El lesbianismo a lo largo de la historia: desde Safo de Lesbos hasta la Alemania Nazi

Los casos de mujeres que amaron a otras mujeres datan desde la cultura de Babilonia, la Antigua Grecia y el Imperio Romano.

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Los primeros escritos atribuibles a lesbianas datan del cuarto milenio antes de Cristo en Babilonia y en lengua sumeria, en textos que relataban con claridad el amor de una mujer por otra. En el código de Hammurabi existen datos que comprobarían la presencia de mujeres con inclinaciones lésbicas, reconociéndose un tipo aparte de mujer llamada “salzikrum” -palabra que significa “hija hombre”- la cual poseía muchos más derechos hereditarios que mujeres comunes y, tal como una sacerdotisa, podía heredar gran parte de los bienes paternales, mientras que una mujer común no podía hacerlo. Esto podía ofrecer la posibilidad de que ella pudiese comenzar una familia con una o varias esposas.

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Las referencias escritas fiables más antiguas de amor entre mujeres datan de la Grecia Antigua, con la poetisa Safo, originaria de la isla de Lesbos, quien representa uno de los principales iconos lésbicos de la historia. Safo, quien vivió en torno a los años 630-560 a. C. y fue una mujer muy admirada en el mundo griego por sus dotes humanas, líricas e intelectuales, compuso bellos poemas en los cuales expresaba su atracción sexual hacia otras mujeres, aunque algunos escritos también la describen como una persona que mantuvo asimismo relaciones con hombres (se cree que estaba casada y tenía una hija, ya que en aquella época tanto en Grecia como en Roma existía la posibilidad total de compaginar relaciones heterosexuales y lésbicas, sin que ello fuera motivo de escándalo o censura).

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La poetisa Safo de Lesbos.

Safo, que perteneció a una sociedad llamada thiasos, en donde se preparaba a las jóvenes para el matrimonio, pasó toda su vida en Lesbos, isla griega cercana a la costa de Asia Menor, con la excepción de un corto exilio en Siracusa (Sicilia) en el año 593 a.C. Poetisa delicada y lírica, escribió numerosos poemas que describían los amores entre mujeres (el amor en estos poemas es, en ocasiones, correspondido y en otras no). Se cree que Safo escribió 12 mil líneas de poesía pero, de éstas, tan sólo han sobrevivido unas 600 líneas (La Iglesia Católica ordenó quemar en Roma y Constantinopla en el año 1073, por inmorales, todas las copias de sus poemas, y sólo se logró reconstruir a partir de antiguos pergaminos una pequeña parte de ellos).

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Safo fue famosa por formar una academia –una especie de colegio interno de chicas llamada “La Casa de la sirvientas de la Musas”- en la cual se adoraba a Afrodita y a las musas y a la cual ingresaban muchachas de clase social alta, a quienes aparte de darles una educación clásica e instrucción religiosa y artística –con disciplinas como la danza, la música y la poesía-, se las preparaba para ser esposas y amas de casa. Se cuenta que Safos promovió el amor entre mujeres con sus poesías y mientras vivió allí tuvo algunos amores con varias alumnas de la academia, terminando enamorándose perdidamente de una de ellas.

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Como resultado de su fama en la antigüedad, la poetisa y su tierra se han convertido en símbolo del amor entre mujeres, aunque algunos autores aseguran que Safo era más bien bisexual. La leyenda cuenta que Safo acabó quitándose la vida tirándose al mar desde una peña –una roca de la isla de Léucade, desde donde se lanzaban con frecuencia los enamorados para suicidarse-, según algunos autores, loca de amor por Faon, un joven bello del cual se había enamorado la propia diosa Afrodita, pero según otros, es más probable que se suicidara por el amor no correspondido de una de sus jóvenes alumnas. El tema del amor no correspondido de Safo por otra mujer fue retomado por el poeta latino Ovidio, que lo popularizó. Esta imagen de Safo atormentada por un amor no correspondido fue muy querida y representada por los grandes pintores europeos del siglo XIX, que reflejan una visión romántica de Safo con el pelo negro y largo apoyada en la roca.

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“Safo de Lesbos”, pintura del pintor romántico francés Auguste Mengin.

En uno de los poemas que todavía se conservan de Safo, la poetisa establece una conversación con Afrodita -la diosa con la que más se identifica y tiene relación-, para pedirle ayude con alguien a quien ama, pero que no le ha querido prestar atención. Safo habría escrito esta pieza lírica como metáfora de una decepción amorosa que tuvo con una de sus amadas, ya que en uno de sus fragmentos se describe como alguien que ya ha llegado a la vejez, y es «incapaz de amar». Safo se convertiría después de su muerte en la poetisa más traducida y más imitada de la antigüedad clásica, pues sus poemas se recitaban y conocían en la Atenas del s. V a. C. Más tarde, en Roma, su poesía –donde cantaba a la naturaleza, la belleza de la mujer, el erotismo y las fiestas matrimoniales, con una sensibilidad y dulzura insuperables- sirvió de fuente de inspiración a célebres poetas, como los latinos Catulo y Horacio.

En otros lugares de Grecia, como Esparta, también quedaron reflejadas las relaciones lésbicas. Platón, en su obra “El Banquete”, nos cuenta que “aparecen mujeres y no se preocupan por los hombres, pero tienen contacto con mujeres”. La influencia de Safo en los 2.500 años siguientes sería muy fuerte. En el siglo XVIII, por ejemplo, durante la Revolución Francesa, la reina María Antonieta fue acusada de liderar un grupo llamado “Las Safistas”, sin mencionar que el lugar de origen de Safo, la isla de Lesbos, dio origen a la palabra lesbianismo.

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Ya en la época romana, en el siglo IV a JC. el historiador Plutarco dejó constancia de la existencia de baños públicos diseñados para mujeres homosexuales femeninas, todas ellas perfectamente casadas, que eran satisfechas sexualmente por las esclavas felatoras mientras tomaban los baños, una institución muy reconocida en Roma.

En la antigua China, en tanto, existía una cierta tolerancia hacia el lesbianismo. Una de las razones más importantes es que las mujeres aportan el ying (substancia o energía necesaria para el cuerpo), por lo que la idea de la masturbación femenina según este tren de pensamiento era la de un acto inofensivo. Ying Shao (140-206 d.C.), comentaba que “cuando dos mujeres se relacionan entre sí como marido y mujer, se denomina esa situación como dui shi’”. La palabra mojinzi (“espejos frotándose”), en tanto, se utilizó para describir las actividades lésbicas, tomando como idea a dos espejos frotándose uno contra el otro (o sea, formas similares sin protuberancias) representando a los órganos sexuales femeninos.

El lesbianismo en la Edad Media

El cristianismo sepultaría el legado de las sociedades griega y romana, a las cuales consideraba sin valores morales. En la Edad Media europea (siglos V-XIV), entre los cientos de casos de homosexualidad masculina juzgados por tribunales laicos y eclesiásticos en esa época y en los inicios de la modernidad, no se encuentra casi ninguno concerniente a relaciones sexuales entre mujeres. Los europeos, por esa época, consideraban que nada en una mujer podía despertar los deseos sexuales de otra. Carlomagno, en el siglo VIII, prohibió a las monjas que compusieran canciones de amor, sin embargo, a lo largo de toda la Edad Media se popularizaron en Europa los “Lais de Maria de Francia”. Los únicos versos explícitos de este período, entre mujer y mujer, provienen de dos monjas de un monasterio de Baviera: “Cuando recuerdo los besos que me disteis y la forma con que tiernas palabras acariciasteis mis pequeños pechos, quisiera morir porque no os puedo ver “.

 

Los Concilios de París (1212) y Ruán (1214) para evitar la tentación, prohibieron a las monjas dormir juntas y exigieron que una lámpara ardiese toda la noche en los dormitorios. La reglas monásticas prohibieron a las monjas entrar en las celdas de las otras y estaban obligadas a no cerrar con llave, y de la misma forma les instaban a evitar especiales lazos de amistad en el interior del convento. Cino da Pistoia en 1314, con la publicación de su Comentario, interpretaría por primera vez el derecho romano de forma condenatoria para el lesbianismo. En los siglos posteriores -XVI ,XVII y XVIII-, las relaciones sexuales entre monjas fue un tema recurrente en la literatura de la época, sobre todo en los países protestantes y círculos católicos. El caso más llamativo fue el de la monja mística lesbiana Sor Benedetta Carlini (1619-1623 ), abadesa del Convento de la Madre de Dios, en un pequeño pueblo italiano, quien habría mantenido relaciones sexuales con la hermana Bartolomea, una religiosa del mismo convento. Después de ser denunciada, Sor Benedetta fue despojada de su posición de abadesa y mantenida bajo arresto los últimos 35 años de su vida.

 

En el mundo secular, no religioso, sólo se produjeron referencias ocasionales a la sexualidad lesbiana; sin embargo, así como las leyes civiles contra la homosexualidad eran muy explícitas, no ocurría lo mismo con el lesbianismo. Casi ninguno de los actos juzgados en Europa entre los siglos XV y XVI, de hecho, corresponden a mujeres: cuatro juicios en Francia, dos en Alemania, uno en Suiza, uno en Holanda y dos en Italia, mientras que existían miles de casos de varones. El lesbianismo, por lo tanto, era un caso por lo general silenciado.

El Renacimiento, en el siglo XV, renovó el interés por las ideas de la antigüedad clásica y el tema del amor platónico. Madame de La Fayette escribía a Madame Sevigne en 1691: “Creedme, sois la persona que más he amado de verdad en el mundo”. Por los mismos años en México, Sor Juana Inés de la Cruz se dirigía así a la Virreina: “Así cuando yo mía te llamo, no pretendo que juzguen que eres mía, sino sólo que yo ser tuya quiero”. Sor Juana, quien llama a la virreina como “ Lisi amada “ o “ Laura divina”, muy pronto fue admitida en el palacio real con el título de “muy querida de la señora virreina”.

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En América, en el Nuevo Mundo, tras el primer encuentro de los conquistadores europeos con el continente americano, se registró en varias crónicas el comportamiento de los nativos, siendo la sexualidad uno de los aspectos que más escandalizó. En estos textos se menciona la “sodomia foeminarum”, lo cual representa una prueba fehaciente de la existencia de prácticas homosexuales en varias etnias del continente americano. el jesuita Pêro Correa escribió en 1551 que “hay aquí muchas mujeres que realizan oficios de hombres y tienen otras mujeres con las que están casadas”.

La amistad romántica entre mujeres se generalizó a lo largo de los siglos siguientes. Brântome, el comentarista de las extravagancias sexuales de los cortesanos franceses a finales del siglo XVI, observó que “últimamente las relaciones sexuales entre mujeres se han convertido en algo común tras la moda traída de Italia por una dama de alcurnia a quién no nombraré “, refiriéndose posiblemente a Catalina de Medici, reina de Francia, y al grupo de mujeres que seguía su ejemplo, conocido como el “ Batallón volante “. Algunas de éstas eran jóvenes y/o viudas que preferían hacer el amor entre ellas a, según cuenta Brântome, “entregarse a los hombres y de esta forma quedar embarazadas y perder su honor”.

Por esta época son célebres también Juana de Arco (la doncella de Orleáns) y la reina Cristina de Suecia, quien abdicó en 1671 con tal de no casarse. Ambas, ocultándose tras prendas viriles y asumiendo roles masculinos, pueden considerarse mujeres que amaron a mujeres, aunque a pesar de ello parece que se mantuvieron vírgenes. Por aquel tiempo las relaciones entre mujeres se consideraban menos corruptas y debían ser sancionadas con penas menores. Teodoro de Tarso, por ejemplo, prescribía una penitencia de tres años a la “mujer que practica el vicio con otra mujer o con ella misma”, mientras que imponía diez años para la homosexualidad masculina, siempre más castigada y reprimida.

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La palabra lesbiana aparece por primera vez en una obra del mismo Brântome en el siglo XVI, cuando este recopiló poemas amorosos entre mujeres al que tituló “Las lesbianas”, haciendo clara referencia a Safo de Lesbos. A las mujeres que intimaban sexualmente con otras mujeres, también se les comenzó a llamar fricatrices -o mujeres que se frotaban unas con otras-, o tribadistas, el equivalente en griego de la misma acción.

La inglesa Anne Lister (1791-1840) es considerada la “primera lesbiana de la era moderna” por las anotaciones de su vida íntima en su diario de 6.600 páginas, con aproximadamente cuatro millones de palabras. Hija de un hacendado y militar inglés, fue expulsada a los 13 años de un exclusivo internado inglés luego que se descubriera su romance con su compañera Eliza Raine. Posteriormente, después de ser la primera mujer en ascender el Monte Perdido de los Pirineos, consiguió que un sacerdote la casara con Anne Walker, una bella mujer 13 años más joven que ella, antes de morir prematuramente a los 49 años. Sus diarios prohibidos fueron descubiertos en 1930 por sus familiares, quienes, avergonzados por su contenido, lo ocultaron durante décadas hasta que fueron publicados por fin en 1990.

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Anne Lister, conocida como la primera lesbiana de la Edad Moderna.

En el siglo XIX y XX, se sindicó como lesbiana a la escritora Jane Addams (1860-1935), quien fue la primera mujer que presidió la Conferencia Nacional del Trabajo Social en los Estados Unidos. La poetisa norteamericana Emily Dickinson (1830-1886), en tanto, en la mayor parte de su obra se ocupó de su amor hacia alguien —cuyo nombre jamás fue mencionado— con quien no podía casarse. Eleanor Roosevelt, primera dama de Estados Unidos en los años 30, también habría mantenido una correspondencia de fuerte carácter homosexual con diversas amigas íntimas. Otras parejas famosas fueron la sufragista Susan B. Anthony (1820-1906) y Elizabeth Cady Stanton, con quien mantuvo una relación por 50 años; Y Ruth Benedict, (1887-1948) y su colega antropóloga Margaret Mead, quienes formaron una de las parejas lésbicas más destacadas del siglo XX en los Estados Unidos.

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Las lesbianas en la Alemania Nazi

Los hombres homosexuales, al igual que los judíos y los comunistas, fueron duramente perseguidos en la Alemania Nazi, cuyas leyes prohibían explícitamente las relaciones entre varones. Se calcula que 50 mil alemanes fueron procesados por su condición y alrededor de unos 15 mil acabarían encarcelados y marcados con un distintivo triángulo rosa en los campos de concentración a los que fueron destinados (un 60% de ellos moriría dentro de sus muros).

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Sin embargo, debido al papel secundario de la mujer en la sociedad nazi, como esposas y madres, el lesbianismo no fue percibido como una amenaza por los jerarcas nacionalsocialistas. Los nazis concebían a las mujeres no solo como seres inferiores, sino también como dependientes por su naturaleza de los hombres, siendo entendida la sexualidad femenina como fundamentalmente pasiva. Por otra parte, a las mujeres se les permitía una mayor expresión pública de afecto que permitía esconder y confundir de cara al público su condición con la amistad entre personas del mismo sexo. Para la ideología del Tercer Reich, la función primordial del sexo femenino era la de servir de madre engendrando el mayor número posible de descendientes arios. Cada mujer, fuera cual fuera su tendencia sexual, podía servir al estado ya siendo madre o esposa.

Sin embargo, igual se produjeron algunas detenciones de lesbianas. Con penas más leves que los homosexuales varones, en la Alemania Nazi aquellas mujeres que fueran sorprendidas in fraganti con otras mujeres debían llevar sobre su pecho la insignia del triángulo negro dentro de los campos de concentración. No obstante, fueron casos muy esporádicos. En 1935, un juez alemán rehusó dictar una pena a un grupo de lesbianas ya que, según su argumento, eran “más difíciles de detectar”. Durante el juicio de 8 mujeres que fueron denunciadas a la kriminalpolizei de Berlín acusadas de lesbianismo, en los primeros años 40′, los abogados argumentaron que no había ningún indicio que violara los códigos que regulaban las relaciones entre personas del mismo sexo, ya que este sólo se refería a los hombres.

En la actualidad, la comunidad homosexual femenina ha logrado concretar varios y notorios cambios en este último siglo con la aprobación de uniones civiles del mismo sexo en más de 30 países del mundo, aunque en muchas naciones, como aquellas de confesión islámica, el lesbianismo todavía se sigue penando con cárcel e incluso con la pena de muerte.

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