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“American Psycho”: la historia del libro más controvertido de los años 90’

En 1991 el escritor Bret Easton Ellis lanzó una soberbia novela que fue acusada de misógina, pornográfica y violenta.

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En 1985 el joven escritor norteamericano Bret Easton Ellis, a poco de cumplir los 21 años de edad, se convirtió en una celebridad literaria en su país gracias a “Menos que cero”, su primera novela, cuyo título se había inspirado en una canción de Elvis Costello. Este pequeño libro, que fue bautizado por parte de la prensa como un “caramelo negro” y que sería calificado por la diario USA Today como “El Guardián entre el centeno para la generación MTV”, cautivó a los lectores por su prosa gélida y despojada, aunque también desató una gran polémica por sus escenas sensacionalistas, como el consumo regular de cocaína de sus adolescentes protagonistas, la prostitución masculina y la violación en grupo de una niña de 12 años en una fiesta.

american_psycho Bret Easton EllisDespués de escribir sus dos siguientes obras, “Los Confidentes” y “Las reglas de la atracción”, Ellis se aprestó a lanzar en 1991 su siguiente novela: “American Psycho” (“Psicópata americano”), el libro que no sólo se convertiría en su indiscutida obra maestra, sino que sería el volumen más controvertido, alabado y vilipendiado de su producción.

american_psycho-1El texto resultaría tan escandaloso que la editorial con la que trabajaba Bret Easton Ellis (Simon&Shuster) se negó a publicarlo, argumentando “diferencias estéticas”, por lo que fue finalmente publicado por Vintage Books en 1991 en medio de una gran polémica. El libro sería alabado y criticado por igual. Algunos críticos resaltaron su prosa desenvuelta y humor negro, mientras que otros lo tacharon de misógino, pornográfico y extremadamente violento, e incluso llegó a estar prohibido por un tiempo en Canadá a mediados de los 90’, cuando se descubrió que el asesino serial Paul Bernardo también poseía una copia.

Un estiloso asesino en serie en Manhattan

“American Psycho” narraba básicamente, en primera persona, las andanzas de Patrick Bateman, un yuppie de 27 años que trabajaba como vicepresidente del departamento de fusiones y adquisiciones de la firma Pierce&Pierce, inmerso entre la insatisfacción y el desencanto de la era Reagan, mientras vivía en el edificio American Gardens y se movía entre la riqueza, opulencia y la sofisticación de la alta sociedad de Manhattan y Wall Street, siguiendo las reglas de algunos de sus “héroes”: el empresario inmobiliario Donald Trump y los asesinos en serie Ted Bundy y Ed Gein.

El actor Christian Bale en su alabada interpretación de Patrick Bateman, en la versión cinematográfica de la novela "American Psycho".

El actor Christian Bale en su alabada interpretación de Patrick Bateman, en la versión cinematográfica de la novela “American Psycho”.

En un párrafo del libro, Bateman precisamente les habla a sus colegas de oficina de este último personaje:

“ ¿Saben qué decía Ed Gein?
- ¿Ed Gein? ¿El maître del bar Canal?
- No, un asesino en serie.
- Wisconsin, 1950.
- ¿Qué decía Ed?
-”Cuando veo una chica bonita pienso en dos cosas: una parte de mí quiere salir con ella, hablar con ella, ser amable, dulce y tratarla bien”
- ¿Y qué piensa la otra parte?
- Cómo se vería su cabeza clavada en un palo”.

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La existencia vacía y sin propósito de Bateman, sólo alterada por las presiones sociales de estar siempre a la moda y llevar una vida chic llena de opulencia, lo terminaban llevando más allá del límite de la cordura. Así, el personaje terminaba teniendo dos caras: por una parte, era un joven, adinerado y bien parecido yuppie obsesionado por su status y su apariencia física y, por otra, era un asesino serial que gusta de torturar y asesinar salvajemente a indigentes, prostitutas, compañeros de trabajo y citas fallidas, todo al compás de la música pop de los años ochenta.

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Patrick Bateman se movía a sus anchas en Manhattan mientras repetía su rutina de ejercicios, veía el programa de Patty Winters y se vestía a la moda con trajes diseñados por Hugo Boss, Giorgio Armani o Cerruti, respirando en todo momento toda la ética y la música de los años 80 (sus análisis de la música de Huey Lewis & The News, Génesis y Whitney Houston eran de antología). Y, por cierto, se enervaba o deprimía cuando alguno de sus colegas vestía mejor que él o tenía una tarjeta personal más a la moda.

Sin embargo, pese a tener una rica y bella novia y una hermosa amante, y un círculo de amigos tan superficiales como él, Bateman se sentía vacío existencialmente y rechazaba toda posibilidad de comprometerse sentimentalmente con las mujeres; no sólo las despreciaba profundamente sino que sólo las contempla en clave sexual o como objeto de su psicopatía. En uno de sus diálogos con sus colegas de oficina, cuando hablan de las mujeres que tienen gran personalidad, su amigo Van Patten le dice: “una mujer con una gran personalidad significa que básicamente debe tener un buen cuerpo, satisfacer cualquier deseo sexual sin parecer demasiado puta y esencialmente mantener la maldita boca cerrada. Pero las únicas chicas con gran personalidad, listas, divertidas, medio inteligentes o con talento que conozco, aunque Dios sabe qué significa eso, son chicas feas. Y eso es porque tienen que compensar lo horrorosas que son”.

Bateman se empeñaba en rechazar el amor, aunque en cierto momento de vacío existencial declaraba: “sólo quiero que me quieran”. A pesar de su desprecio por la vida y el dolor ajeno se abstenía de asesinar a las tres únicas personas que parecían profesarle un amor verdadero: su amante Courtney, su colega homosexual Luis Carruthers y su secretaria Jean; esta última, de hecho, llega a descolocarlo con su bondad e inocencia frente al mal que él representaba.

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Una de las novedades de “American Psycho” es que intercalaba específicas escenas de asesinatos y episodios de sexo duro con escenas rutinarias y vivencias comunes. Estas dos facetas llegaban a mezclarse tan bien en el libro que para Bateman ir a un restaurante lujoso a cenar con sus amigos o torturar a una mujer hasta matarla, podían significar lo mismo, lo que evidenciaba su propia psicopatía y la alienación general del ambiente de su época.

La eficaz prosa de Bret Easton Ellis (los capítulos dedicados a los encuentros de Bateman con prostitutas o cómo aquel capítulo en que éste y sus amigos hablan por teléfono entre ellos decidiendo a qué restaurant ir a comer mantienen al lector en vilo) retrata, a fin de cuentas, un mundo en donde la falta de ética, la egolatría y devoción al placer son los requisitos para llegar al éxito. En un revelador párrafo el narrador nos dice que “hay una idea de un tal Patrick Bateman, una especie de abstracción, pero no es mi yo real. Es sólo una entidad, algo ilusorio. Y aunque puedo ocultar mi mirada fría y puedes darme la mano y sentir el contacto de la carne y quizá incluso llegues a creer que llevamos estilos de vida parecidos, simplemente, no estoy ahí”, agregando en otro párrafo que “tengo todos los rasgos de un ser humano. Carne, sangre, piel, pelo. Pero ni una sola emoción clara e identificable, excepto la avaricia y la repugnancia. Algo terrible está ocurriendo dentro de mí. Y no sé por qué. Mi deseo de sangre nocturno se ha desbordado a mis días. Me siento mortífero, letal, al límite del frenesí. Creo que mi máscara de cordura está a punto de caer”.

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Los asesinatos de Bateman salpican varios capítulos del libro y están increíblemente bien escritos. En el capítulo llamado “Persecución, Manhattan”, por ejemplo, leemos lo siguiente: “…En Tribeca hay niebla, el cielo anuncia lluvia, los restaurantes están vacíos, pasada la medianoche las calles resultan lejanas, irreales, la única señal de vida humana es un tipo que toca el saxo en la esquina de Duane street, a la puerta de lo que antes era DuPlex y ahora es un bistró abandonado que cerró el mes pasado; un tipo joven, con barba, boina blanca, que toca un solo de saxofón muy hermoso pero convencional, con un paraguas abierto a los pies, con un billete de dólar húmedo y algunas monedas dentro. Incapaz de resistirlo me acercó a él, escuchando lo que toca, algo de Les Misérables, se da cuenta de mi presencia, saluda con la cabeza y, mientras cierra los ojos –alzando el instrumento, echando la cabeza hacia atrás en lo que supongo cree que es un movimiento apasionado-, con un movimiento ágil saco la Magnum 357 de la pistolera y, esperando no llamar la atención de nadie cercano, ajusto un silenciador a la pistola, mientras el frío viento otoñal sopla en la calle, envolviéndonos, y cuando la víctima abre los ojos y ve la pistola y deja de tocar, manteniendo la boquilla del saxo metida en la boca, también yo me detengo; le hago una señal con la cabeza de que continúe y, aunque dudando, él sigue, y entonces yo llevo la pistola hasta su cara y en mitad de una nota aprieto el gatillo, pero el silenciador no funciona y en el mismo instante en que aparece en la pared detrás de su cabeza un enorme círculo púrpura, el sonido atronador de un disparo me ensordece,, mientras él, estupefacto, con los ojos todavía vivos, cae de rodillas, encima de su saxo, y yo saco el cartucho vacío y lo reemplazo por otro nuevo, pero entonces pasa algo malo…porque mientras hago esto no me doy cuenta de que por detrás se me acerca un coche de la policía -¿Qué hace? Sólo Dios lo sabe ¿está repartiendo tickets de aparcamiento?- y después de que el ruido de la pistola levante ecos, se desvanezca, la sirena del coche desgarra la noche, llegando de un lugar desconocido, y hace que el corazón me palpite con fuerza, mientras empiezo a alejarme del cuerpo, que tiembla, despacio, como quien no quiere la cosa al principio, como si fuera inocente, y luego echo a correr a toda velocidad con el coche de la policía chirriando detrás de mí, y por un altavoz uno de los policías grita inútilmente:
-Alto deténgase tire el arma…”

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Al término de la novela se nos sugiere que varios de los supuestos crímenes cometidos por el protagonista son producto de su imaginación, aunque también se deja abierta la posibilidad de que algunos sí los habría cometido realmente (un taxista lo reconoce como asesino de uno de sus colegas, sobre la base de un retrato que circula en el centro de la ciudad). También, en una especie de epifanía final, Bateman acepta el amor sincero de su secretaria Jean, aunque se sienta incapaz de devolvérselo y con el temor de envolverla en su psicopatía.

Uno de sus últimos pensamientos era el siguiente: “Todo lo que tengo en común con lo incontrolable y lo demente, con lo sanguinario y con el mal, todo el caos que he ocasionado y mi completa indiferencia hacia ello, todo eso lo he superado. Mi dolor es constante y agudo. Y no espero un mundo mejor para nadie. En realidad, quiero que mi dolor se inflija a los demás. No quiero que nadie escape. Pero aún admitiendo esto, no hay catarsis. Mi castigo sigue eludiéndome. Y no consigo conocerme mejor. De mi relato no puede extraerse ningún conocimiento nuevo. Esta confesión no ha significado nada”.

La película basada en el libro

“American Psycho” inspiró en el año 2000 una película del mismo nombre, dirigida por la directora norteamericana Mary Harron y protagonizada con acierto por el actor galés Christian Bale, en el rol de Patrick Bateman. Esta cinta, que prefirió omitir algunos de los episodios más chocantes del libro (como cuando Bateman mete una rata viva en la vagina de una de sus víctimas o cuando mata a un niño en un zoológico de Central Park) fue bastante elogiada, en parte porque era una adaptación bastante fiel al libro, una inspirada y filosa sátira social que, a la vez que retrataba la personalidad obsesiva y el deterioro mental de su protagonista, también era una especie de comedia de costumbres que mezclaba de manera magistral pasajes de horror puro con logrados episodios de humor negro. La cinta, a fin de cuentas, se burlaba a su manera de los yuppies y su superficial estilo de vida, además del consumismo, la frivolidad y la música más pop de los años 80’.

Parte del elenco de la película "American Psycho" (2000).

Parte del elenco de la película “American Psycho” (2000).

La confesión de Bret Easton Ellis

Con respecto a lo que significó escribir este controvertido libro, el escritor Bret Easton Ellis, en el capítulo inicial de su libro de 2006 “Lunar Park”, escribió lo siguiente:

“¿Qué queda por decir sobre “American Psycho” que no se haya dicho ya? Para quienes no lo vivieran en su momento, escribí en su momento una novela sobre un joven yuppie de Wall Street rico y alienado llamado Patrick Bateman que resulta que también era un asesino en serie hundido en una gran apatía en plena década Reagan de los 80’. La novela era pornográfica y extremadamente violenta, tanto que la editorial Simon&Shuster rechazó el libro por decoro y perdió con ello la mitad de una cantidad de seis cifras en concepto de adelanto. Sonny Metha, jefe de Knopf, no dejó escapar los derechos e incluso antes de su publicación la novela ya había causado un escándalo y una controversia enormes. No concedía entrevistas a la prensa porque carecía de sentido: tanto llanto indignado habría ahogado mi voz. Se acusó al libro de presentar al asesino en serie como alguien chic. Tres meses antes de que la novela saliera al mercado el New York Times publicó una reseña con el siguiente titular: “No compre este libro”, escribió.

Y luego agregó:  “Norman Mailer le dedicó 10 mil palabras en Vanity Fair: “La primera novela en años en abordar temas de hondura y oscuridad dostoievskianas: ¡Cómo desea uno que el autor careciera de talento!”. Fui objeto de editoriales desdeñosos y debates en la CNN, la Organización Nacional de la Mujer llamó al boicot feminista y recibí las consabidas amenazas de muerte (que provocaron que se cancelara una gira). PEN y el sindicato de escritores se negaron a defenderme. Me vilipendiaban incluso a pesar de que el libro había vendido millones de ejemplares y elevado mi coeficiente de fama hasta cotas tan altas que mi nombre se reconocía con tanta facilidad que el de una estrella de cine o del deporte. Me tomaban en serio. Me tomaban a broma. Era vanguardista. Era tradicionalista. Estaba infravalorado. Estaba sobrevalorado. Era inocente. Era culpable en parte. Había orquestado la polémica. Era incapaz de orquestar nada. Se me consideraba el escritor americano más misógino. Era víctima de la cultura aburguesadora de lo políticamente correcto. Las discusiones siguieron sin cesar y ni siquiera la Guerra del golfo de 1991 distrajo al público del miedo, la preocupación y la fascinación que despertaba la figura de Patrick Bateman y su vida retorcida. Gané más dinero del que podía gastar. Fue el año de ser odiado”.

El escritor norteamericano Bret Easton Ellis.

El escritor norteamericano Bret Easton Ellis.

 

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Bret Easton Ellis añade que “lo que no conté a nadie –no pude- fue que escribir el libro me había resultado una experiencia muy perturbadora. Que incluso aunque había planeado basar a Patrick Bateman en mi padre, alguien –algo- tomó el control y convirtió a este nuevo personaje en mi único punto de referencia en los tres años que tardé en completar la novela. Lo que no le conté a nadie fue que escribí el libro sobre todo de noche, cuando solía visitarme el espíritu de ese loco, despertándome a veces de un sueño profundo conciliado mediante Xanax. Cuando comprendí aterrorizado lo que el personaje quería de mí, traté de resistirme, pero la novela se obligaba sola a escribirse”.

Y sigue con su relato personal: “A menudo entraba en una especie de oscuro trance durante varias horas seguidas para luego descubrir que había garabateado otras 10 páginas. La cuestión –y no estoy seguro de que otro modo podría explicarlo- es que el libro quería que lo escribiera otra persona. Se escribió sólo sin importarle lo que a mí me pareciera. Yo me contemplaba la mano con miedo mientras el bolígrafo resbalaba por los blocs de notas amarillos en lo que escribí el primer borrador. Aquella creación me repugnaba y no quería que me reconocieran ningún mérito por ella: el mérito era de Patrick Bateman. En cuanto se publicó el libro fue como si él se sintiera aliviado y, sobre todo, satisfecho. Dejó de aparecer pasada la medianoche para regodearse perturbando mis sueños y por fin pude relajarme y dejar de prepararme para sus visitas nocturnas. Pero incluso al cabo de varios años seguía sin poder mirar el libro, no digamos ya tocarlo o releerlo: tenía algo, bueno…algo maligno”.

Escena de la película “American Psycho” (2000):

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