¿Por qué el “6” chileno es el “5” argentino? El caso de Marcelo Díaz para entender una diferencia histórica

Una mirada histórica y técnica para entender el porqué de la diferencia de números en las camisetas.

Guía de: Fútbol Total

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Hablar de la ausencia de Marcelo Díaz en la Selección Nacional, tomando como contexto su muy buen momento como volante central con la camiseta de Racing de Avellaneda en el fútbol argentino sería redundar.

La labor que cumple Marcelo Díaz en las canchas trasandinas data desde el nacimiento de las tácticas, con diferencias numerales en ambos lados de la cordillera. ¿Cuál es la explicación?

Se trata de un volante central que en las canchas trasandinas equivale a la denominación del “5”, por el número de camiseta que vestía el encargado de esas labores cuando los dígitos en las dorsales sólo iban del 1 al 11. Sin embargo, en nuestras canchas el centrocampista aquel lucía el 6. ¿Por qué esta diferencia? Intentaremos aclarar este entuerto en las siguientes líneas.

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Un poco de historia. En los inicios del fútbol organizado tácticamente, en las primeras décadas del siglo XX, todos los equipos se ordenaban bajo el esquema 2-3-5, también conocido como La Pirámide. En palabras simples, eran dos backs (defensas), tres halves (volantes o mediozagueros de apoyo) y cinco forwards (delanteros). Con relación a los números en las dorsales de las camisetas, sólo aparecieron en la segunda mitad de la década de los 40. El orden numérico era el lógico de acuerdo a las posiciones ordenadas correlativamente: el 1 para el arquero; 2 para el defensa derecho; 3, defensa izquierdo; 4, half derecho; 5, half central; 6, half izquierdo; 7, wing derecho; 8, entreala derecho; 9, centro forward; 10, entreala izquierdo; y 11, wing izquierdo.

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Mientras en Argentina y Uruguay se apegaron al esquema nombrado anteriormente –que se le bautizó como El Método- aquí en Chile comenzó a aplicarse el Sistema de la WM (el “Willy Martínez”, como lo comentó didácticamente alguna vez el maestro Edgardo Marín) con el húngaro Francisco Platko en Colo Colo campeón de 1941. En simples palabras había tres defensas –a los dos backs se le unió el centrohalf, que retrocedió y que fue conocido como “half policía” por sus labores de marca personal-, cuatro jugadores en el medio –los dos halves restantes más los dos entrealas que bajaron también para trabajar en la zona de tres cuartos de cancha- y tres arriba –los dos wines más el centroforward-.

Una explicación más técnica fue la que expuso el ya nombrado Edgardo Marín: “En el fútbol que se jugaba antes de la revolución de los sistemas de 1925 –llegada a Chile en 1941- era básico el triángulo que hacían el centro-half y los interiores. Tras el cambio, se formó un rectángulo –“cuadrado mágico” fue llamado- que formaban los interiores y los mediozagueros de apoyo. Estos últimos tendrían su propia evolución como jugadores de avanzada de la defensa y de retaguardia del ataque”.

El orden de los números, siempre con la lógica de las posiciones correlativas, dejaba el 2 en el ahora defensa derecho, el 3 para el central y el 4 para el zaguero izquierdo. Los halves que restaban quedaban con el 5 y 6. Arriba, todo se mantenía igual.

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El solitario “6”. Mientras tanto, al otro lado de la cordillera se aferraban al Método. Incluso, con esa estrategia Uruguay escribió el Maracanazo en 1950. En cambio, a este sector de la ladera se iban imponiendo las nuevas tácticas importadas desde Europa. Asumido en la Selección Chilena con miras al Mundial de 1962, Fernando Riera impuso el elástico 4-2-4. Reforzando la línea de zagueros, se retrocedió a uno de los halves. Tomando los números de la camiseta –siempre en orden correlativo-, el que bajó fue el “5” para reforzar la zona central de la zaga. A partir de ahí se aplicaron las marcaciones personales, zonales y mixtas según la estrategia del momento. El argot futbolero criollo identificó, posteriormente, al “5” como el marcador del centro delantero rival –conocido, posteriormente, como Stopper-.

Con esta modificación, el “6” quedaba como único encarnador de ser “avanzada de la defensa y retaguardia del ataque”. Por ello, de la línea de vanguardia retrocedió el “8”, ya que transitaba por el mismo carril derecho donde corría el “5” cuando cumplía sus labores en la zona media.

De esta manera, el “6” quedó a cargo de la contención y ataque, administrando todo lo que sucedía en la zona. Había nacido el número “6” nuestro. En la Selección de 1962 esa labor la encarnó Eladio Rojas, quien siempre transitaba el campo en forma longitudinal y se atrevía con remates de distancia.

A su lado, el “8” (Jorge Toro) pasó a ser el dueño de la manija, el dueño de la batuta, el que buscaba la habilitación de sus compañeros de vanguardia, el futuro Volante de Creación. Sus espaldas la cuidó, era que no, el “6”.

Tras el Mundial de Chile, la victoria de Brasil permitió el nacimiento del 4-3-3 ya que en el esquema amazónico Zagallo bajó para desahogar a los medios (Zito y Didí) y comunicarse con la línea de ataque. Estaba naciendo el Volante de Enlace.

Sin embargo, en la década de los 70 y 80 en nuestra escena el jugador que alineaba como volante central, o sea el “6” pasó de labores creativas a destructivas, a encarnar en todo sentido de la palabra el ser el “guardaespaldas” del volante creativo (el “8”) despejando toda la zona. Fueron los llamados “picapedreros”. Labor que fue perdiendo fuelle para retornar en los 90 a su función inicial, la de transitar el sector y administrar la jugada.

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Mientras tanto, al otro lado… En los márgenes del Río de la Plata el proceso de adopción de las tácticas fue más lento, por las aprensiones que los puristas tenían ante la “mecanización” que podía tomar el juego bajo esos nuevos esquemas.

La “WM” la implantaron, también en los años 40 los equipos de River Plate y San Lorenzo de Almagro –con Renato Cesarini y Oscar Tarrío como sus respectivos DT-. Pero el desprecio hacia esas nuevas movidas de un sector del medio conspiró en contra de su rápido desarrollo.

El proceso culminó tras la goleada que la Selección Argentina recibió en el Mundial de Suecia 1958 desde los estoperoles de, la en ese entonces, Checoslovaquia que la vapuleó por 6-1. La magra expedición en Escandinavia fortaleció el concepto de que había que reforzar la defensa, o sea abrirse a las tendencias de que se debía conformar en la zaga una Línea de Cuatro.

Y aquí comienza el tema de la numeración que estriba diferencias con lo sucedido en nuestro país. En Argentina los dos halves externos –el “4” y el “6”- retrocedieron a la zaga. El primero, como lateral derecho. El segundo, como central izquierdo. Quedó en la zona media el half central, el “5”. O por decirlo de otra manera, el “5” ó Volante Central trasandino.

Con la línea de arriba sucedió lo mismo que en el resto de los países, la bajada del “8” manteniéndose el resto de las ubicaciones.

De ahí, entonces –y mientras los números eran fijos por posición, lo que se extendió hasta la segunda mitad de la década de los 90 cuando cada jugador comenzó a escoger su personal dorsal numerada- que mientras en nuestras canchas la línea de cuatro zagueros lucía, correlativamente, los dígitos 2, 5, 3 y 4; en Argentina eran 4, 2, 6 y 3. Eso explica por qué aquí es “6” y allá, “5”. Tan simple como eso.

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