“Desde Júpiter”: La primera novela de ciencia ficción publicada en Chile, en 1877

El escritor Aldo Berríos revisa este libro, descubriendo en él los temas que preocupaban en esa época, pero también su particular mirada sobre la tecnología.

Hace unos meses llegó a mis manos la primera novela de ciencia ficción publicada en Chile por un autor nacional, que se encuentra hoy en los archivos de nuestra memoria: “Desde Júpiter”, que se editó originalmente en 1877, y más tarde en 1886 con el subtítulo: “Curioso viaje de un santiaguino magnetizado”.

Y gracias a las bondades de la literatura, tuve el placer de renovar y adaptar su prosa para un proyecto editorial.

Desde Júpiter

“Desde Júpiter” se publicó por primera vez en 1877.

Me senté entonces a dialogar con el fantasma de Francisco Miralles, mejor conocido bajo el seudónimo de “Saint Paul”. Mi vínculo con el autor fue de carácter netamente artístico, tal como si fuéramos dos compañeros de viaje. A medida que leía esta obra de un hombre magnetizado y su desdoblamiento hacia el espacio, me deleitaban más sus virtudes ocultas.

La novela está repleta de guiños hacia la religión, la política, la ciencia, el arte y la historia de nuestra humanidad. Sin embargo, también nos dice un par de verdades respecto a lo que sucederá en el futuro. No se trata de una novela de anticipación, sino de una historia con las mismas cualidades estéticas y espirituales que nos han definido desde siempre.

Una raza de jovianos (gentilicio de los habitantes de Júpiter) se pasa los días analizando el progreso de otros planetas habitados a través de lo que ellos denominan “telescopio indefinido”, como verdaderos jueces espaciales. La Tierra les llama particularmente la atención, pues parece ser el único mundo que cobija elementos avanzados y a la vez primitivos, fiel a nuestro espíritu contradictorio.

En cada paso que daba como lector y corrector se me otorgaba un nuevo incentivo en mi diálogo interno con Francisco y descubrí que él era un amante de la fotografía y la pintura, del amor libre y sin cadenas, del arte como una entidad con responsabilidades fijas, de todo aquello que representa nuestro intelecto puesto en función de algo mayor. Esta es la curva del progreso, el camino que recorren las civilizaciones antes de poder trabajar en una órbita enaltecida.

Mis diálogos con el fantasma de Miralles se volvieron cada vez más entusiastas, especialmente cuando se trataba de aclarar la verdadera función de su protagonista. A mi juicio, el personaje central del libro representaría a Caín, el primogénito de Adán y Eva que asentó las raíces del comportamiento humano. Si bien este detalle le brinda a la novela ribetes algo incestuosos, también la encarna en el plano más humano de los sentimientos.

Cuando el protagonista conoce a Abel, lo detesta inmediatamente. Es casi un impulso inherente, el orgullo y los celos salen a flote cada vez que se lo encuentra. “El amor en tu alma está sometido a las exigencias del orgullo, por eso todo es exclusivo y egoísta en tu persona. Recién cuando puedas amar a Abel encontrarás tu felicidad”, le dice Eva al protagonista hacia el final de la historia.

Este hecho, que por supuesto puede parecer algo fortuito, enfunda una de las mayores enseñanzas de los extraterrestres para su visitante: antes de madurar debe aprender a controlar sus impulsos negativos; el egoísmo y el odio no hacen nada más que estorbar su camino hacia el conocimiento.

Antiguo grabado de Nimrod

Según la tradición, Nemrod fue el creador del primer reino mesopotámico después del gran diluvio y el mismo que más tarde edificaría la torre de Babel.

Siguiendo con las interpretaciones, el rey de los jovianos es Nemrod. Según la tradición, Nemrod fue el creador del primer reino mesopotámico después del gran diluvio, el mismo que más tarde edificaría la torre de Babel.

Aunque todos tenemos la noción de que esta torre fue creada para despreciar un poder divino, incluso para hacerle frente, en “Desde Júpiter” existe una reflexión distinta. La altísima torre no es un elemento físico, sino más bien un procedimiento mediante el cual todos los conocimientos se utilizan para evolucionar de la mano con otros planetas, en una especie de enlace con la fuente de la creación.

Los temas religiosos no se abordan de una manera tosca ni empalagosa, pues Nemrod parece a primera vista un ateo que encontró a Dios gracias a la ciencia. Al fin y al cabo, la religión y la ciencia tienen las mismas bases: suponer que todo el Universo se rige según ciertas reglas.

Contemporáneo de Julio Verne, Francisco también nos habla de impresionantes adelantos e instrumentos que todavía parecen sorprendentes. La gente se mueve por los cielos y experimenta viajes extracorporales a su antojo, pueden hacerse invisibles e intocables para pasar inadvertidos; los jovianos nos observan en todo momento mientras se dedican a comprobar que la materia sí puede ser destruida.

En el ámbito social, hay una pugna muy fuerte entre el Romanticismo y la Ilustración. Las críticas hacia nuestra civilización son claras: “Figúrense ustedes que en la Tierra hay un hombre que gobierna las creencias de los demás. Generalmente sucede que ese hombre se declara infalible, creyéndose Dios o asegurándose inspirado por él de manera directa. Esta sola declaración es la crisis de aquel mundo. Allí se llega, por la rigidez y la imposición de una fe ciega…”, comentan los jovianos, a los que la Tierra les parece un espectáculo circense, donde se nos presenta como animales que juegan a parecer civilizados.

Sucede lo mismo con la visión joviana del cosmos y la vida. Frente a este tema, el único punto de referencia que se nos otorga como lectores son las reacciones del protagonista, casi siempre pasionales y ambiguas en un mundo que no comprende en un principio. El personaje central de la novela es un hombre romántico en medio de un entorno ilustrado, algo realmente novedoso por la cantidad de conflictos que encierran tales diferencias. Sin embargo, a medida que avanza la historia, todo empieza a cambiar y las cosas pasan desde un tono sentimental a uno impasible.

Siendo sincero, debo decir que después de cerrar la última página todavía predominaba un sabor dulce en mi boca, quizás esa silenciosa victoria del romanticismo que predomina en la pluma de Francisco. La trama se mueve de adentro hacia afuera, pero al final el hombre vuelve a su sitio. La escena que cierra esta obra es el perfecto ejemplo de que cuando los tiempos cambian, ciertas personas se ven obligadas a cambiar a la fuerza. El viajero recuerda con claridad su viaje, pero en su pequeñez como ser humano nada más le queda interpretar esas imágenes y escenas que vivió.

“Desde Júpiter” es una novela inteligente, profunda y muy agradable de leer. Los pensamientos de Francisco Miralles nos descifran su valentía, su transversalidad en el tiempo, pues aplican incluso en épocas tan delicadas y recelosas como la actual a la hora de recibir ideas nuevas.

El escritor dice lo que piensa sin ningún miedo, y en esa libertad de opinión mis ojos de lector encuentran su propia tolerancia, un breve silencio que se transforma en respeto. Esta obra es justamente eso, porque detrás de toda su ciencia ficción y su lógica, sigue siendo la experiencia privada de un hombre cuando al fin se atreve a soñar, cuando de una vez por todas se decide a abandonar sus limitaciones para viajar más allá de sí mismo.

Aldo Berríos, chileno, es autor de la novela fantástica “Námanor”.

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