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La Estela de La Luz, un monumento a la corrupción que perturba a México

Fue concebida como monumento al Bicentenario; entre retrasos, cambios de última hora, problemas técnicos y opacidad terminó convertida en un símbolo de la ineficiencia de las instituciones mexicanas.

 

La idea era celebrar el Bicentenario, pero en México se convirtió en un símbolo de la corrupción.

Me tocó observar el asunto desde el inicio. Entonces ya trabajaba en un periódico michoacano. Desde 2009, noté cómo el tema crecía hasta convertirse en debate nacional.

La Estela de la Luz generó suspicacias desde el principio. El alto costo involucrado y la inconformidad estética hicieron que todos ariscaran la nariz. El país se desangraba en medio de la guerra al narco, y amplios sectores  miraban con recelo un gasto que podía destinarse a asuntos más urgentes.

El monumento de 104 metros de altura y 1704 placas de cuarzo, decía el presidente el 26 de enero de 2009, “se sumará a la majestuosidad de obras tan emblemáticas y admiradas por todos los mexicanos, como son el Ángel de la Independencia, el Hemiciclo a Juárez o el Monumento a la Revolución”.

Estela Luz

Foto: Agencias

La Estela de la Luz fue entregada con 15 meses de retraso y costó 5 veces más de lo presupuestado; hoy los mexicanos la miran con sorna.

Pero las palabras de Felipe Calderón también exhibían un asunto más pedestre: justo 100 años antes, cuando iniciaba la mal llamada Revolución, el presidente Porfirio Díaz celebraba el centenario entregando al país los íconos citados por Calderón. Y el nuevo mandatario no quería ser menos.

Cuando comenzaron las planeaciones, estudios de viabilidad, licitaciones y contrataciones, muchos especialistas alertaron que el asunto marchaba mal. Arquitectos e ingenieros se retiraron de un proyecto que, advertían, no podía terminar en nada bueno. El gobierno se mantuvo firme.

Y llego el Bicentenario. Y nada. Y pasó 2010. Y nada. Y en 2011, nada. La obra sería entregada apenas en enero de 2012, 15 meses después de lo programado. Pero la cacería ya estaba desatada.

El diario La Jornada del 1 de febrero de 2012 aseguró que el presupuesto inicial de cerca de 200 millones de pesos (poco más de 16 millones de dólares) se disparó hasta los 1.575 millones de pesos. Mientras, el veredicto popular fue impacable. Los mexicanos bautizaron la Estela de la Luz como “La Suavicrema”, en referencia a una popular galleta oblea de proporciones similares.

Tras la inconformidad popular la Auditoría Superior de la Federación, órgano independiente encargado de vigilar las finanzas, inició un proceso cuyo resultado apareció a inicios de 2013. El dictamen fue lapidario. Básicamente, indicó que se contrató a instituciones “cuyas atribuciones u objeto social no guardan relación con el servicio solicitado, o no tienen la capacidad para realizarlo”; pago en exceso en la realización de la obra; retrasos en la presentación de documentos técnicos, y una interminable lista de etcéteras.

En el instante de escribir esta crónica hay ocho ex funcionarios en medio de una maraña jurídica que, aseguran, son chivos expiatorios. Los procesaron por licitar de manera cerrada a tres contratistas sin una convocatoria abierta, tema bastante menor en relación a las dimensiones del escándalo. Ellos reclaman que no fueron responsables del retraso ni el sobreprecio de la obra, los dos puntos que más indignan a los mexicanos.

Hoy, difícilmente un mexicano se refiere a él sin sorna porque el presidente no se equivocó: el monumento efectivamente se convirtió en un ícono de la desidia, la incompetencia y la corrupción endémica que operan en vastos sectores de México. El propio Calderón, en tanto, evita volver a México por estar en la mira de los grupos narcos a los que declaró la guerra abierta, y permanece en Estados Unidos desde donde, de vez en cuando, opina de la contingencia.

A diario, cuando los mexicanos despiertan, la “Suavicrema”sigue ahí.

 

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