¿Qué pasó con la cruz donde murió Jesucristo? Este fue su destino según las leyendas

El año 326 d.C. esta reliquia fue encontrada en Jerusalén por la emperatriz Helena de Constantinopla.

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La tradición cristiana cuenta que Jesús de Nazaret murió crucificado en una cruz de madera puesta sobre el Monte Gólgota, en los alrededores de Jerusalén, el viernes 3 de abril del año 33 d. C. a las 15:00 horas, resucitando al tercer día de entre los muertos, tal como había sido anunciado en las Sagradas Escrituras.

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Tras la muerte del Nazareno, diversos objetos que estuvieron relacionados con su vida, pasión y muerte se convertirían en reliquias de primer orden para la Cristiandad, incluyendo la llamada “Vera Cruz” (“Verdadera Cruz”) o Santa Cruz, es decir,
la cruz en la que Cristo fue crucificado en el Gólgota, puesto al medio de Dimas y Gestas, dos ladrones y asesinos que también habían sido condenados a ser clavados en una cruz hasta morir.

La Leyenda dorada del beato italiano Santiago de la Vorágine cuenta que en el año 326 d.C. la emperatriz Helena de Constantinopla (madre del emperador Constantino I el Grande y quien por entonces tenía ochenta años de edad) llegó a Jerusalén, donde interrogó a los judíos más sabios del país para que le revelaran cuanto sabían del lugar en el que Cristo había sido crucificado. Después de conseguir esta información, la llevaron hasta el Monte de la calavera o Gólgota, donde el emperador romano Adriano, 200 años antes, había mandado erigir un templo dedicado a la diosa Venus.

 

Santiago de la Vorágine relata que la emperatriz “hizo realizar excavaciones en el lugar señalado, del cual comenzó a salir un perfume muy fragante. Después de cavar, se encontraron tres cruces (la de Jesús y la de los dos ladrones), y clavos, pero la reina Elena no estaba segura de cuál de ellas era la Cruz”.

Como era imposible saber cuál de las tres cruces era la de Jesucristo, la leyenda cuenta que Helena hizo traer un hombre enfermo, el cual al entrar en contacto con la cruz de Gestas empeoró en su salud, y al ser tocado con la cruz de Dimas quedó como había estado al principio, pero, cuando fue tocado por la del Nazareno, la Verdadera Cruz, se restableció por completo.

La emperatriz y su hijo Constantino hicieron construir en el lugar del hallazgo un fastuoso templo, la llamada Basílica del Santo Sepulcro, en la que habrían guardado la “Vera Cruz”, aunque el relato de la Leyenda Áurea afirma que Elena hizo dividir la Cruz en dos partes, para dejar un trozo en Jerusalén y llevarse otro a Constantinopla.

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La reliquia permaneció en manos cristianas en Jerusalén hasta el año 614 d.C., cuando los persas sasánidas al mando del rey Cosroes II capturaron la ciudad y se la llevaron como botín. Este monarca habría puesto la “Vera Cruz” bajo los pies de su trono, como símbolo de su desprecio a la religión de los cristianos.

Más de una década más tarde, Cosroes II fue derrotado por el emperador bizantino Heraclio, quien habría recuperado la “Vera Cruz” y el 14 de septiembre del año 628 d.C. la llevó personalmente de regreso a Jerusalén. Cuenta la leyenda que cuando el emperador, vestido con gran magnificencia y boato, quiso cargar con la reliquia, fue incapaz de hacerlo, no siéndole posible hasta que no se despojara de todas sus galas y lujos como muestra de la pobreza y la humildad de Cristo. Desde entonces, ese día quedó señalado en los calendarios litúrgicos como el de la Exaltación de la Santa Cruz.

A partir de entonces, la “Vera Cruz” comenzaría a cambiar de manos de forma constante. En el año 638 los musulmanes se apoderaron definitivamente de Jerusalén y también de la reliquia. No se volvió a saber nada más de ella hasta el año 1009, cuando el califa fatimí Al-Hakim bi-Amr Allah ordenó la destrucción de la Iglesia del Santo Sepulcro, aunque al parecer los cristianos de Jerusalén habían ocultado a tiempo la reliquia, manteniéndola escondida hasta que la ciudad fue tomada por los soldados de la Primera Cruzada en el año 1099. El objeto que recuperaron era un pequeño fragmento de madera incrustado en una cruz de oro, que se convirtió en la reliquia más sagrada del nuevo Reino de Jerusalén.

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Este fragmento de la “Vera Cruz” fue llevado repetidamente a las batallas contra los musulmanes y se cuenta que los cruzados salieron victoriosos en todas las que participaron portando este santo tesoro, sin embargo en 1187 el sultán Saladino venció a los cristianos en la batalla de Hattin y se apropió de la reliquia, llevándola según algunas fuentes a Damasco en posición invertida, aunque otras cuentan que fue llevada como trofeo a Egipto.

El rey inglés Ricardo Corazón de León, durante la Tercera Cruzada, además del emperador romano Isaac II y la reina Tamar de Georgia, intentaron negociar su rescate con Saladino, pero la reliquia no fue devuelta. Posteriormente la Santa Cruz desapareció de los registros históricos y a partir de entonces todo lo que se diría de ella estaba emparentado con la leyenda. Se dice que fue destruida por los templarios el último día de la Batalla de Hattin para que no cayese en poder de los musulmanes, mientras que otros aseguran que fue salvada y enterrada en la arena, siendo recuperada después para ser llevada a Europa dividida en varios fragmentos de madera que fueron repartidos en varias iglesias y monasterios.

La reliquia más grande conservada de la Santa Cruz, aún más grande que la que hoy se custodia en el Vaticano, es la que se encuentra en el Monasterio de Santo Toribio de Liébana, en Cantabria, España. Es conocida por su nombre en latín “Lignum Crucis” (“leño o madera de la Cruz”) y correspondería al madero horizontal izquierdo de la cruz en que murió Cristo y que Santa Elena dejó en Jerusalén cuando descubrió las cruces del Nazareno y los dos ladrones.

El “Lignum Crucis”, reliquia sagrada que se encuentra desde hace siglos en el Monasterio de Santo Toribio de Liébana, en Cantabria, España.

El “Lignum Crucis”, reliquia sagrada que se encuentra desde hace siglos en el Monasterio de Santo Toribio de Liébana, en Cantabria, España.

Las medidas del “Lignum Crucis” son las siguientes: 635 mm. el palo vertical y 393 mm. el travesaño, con un grosor de 40 mm. La madera se encuentra dentro de un relicario en forma de cruz de plata dorada, de tradición gótica, realizada en un taller de Valladolid en el año 1679, quedando entero el agujero sagrado donde los romanos clavaron la mano izquierda de Cristo.

Este objeto sagrado llegó a España en el siglo XVI, con los restos de Santo Toribio, quien había sido custodio de los lugares santos en Jerusalén. En 1958 se realizaron algunas pruebas para comprobar su autenticidad y “confirmaron que la madera (Cupressus Sempervivens o ciprés) es de un árbol que hay en Tierra Santa y que tiene una edad superior a los 2000 años”, según aseguró a ACI Prensa el Padre Juan Manuel Núñez, superior del convento de Santo Toribio de Liébana. Además, el ADN de la reliquia coincide con el de otros trozos de la cruz más pequeños que se conserva en distintas partes del mundo.

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Con respecto al tipo de madera que se utilizó para construir la “Vera Cruz”, no hay coincidencia al respecto. Beda El Venerable (santo inglés y doctor de la iglesia, en el siglo VII) sostenía que la Santa Cruz estaba formada por cuatro diferentes tipos de madera: la inscripción (“Titulus crucis”) era de boj, el madero vertical de ciprés, el travesaño (“patibulum”) de cedro y la parte por encima de la inscripción, de pino.

Justo Lipsio, humanista y filólogo flamenco del siglo XVI, afirmó por su parte que la “Vera Cruz” estaba formada por un solo tipo de madera, de roble, una madera abundante en Palestina, fácilmente accesible y de consistencia fuerte, mientras que otros estudiosos especularon que podía ser de madera de cedro, la más incorruptible y al mismo tiempo presente en Judea, pero que era una madera de lujo, tanto así que fue utilizada por el rey Salomón para la construcción del templo de Jerusalén.

Autores más modernos, finalmente, creen que la Santa Cruz estaba hecha enteramente de pino u otra conífera, madera que se utilizaba profusamente en Judea para fines menos nobles.

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Por lo pronto, los fragmentos de la “Vera Cruz” de la basílica de Santa Croce in Gerusalemme de Roma, así como los que permanecen en las catedrales de Pisa, Florencia y Notre Dame de París, tras ser analizados por microscopio en el siglo XIX, parecen ser todos de madera de pino, mientras que el famoso fragmento que permanece en el monasterio de Santo Toribio de Liébana (España) fue analizado en 1958 por el Instituto de Ciencias Forestales de Madrid y se estableció, como ya se mencionó, que se trataba de ciprés común, una conífera estrechamente emparentada con el pino.

Como sea que fuere, la Iglesia católica, la ortodoxa y (parcialmente) la anglicana hoy veneran la “Vera Cruz” el Viernes Santo, en memoria de la Pasión de Jesucristo. En ese día se hace genuflexión ante ella como con el santísimo Sacramento y se la suele besar en señal de reverencia.

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