El Rakú: la impresionante alquimia de los cuatro elementos en piezas cerámicas

Se usó en las antiguas civilizaciones japonesa y china. Aunque hay creencias que se originó en Corea, es en Japón donde floreció.

Guía de: Manualidades y Artesanía

Una de las técnicas decorativas usadas en cerámica es la denominada Rakú. El nombre raku-yaki (楽焼) es una técnica tradicional oriental de elaboración de cerámica utilitaria. La palabra significa “diversión” o “felicidad”.

El Rakú es una compleja alquimia donde intervienen los cuatro elementos (tierra, fuego, agua y aire) de la cual resultan piezas únicas, siempre maravillosas.

Se usó en las antiguas civilizaciones japonesa y china. Aunque hay creencias que se originó en Corea, es en Japón donde floreció.

En algunas fiestas y reuniones sociales de cierto prestigio, adonde se reunían los maestros de la filosofía budista Zen, los asistentes bebían el té en vasijas elaboradas por ellos mismos. Después de fabricar unos recipientes en forma de vaso (vasos y tazas de té), de pequeñas dimensiones, se decoraban con óxidos y se efectuaba una monococción en unos hornos de leña llamados “cestones”.

El verdadero Rakú, el que se practica siguiendo la tradición, en realidad, debe obtenerse con temperaturas que oscilen entre 750º y 850º C, empleando arcilla roja común y/o arcilla para loza, chamota o arena.

Estas arcillas o pastas cerámicas deberan trabajarse a mano, ya que, si se utiliza el torno, por su composición en chamota, las citadas pastas se muestra demasiado abrasivas a la superficie de las manos. Después de fabricadas las piezas, deberá procederse a su secado para posteriormente llevarlas a un horno pequeño a 900 grados centígrados aprox. (Depende del esmalte o lustre utilizado, hay de temperaturas menores y otros para mayores de 1000 grados).

Recipiente con viruta

Cuando la pintura está a punto se saca la pieza en estado de incandescencia y se deposita cuidadosamente, con la ayuda de pinzas de hierro, en un recipiente lleno de viruta de madera (también se pueden hojas secas de árbol). El contacto con este medio incendia la viruta, las hojas o el papel y se genera una enorme cantidad de humo que penetra en la pieza y entra a ser parte de ella. Los óxidos o esmaltes con que han sido pintadas las piezas proporcionan una parte del oxígeno para esta combustión, que al reducirse se transforman así en metal puro, lo cual le da la apariencia con que se conoce este tipo de cerámica.

Luego de varios minutos, se sumerge bruscamente la vasija en agua fijando así el proceso químico. Se obtienen al final tonalidades, texturas, matices y colores fascinantes y nunca iguales de una pieza a otra, que pueden ser desde rojos metalizados hasta craquelados, nacarados y tornasoles característicos de esta técnica.

Siendo un proceso manual se pueden romper piezas en este proceso final por las tensiones que sufre el material al ser sometido del calor al frío. Hay técnicas que permiten reparar esas “cicatrices” y mantener las piezas como nuevos ejemplares, las veremos en otra oportunidad.

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