente.

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La Biblia relata que cuando amaneció y el enviado angélico “vio que no había prevalecido contra Jacob, lo golpeó en la articulación del muslo, y se dislocó la coyuntura del muslo de Jacob mientras luchaba con él. Entonces el hombre (el ángel) dijo: ‘Suéltame, porque raya ya el alba’. Y Jacob respondió: ‘No te soltaré si no me bendices’. Y él le preguntó: ‘¿Cómo te llamas?’. ‘Jacob’, respondió éste. Y añadió el hombre: ‘Ya no será tu nombre Jacob, sino Israel, porque has luchado con Dios y con los hombres, y has prevalecido’. Entonces Jacob, a su vez, le preguntó: ‘Dime, te ruego, tu nombre’. Pero él respondió: ‘¿Para qué quieres saber cómo me llamo?’ Y allí mismo lo bendijo. Y Jacob le puso a aquel lugar el nombre de Panuel, porque dijo: ‘He visto a Dios cara a cara, y ha sido preservada mi vida’. Y le salió el sol al cruzar Panuel, y cojeaba de su muslo. Este es el motivo de por qué los israelitas, aún hoy, no comen el nervio ciático, que está en la juntura de la cadera, pues el ángel golpeó a Jacob en la juntura de la cadera en el nervio ciático”.

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Si bien suena algo desconcertante que un hombre luche toda la noche con un ángel y logre prevalecer, los teólogos afirman que lo crucial de este episodio bíblico es el empecinamiento de Jacob para conseguir la bendición del enviado angélico, es decir, el otorgamiento del perdón divino por todos los engaños y errores pasados. Más simbólico aún es que el ángel, después de pelear con Jacob y descoyuntarle un muslo para que no siga luchando, lo bendiga y le cambie su nombre, pues en la antigüedad los nombres servían de característica de identificación para una persona determinada, es decir, así como era el nombre, así tenía que ser la persona.

El antiguo nombre, Jacob, aludía a intriga, engaño y comportamiento erróneo, mientras que el nuevo nombre, Israel, en cambio, significaba “el que lucha con Dios”, un luchador de Dios, un nombre que aludía a una identidad renovada y que se haría extensivo posteriormente a todo el pueblo judío. Por otra parte, Jacob lucha cara a cara con el ángel de noche, en la más completa soledad y cuando se encuentra despojado de todo. Pelea con un ángel de Dios, pero no ve el rostro del Creador. Y cuando Jacob le pide que le diga su Nombre, que le manifieste quién es, Dios se niega, porque su misterio nos sobrepasa y es inviolable.

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Jacob, cuando pelea con el ángel, se resiste y no se entrega, por lo que el ángel se ve obligado a recurrir a una estratagema, dislocándole la coyuntura del muslo. Y cuando el enviado de Dios le pregunta a Jacob su nombre, lo obliga a reconocer su nombre, es decir, su identidad, pues Jacob quiere decir “el suplantador” (Gen 25,26; 27,36). Con ello, Dios provoca la confesión de Jacob de sus pecados pasados y así lo pone en evidencia. Sólo cuando Jacob ha reconocido su pecado, el ángel de Dios le dice: “Ya no te llamarás Jacob, sino Israel, porque has luchado contra Dios y contra los hombres, y has vencido”. Nace, de ese modo, un hombre nuevo marcado por el signo del poder de Dios.

Pero ¿venció realmente Jacob al ángel de Dios? El texto es paradójico, pues aparentemente se sugiere que Jacob vence a Dios, pero en realidad ello ocurre cuando queda cojeando y se ha puesto al desnudo su pecado. En realidad, Jacob sólo vence cuando se deja vencer por Dios, es decir, cuando reconoce y se arrepiente de sus pecados, se rinde libremente al amor divino y experimenta por primera vez la libertad y la plenitud.

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Con respecto al desenlace de la historia de Jacob y su hermano Esaú, después de luchar toda una noche con el ángel y lograr su bendición, Jacob se sintió más aliviado pues ahora sabía que Dios no permitiría que su hermano Esaú, a quien no veía desde hace 20 años, le hiciera daño. Esa misma mañana, Jacob vio a lo lejos a Esaú y a sus 400 hombres. Salió antes que su familia para encontrarse con Esaú y, al llegar, se postró humildemente en tierra siete veces antes de abordar a su hermano mayor. La Biblia cuenta que “…mas Esaú, corriendo a su encuentro, lo abrazó, se echó a su cuello, lo besó y los dos lloraron”.

Después de ese emocionante reencuentro, en el que Jacob le regaló a su hermano mayor muchos presentes que había obtenido gracias al favor divino, Esaú volvió a su casa en Seir, mientras que Jacob prosiguió con su viaje en la dirección opuesta, donde se estableció y crió a sus 12 hijos: Rubén, Simeón, Leví, Judá, Dan, Neftalí, Gad, Aser, Isacar, Zabulón, José y Benjamín. Más tarde, Dios salvaría a su pueblo por medio de José, quien sería vendido por sus hermanos a un mercader y terminaría como esclavo en Egipto, convirtiéndose por la gracia divina en el hombre de confianza del mismo faraón, pero esa, como dicen los epílogos de algunas películas, es otra historia.

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