Swedenborg, el famoso científico que aseguró haber tomado té con Jesucristo y hablado con ángeles

Numerosas iglesias alrededor del mundo citan hoy sus escritos teológicos como la verdad Divina Misma.

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El sabio sueco Emanuel Swedenborg (1688 – 1772) es considerado una de las mentes más brillantes de la historia de la humanidad. Además de ser un dotado ingeniero, físico, matemático, químico, geólogo, botánico, hidrógrafo, fisiólogo y astrónomo (llegando a fabricar sus propios lentes, telescopios y microscopios), también fue relojero, lingüista (hablaba quince lenguas), músico, poeta, psicólogo, filósofo y un aventajado teólogo.

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Hijo del obispo luterano y predicador de la corte sueca Jesper Swedberg, Emanuel Swedberg (cuyo apellido sería cambiado a Swedenborg por la reina Ulrica Leonor de Suecia, tras elevarlo a la nobleza) nació en Estocolmo en 1688, dando muestras en su más tierna juventud de una prodigiosa inteligencia. Tras estudiar teología, filología, matemáticas y ciencias naturales, llamó la atención del rey Carlos XII de Suecia por sus descubrimientos en los campos de la metalurgia y la mecánica.

En 1714 Swedenborg trazó unos planos para la construcción de una máquina voladora y un submarino, y como parte de sus estudios sobre la anatomía humana y la organización de las partes del cerebro, anticipó el concepto de la neurona, adelantándose cien años a los primeros estudios conocidos sobre estas células cerebrales. También fue el primero en desarrollar la hipótesis sobre la formación nebulosa del sistema solar, delineó una cosmogonía que probablemente influenció los trabajos de Kant sobre el Universo y se planteó el problema de las relaciones entre el alma y el cuerpo.

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Swedenborg fue un viajero incansable, recorriendo desde 1710 gran parte de Europa, donde se empapó de las nuevas doctrinas científicas y filosóficas. Visitó Holanda, Francia, Alemania e Inglaterra, entre otros países, viviendo varios años en Londres. En esa ciudad, en 1744, cuando Swedenborg tenía 56 años, tuvo una visión mística que lo orientaría para siempre hacia la actividad religiosa.

Un desconocido, que silenciosamente lo había seguido por las calles de Londres, apareció de pronto en su casa. Swedenborg lo vio llegar desde su ventana, sintiendo por él una empatía inexplicable e instantánea. Tras hacerlo entrar, ambos se sentaron a la mesa y mientras tomaban el té, el desconocido le reveló que era el mismísimo Jesucristo: “Yo soy el Señor, Creador y Redentor; te he escogido para que des a conocer a los hombres el significado interior y espiritual de las Sagrada Escrituras”, le dijo supuestamente el misterioso visitante a Swedenborg, quien, imbuido de los poderes de un Fausto para visitar cielo e infierno, pero evitando el pacto diabólico, recibió una especie de permiso celestial para hablar con espíritus, ángeles y demonios, y contarle a la humanidad la verdadera interpretación de las escrituras y los secretos de la vida después de la muerte.

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Desde entonces Emanuel Swedenborg decía que había quedado facultado para conversar a voluntad con los espíritus celestiales, de quienes dijo: “No podemos ver a los ángeles con nuestros ojos corporales, sólo con los ojos de nuestro espíritu”, agregando que “los ángeles tienen un poder tal que si yo dijera todo lo que he visto, excedería la creencia”. Uno de sus libros más conocidos, “Heaven and Hell”, describiría el mundo que habitan los espíritus después de la muerte, mientras que en otras de sus obras concluyó que algunos de los demás planetas de nuestro Sistema Solar podían estar habitados.

Después de su supuesto encuentro con Jesucristo, y aunque Swedenborg no abandonó las investigaciones científicas, se dedicó principalmente a la especulación religiosa y teosófica. Sus obras más destacadas al respecto fueron “Sobre la veneración y el amor de Dios” (1747), “Los arcanos celestes” (1749-1758), “Las maravillas del cielo y el infierno y de las tierras planetarias y astrales” (1758), “Tratado curioso de los encantos del amor conyugal en este mundo y en el otro” (1768), y “La verdadera religión cristiana” ( 1771).

En estas obras Swedenberg afirmó que “el amor y la sabiduría, sin la tercera cosa que es el uso, pueden compararse con la luz y el calor del sol, los cuales, caso de no operar en hombres, animales y vegetación, serían cosas vanas e imaginarias”, agregando también que “el amor consiste en desear dar lo que es nuestro a otro y sentir su deleite como nuestro”.

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Los autores Tamaro, Fernández y Ruiza, en su obra “Biografía de Swedenborg”, cuentan que en su vasta producción teológica el sabio sueco arribó a varias conclusiones: Dios es amor y sabiduría y su providencia y bondad velan sobre todas las criaturas, a quienes les brinda durante su existencia terrenal de todos los cuidados para prepararlas a la mejor eternidad, pero sin violar su libertad. El germen de la salvación puede desarrollarse en la otra vida; pero si el hombre estaba confirmado en el mal en el momento en que terminó su prueba terrena, la permanencia en el cielo le resultaría un tormento insoportable.

Swedenborg también creía que Dios se manifestó en Jesucristo (único objeto de su culto), asumiendo en el seno de una humilde joven virgen una humanidad pecadora. Jesucristo en su vida terrenal logró la purificación y la glorificación de la humanidad mediante la victoria sobre las tentaciones y, sobre todo, por su suplicio en la cruz. Su muerte no fue una expiación, sino el triunfo definitivo de la luz sobre las tinieblas, la derrota de los poderes del mal. La fe, más que la abdicación de la razón humana ante lo incomprensible, es una creencia basada en el amor, mediante el cual el alma tiende hacia su salvador con su pensamiento y con su sentimiento.

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Las visiones místicas que afirmó haber experimentó Emanuel Swedenborg le permitirían distinguir tres cielos, a los que corresponden tres infiernos. Según sus escritos, existe un estado temporal intermedio después de la muerte: el Mundo de los Espíritus, donde los buenos son purificados y los malos desenmascarados de su falsa bondad. Según Swedenborg, sólo Dios vive, y la presencia de Dios en el hombre y en lo creado es lo que da apariencia de vida.

Los escritos de Swedenborg, quien fallecería en Londres el 29 de marzo de 1772, a los 84 años de edad, conformaron su doctrina de la Nueva Jerusalén (anunciada en el Apocalipsis de San Juan), en favor de la fundación de una nueva Iglesia, que tendría adeptos en Escandinavia, en Alemania y, sobre todo, en Inglaterra.

Actualmente, a pesar de su apariencia hermética, hay numerosas iglesias alrededor del mundo (en Estados Unidos, Canadá, Rusia, África, Europa y Asia) que citan sus escritos teológicos como la verdad Divina misma. En Asia, de hecho, los budistas llaman a Swedenborg el “Buda del Norte”, mientras que millares de adeptos han aceptado como mandamiento uno de los mensajes iniciales del sabio sueco: “Ama a tu prójimo como a ti mismo, purifícate del mal, trabaja por la armonía universal”.

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El escritor argentino Jorge Luis Borges, en una conferencia dictada en la Universidad de Belgrano en 1978, dijo: “Voltaire dijo que el hombre más extraordinario que registra la historia fue Carlos XII. Yo diría: quizá el hombre más extraordinario -si es que admitimos esos superlativos- fue el más misterioso de los súbditos de Carlos XII, Emanuel Swedenborg”.

El mismo Jorge Luis Borges, en una línea de su famoso poema “Otro poema de los dones”, escribió: “Por Swedenborg, que conversaba con los ángeles en las calles de Londres”, refiriéndose a este brillante humanista, teólogo y científico sueco, tartamudo y viajero incansable, que fue profesor de teología y obispo de Skara, una pequeña población al sur de Estocolmo; que sería acusado de loco y de hereje (aunque sus textos y teorías son brillantes, lúcidos y coherentes); que hizo adelantos notables en anatomía, metalurgia, astronomía e ingeniería; que escribió sus conversaciones con los ángeles y con otros seres extraterrenos; y que influenció a artistas y pensadores ilustres como William Blake, Goethe, Carl Jung, Immanuel Kant, Balzac, Richard Wagner, Henry James, Paul Valery, Thomas Carlyle, Ralph Waldo Emerson, August Strindberg, W. B. Yates y Baudelaire, entre muchos otros.

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