El increíble chascarro de Wittgenstein, uno de los filósofos más despistados de la historia

El filósofo austríaco, quien fue compañero de colegio de Adolf Hitler, protagonizó una imperdible historia en la estación de trenes de Cambridge.

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Ludwig Wittgenstein (1889- 1951) fue un conocido filósofo, matemático, lingüista y lógico británico de origen austríaco, autor de la famosa obra “Tractatus logico-philosophicus”, un conjunto de aforismos escritos con un lenguaje bastante críptico que abordaban las relaciones entre el lenguaje y el mundo.

Ludwig Wittgenstein.

Ludwig Wittgenstein.

Hijo de un importante industrial del acero y nacido en el seno de una millonaria familia judía convertida en católica, Wittgenstein curiosamente tenía algunas cosas en común con Adolf Hitler, pues ambos no sólo habían nacido en Austria en 1889, sino que ambos habían sido compañeros de colegio cuando niños en la escuela Realschule de Linz, aunque Hitler iba un curso más abajo que el futuro filósofo.

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Wittgenstein estudió ingeniería en Berlín y en Manchester, donde trabajó como investigador en el campo de la aeronáutica durante tres años. Por esa época comenzó a interesarse por las matemáticas y sus fundamentos filosóficos, por lo que se trasladó a Inglaterra, a la universidad de Cambridge, para estudiar lógica bajo la dirección del filósofo británico Bertrand Russell (1912-1913), la misma universidad donde después sería profesor.

Wittgenstein, autor de famosas frases como “revolucionario será aquel que pueda revolucionarse a sí mismo” o “de lo que no se puede hablar es mejor callar”, además de su particular filosofía, centrada en el interés por analizar el lenguaje como método de reflexión filosófica, también tenía fama de despistado.

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Se cuenta que en una ocasión Wittgenstein se encontraba conversando con una colega en el andén de la estación ferroviaria de Cambridge, esperando que partiera el tren. Ambos estaban tan entretenidos y enfrascados en su charla que no se dieron cuenta que el tren ya se había puesto en movimiento. Entonces, los dos filósofos corrieron a alcanzarlo, pero sólo Wittgenstein pudo abordarlo, dejando a su compañera en el andén.

Viendo su expresión de desconsuelo, el jefe de la estación se acercó a la mujer y le informó que en diez minutos saldría el siguiente tren y podría alcanzar a su compañero. Ella contestó: “No es eso, él sólo había venido a despedirme”.

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