¿Por qué Diego Armando Maradona fue un prócer? Una devoción que sólo los argentinos comprenden
- Andrés Saslavsky, ex guía de Fútbol Argentino
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En Argentina no es un miércoles cualquiera. Un manto gris de dolor se posó sobre el cielo de todo el territorio argentino. En la vía pública, en los bares, en las casas, en las oficinas hay ojos vidriosos y lágrimas de desconsuelo. No se murió solo un jugador de fútbol: Un prócer pasó a la inmortalidad. Y el pueblo siente que, a partir de este 25 de noviembre, le faltará un pedazo.
“Un simple deportista” para algunos; “un mal ejemplo social”, dirán otros; “un adicto”, exclamarán los más críticos. Pero Diego Armando Maradona fue mucho más simbólico para el pueblo argentino, y no sólo desde la perspectiva del fútbol. Fue, en efecto, un emblema nacional transandino.
Porque jugadores extraordinarios ha habido demasiados, desde Pelé hasta Lionel Messi, pasando por Johan Cruyff, Alfredo Di Stéfano, Zinedine Zidane y Ronaldinho. Ninguno de ellos ha trascendido el campo de juego de la manera que lo hizo “Pelusa”.
Antes de ser una estrella de calibre mundial, de todos los excesos y de tanto medio de comunicación a su alrededor, Maradona fue Dieguito, un chico que no tenía más que una pelota y un enorme talento como armas para olvidar de a ratos la pobreza y el hambre, catástrofes que desde hace décadas azota al pueblo trasandino.
Haber llegado tan arriba empezando desde tan abajo vale por partida doble. Pero su magnificencia no sólo radica en sus orígenes, de los que nunca se olvidó: Aquel partido contra Inglaterra fue la puerta de entrada hacia la eternidad de los próceres.
No hay punto de comparación entre una guerra y un partido de fútbol. Sin embargo, ¿qué otra manera tiene un simple país sudamericano para arrebatarle algo a una superpotencia económica y militar del planeta? Aunque para los argentinos el daño de Malvinas fue inconmensurable, Maradona se encargó de devolverle al Imperio Británico al menos una pequeñísima, mínima probada de injusticia, de ese sentimiento de impotencia que aparece cuando te quitan algo y nada puedes hacer para recuperarlo.
No fue el “robo” solamente. También fue la forma. El fanático transandino estaba deseoso de humillar a su rival por las malas y por las buenas. Primero, con la viveza de la ilegalidad. Después, con una muestra de talento y rebeldía que sólo abunda en el verde de las Pampas.
Por eso, no sólo se trató de un “futbolista” y un “adicto”. Fue un líder. Un rebelde. Un luchador. Fue la humillación a los súbditos de la Reina. Fue el tobillo inflamado como una sandía en el clásico ante Brasil. Fue el abanderado del sur de Italia en la lucha por un merecido reconocimiento. Fue el San Paolo de Nápoles alentando contra su propia selección en una semifinal mundialista. Fue el niño de la más absoluta miseria gambeteando hasta llegar a la cima.
Luego estarán sus fallas como ser humano, esas que, al margen de todos los dedos moralistas que lo acusaron, todas las personas tienen. O, como resumen los argentinos más fanáticos, “a Maradona lo queremos no por lo que hizo con su vida, sino por lo que hizo con las nuestras”.
Hoy es un día gris en Argentina. Murió un hombre, pero nació una leyenda.
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