Miguel Bosé contó detalles de la compleja relación con su padre machista y homofóbico

En su nuevo libro de memorias el cantante español desclasifica desconocidos hechos de su infancia.

Guía de: Los 2000

El cantante español Miguel Bosé lanzó recientemente “El hijo del Capitán Trueno”, su libro de memorias de casi 500 páginas donde aborda diversos y desconocidos aspectos de su vida y su exitosa carrera, así como la difícil relación que mantuvo cuando niño y adolescente con su padre, el famoso torero español Luis Miguel Dominguín.

Miguel Bosé junto a su padre, el torero Luis Miguel Dominguín.

Miguel Bosé junto a su padre, el torero Luis Miguel Dominguín.

Miguel Bosé había nacido el 3 de abril de 1958 bajo el nombre de Luis Miguel Gonzáles Bosé. Su padre, como se mencionó, era el célebre torero español Luis Miguel Dominguín y su madre, la Miss Italia de 1947 Lucía Bosé. El matrimonio era muy famoso en España y tenía amistades muy influyentes en el mundo del arte, como los artistas Pablo Picasso, Salvador Dalí y Ernest Hemingway, sin mencionar que el padrino de Miguel fue el célebre cineasta Luchino Visconti.

En uno de los capítulos del libro, cuando Miguel Bosé tenía 7 años, relató el pánico que se apoderó de su padre cuando se enteró que el futuro cantante leía demasiado, lo que a juicio del torero era un signo de que el niño iba a ser “maricón”.

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Miguel Bosé relata así este episodio en su libro:

“A partir de mis siete años, casi cada fin de semana de buen tiempo, ensillábamos caballos y dábamos clases en el picadero de la parcela de al lado, la que más tarde habitarían los Sainz, con el profesor de equitación Santiago Alba, que, además de entrenador, se encargaba del cuidado de los caballos del tío Manolo Prado, los que montábamos, y de mi appaloosa, Tiberio. Ponerle ese nombre fue toda una conquista. Cuando mi padre me preguntó quién era Tiberio, haciendo un esfuerzo inmenso para superar su imponencia y mi timidez, le conté que Tiberio era el segundo emperador de Roma de la dinastía Julio-Claudia, que reformó las leyes militares de su tiempo, bla, bla, bla… Y según iba relatándole la historia, mi padre, pasmado y sin poder quitarme los ojos de encima, llegando al momento de contarle lo hermosas que eran las villas que construyó en la isla de Capri, a la que a mamá tanto le gustaba ir, escorando la cabeza me interrumpió con un: ‘Ya basta, mico. ¿De dónde sacas tú todo ese conocimiento?’, y le respondí que de los libros.

—Me han contado que lees mucho, ¿no es así?

—Sí, papá, me gusta mucho leer.

—¿Y de dónde vienen todos esos libros?… De la librería del salón, ¿no?… ¿Sabes que está prohibido entrar en el salón?… ¿Sabes que leer tanto es malo?… ¿No te gusta más montar a caballo?

—También… pero un poco menos.

—¿Y cazar?… ¿Por qué no te gusta cazar?… Si no te gusta cazar, ni pescar, ni nada de esas cosas… dime tú cuándo voy a estar yo con mi hijo… ¡Tiene que gustarte, Miguelón!… Tienes que hacerme el favor de que te guste o voy a empezar a pensar que no eres mi hijo… porque de mí… por ahora, que yo sepa… no has sacado nada… Mira, Miguelón… los hombres tienen que hacer cosas de hombres entre hombres… como las mujeres hacen las suyas entre ellas, ¿lo entiendes?… Montar a caballo, ir de cacería, pescar y más adelante otras que ya te iré contando… Estoy deseando que cumplas doce años para que te fumes el primer cigarro, ¡coño!… El año que viene… si te entrenas con el rifle bien pero que bien… te llevo de safari un mes entero, tú y yo solos, a la selva de Uganda o a Mozambique… ¿Te gusta la idea?… ¡Ya verás qué bien nos lo vamos a pasar pegando tiros y cazando animales!… ¡Y bañándonos en los ríos llenos de cocodrilos y de hipopótamos!… Ahí sí, que te guste o no… voy a conseguir hacer de ti un hombre, ¡pero vamos!… como que soy tu padre”.

El niño Miguel Bosé junto a sus padres y una de sus hermanas.

El niño Miguel Bosé junto a sus padres y una de sus hermanas.

Miguel Bosé cuenta que “cuando abordó a mi madre con lo del nombre del caballo, le dijo muy preocupado: ‘Lucía, me han dicho que el niño lee, que lee mucho, sin parar, y que se queda hasta altas horas de la madrugada bajo las sábanas con una linterna, y que luego en clase se duerme’. Y mi madre le preguntó que cuál era el problema con que yo leyese, y él le contestó: ‘¡Maricón, Lucía, el niño va a ser maricón!… ¡Seguro!’.

A mi madre no le cabía en la cabeza que su marido, siendo todo lo que era, esa figura tan internacional y de formas exquisitas, fuese tan poco evolucionado en ciertos temas básicos y vitales. Le parecía retrógrado y muy paleto, sin hablar de lo machista.

—Deja que lea todo lo que le dé la gana, Miguel… ¿No quieres que estudie carrera y que sea abogado?… ¡Pues por la lectura se empieza!

Sin haberla escuchado y anudándose la corbata, le anunció que me llevaría consigo en su próximo safari, y mi madre le contestó que ni hablar, que sobre su cadáver, que solo tenía nueve años y que ella me conocía bien y que no había nada que me espantara tanto como pegar tiros, matar animales, incluso cualquier tipo de insecto, desde moscas a mosquitos, y que, además, era un cagueta.

‘El niño no ha nacido para esas cosas tan rudas, el niño es más de darle a la cabeza que de hacer gimnasia’, y, en efecto, tenía razón. Pero al año siguiente, con diez años recién cumplidos, fuimos de safari a Mozambique un mes entero, desoyendo a todos”.

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Miguel Bosé relataría que su padre finalmente se lo llevó de Safari a África, el primer gran viaje de su vida, pero la experiencia sería un completo desastre, partiendo por el hecho de que el niño sufrió la picadura de muchos mosquitos, que le contagiaron el paludismo o malaria. Y pese a que el doctor de la familia de Lucia Bosé le había hecho hincapié a Miguel Dominguín que debía darle al niño pastillas de quinina para prevenir la malaria, el torero no lo hizo asegurando que se trataba de “una mariconada que no servía para nada”.

Nada más poner el pie en Mozambique, el torero Luis Miguel Dominguín quiso que su hijo, quien sólo tenía 10 años, aprendiera “hombría”, exigiéndole que tuviera relaciones sexuales con una bella nativa de 16 años. Ante la negativa y el desconocimiento del pequeño de lo que se le pedía, quien acabó pasando la noche con la adolescente mozambiqueña fue el lujurioso torero hispano.

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Miguel Bosé recuerda que en África “en las expediciones diarias, todos íbamos en fila india durante largas horas bajo un sol de justicia y cuidando muy mucho dónde apoyábamos nuestros pasos. Muy pronto, las caminatas se me fueron haciendo cada vez más duras, pero jamás protesté, no quería decepcionar a mi padre. Hasta que en una de ellas me desplomé, sudando y tiritando, blanco y frío como la tiza. Recuerdo entreabrir los ojos y ver a mi padre en pie junto a mí, a contraluz, reanimarme con la punta de su bota y decirme: ‘Venga, no seas nenaza, levántate y camina como un hombre y déjate de mareos o te vas a enterar lo que es uno de verdad del tortazo que te voy a meter, y basta ya de tonterías’. Me tiró encima de la cara su sombrero con desprecio para repararme del sol, o así lo entendí, y girando talones, le vi alejarse, contrariado y agotada su paciencia. Pensé que tal vez, al no darse trofeo, la estaba perdiendo. Pero no. La había perdido conmigo”.

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Miguel Bosé agrega en su libro que “en ese preciso instante, me rendí para siempre. Entendí que nunca conseguiría estar a la altura de sus expectativas, que él nunca estaría orgulloso de mí porque era débil, que nunca iba a quererme, que yo no era el hijo que él esperaba que fuera, y ahí, con diez años, tirado en medio de África, decidí que para qué esforzarme más. Me sentía muy mal, muy triste, muy solo, muy enfermo y tiré la toalla, no aguanté. Simoes, el cazador profesional que nos acompañaba, se inclinó, me levantó del suelo, me cargó en sus brazos, y no me acuerdo de más”.

Después de comenzar a sufrir los síntomas del paludismo, como fiebre, deshidratación y violentas diarreas, además de la picadura de un alacrán, la salud del pequeño Miguel empeoró ostensiblemente, algo que no pareció alterar a su padre.

“Por aquel entonces ya hacía tiempo que se había arrepentido de haberme llevado de safari, me consideraba un estorbo y me lo hacía penar a diario. Dejó de ocuparse de mí y le pasó la carga a Simoes, quien se preocupaba por mi estado de forma casi obsesiva. Para mi padre dejé de existir. Si me dirigía la palabra, era para darme una orden. Me convertí en su hijo invisible y recuerdo haber llorado ríos y ríos deseando volver a casa. Lo único que me ligaba a ella y a mi madre, a quien desesperadamente echaba de menos, era mi ‘Diario de África’, en el que decidí limitarme a contar cosas de la caza y de los campamentos. Jamás me atreví a escribir sobre lo mal que lo estaba pasando, ni sobre el trato que recibía de mi padre, ni mucho menos sobre mi enfermedad. Me daba terror que mi madre se enterara de todo aquello al leerlo y a la vuelta hubiese bronca o discutieran por mi culpa. Eso era algo que no quería”.

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Después de acompañar a su padre a cazar un elefante –“un hecho que me mató de pena”, según cuenta Miguel Bosé- y eludir a una manada de leones que destrozaron el campamento donde pernoctaban, Miguel Bosé finalmente regresaría con su progenitor a Madrid, mientras el torero no disimulaba la terrible decepción que sentía por su hijo.

“El desprecio con el que mi padre me trataba me paralizaba. Era una energía que me tiraba para atrás, como un zarpazo que me apartaba de todo con desdén. Añadamos a eso la profunda decepción, la vergüenza ajena y la molestia que yo le suponía. En aquel viaje pareció darse cuenta definitivamente de que de mí no conseguiría hacer nada, ni tan siquiera algo que pudiera parecérsele al más retrasado mental de sus genes. Me dio por perdido. Yo le cogí pánico”.

Tras aterrizar en el aeropuerto de Barajas de Madrid, la madre de Miguel, Lucía Bosé, quedó pasmada al ver el estado con el que había vuelto su pequeño y otrora saludable hijo.

Miguel Bosé cuenta que “no tuve fuerzas para correr a abrazarla. Me fui a Mozambique pesando treinta y muchos kilos y lo que volvió de mí no llegaba a los quince. Tenía la piel adherida a los huesos como un niño de Biafra. Amarillo hiel, de labios cuarteados y enormes ojeras moradas descolgando de dos ojos hundidos y brillantes, llevaba los pantalones cortos atados a la cintura con un pedazo de cuerda que debieron de darme allá, en algún campamento, para que no se me cayeran. Ya estaba gravemente enfermo. Mi madre entró en un ataque de angustia y de ansiedad”.

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Miguel Bosé sería llevada por su madre a su casa, donde guardó reposo de inmediato porque estaba gravemente enfermo.

“No soportaba la luz, así que corrieron las cortinas y durante los días siguientes viví a oscuras. De vez en cuando, entreabría los párpados y en la silla junto a mi cama se turnaban mi madre y la Tata, a pie de fiebres. Escuchaba conversaciones de fondo…Yo dormía y vomitaba, algunas veces sangre, y en una de esas, sentado mientras bebía, caí hacia atrás en convulsiones y quedé inerte, como muerto. Había entrado en coma. No sé cuánto tiempo quedé en aquel estado, nadie se acuerda bien. A mi familia debió de parecerle un siglo, a mí no más de diez minutos”.

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Miguel Bosé cuenta que “primero sentí que todo era muy ligero y fresco, no me dolía nada, no tenía malestar, se habían ido las náuseas y la debilidad. Después se hizo una luz que todo lo abarcaba, una muy brillante, blanca, transparente y fría. Supe que era el camino por el que tenía que andar y empecé a hacerlo. Al poco tiempo me sentí libre de todo miedo e invadido por una felicidad que, de hecho, no podría llamar así. Era un estado nuevo, absoluto y tan bello, que empecé a decirme: ‘No, Miguel, tienes que ir a contárselo a mamá y a la Tata, tienes que compartir todo esto, es demasiado bonito, has de contárselo’. Y cada vez que me lo decía, sentía un fuerte jalón. Fui repitiendo esa frase sin parar, como un mantra, cientos de veces tal vez, insistiendo, firme y bien decidido, mientras que la belleza de aquella sensación intentaba arrastrarme con una fuerza irresistible a la que daban ganas de rendirse. De repente abrí los ojos y les vi a todos, ahí de pie, rodeando la cama. La Tata se echó las manos a la boca y estalló en llanto y mi madre fue detrás. Mis hermanas, a quienes desde mi llegada no había visto, también, agarradas a la Rosi. El doctor Tamames, su amiga Marita y el doctor Jaso, nuestro pediatra de siempre, también lloraban abrazándose y congratulándose”.

Miguel Bosé junto a su padre y el famoso pintor Salvador Dalí.

Miguel Bosé junto a su padre y el famoso pintor Salvador Dalí.

Miguel Bosé relata que “la convalecencia fue larga y me sacaron cuantos litros de sangre pudieron para análisis hasta que llegó el alta. Aun así, seguí débil durante mucho mucho tiempo. Todas esas enfermedades, las serias y graves, te dejan secuelas para el resto de la vida. Mi padre también cayó enfermo al mismo tiempo que yo, pero se refugió en Villa Paz para no tener que cargar con más culpa y vergüenza. Se curó él solo, según fue contando luego, porque como ya se sabe, esos bichos conocen el peligro que corren metiéndose en el cuerpo de un torero. ¿La verdad? Mi madre le echó de casa nada más llegar de África y le dijo que no quería verle en el resto de sus días, y que si al niño le pasaba algo, le pegaría dos tiros. ¿La otra verdad? Que no se curó solo. En la finca le esperaba su prima Mariví, la Poupée, para bien cuidar de él”.

El cantante de “Amante Bandido” y “Morir de Amor” concluye su relato de infancia contando que “yo me pasé el resto del verano en una silla de ruedas, tapándome y destapándome con mantas, según las persistentes fiebres fueran yendo y viniendo, a la sombra del bambú. El bicho que se me había instalado en el hígado, bien al reparo, fue otra de las desgraciadas herencias que recibí de mi padre”.

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