José Miguel Carrera, Bernardo O’Higgins y un viejo debate: ¿Quién fue el verdadero Padre De La Patria?

La historiografía chilena, desde el siglo XIX, se ha visto dividida entre dos bandos irreconciliables: “Carrerinos” y “O’Higginistas”.

Guía de: Mitos y Enigmas

La Independencia de Chile fue un proceso histórico que se extendió desde 1810, cuando se formó la primera Junta Nacional de Gobierno, hasta 1823, cuando se produjo la abdicación de Bernardo O’Higgins como director supremo, y que llevó a la emancipación de la Capitanía General de Chile de la Monarquía española y a la creación de la nueva nación chilena.

Este proceso, historiográficamente, se divide en tres etapas: Patria vieja (1810-1814); Reconquista (1814-1817) y Patria Nueva (1817-1823).

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En este proceso histórico los historiadores y la mayoría de la población nacional suelen referirse a don Bernardo O’Higgins Riquelme como el Padre de la Patria, aunque es de justicia señalar que el chillanejo de origen irlandés no es el único merecedor de tal reconocimiento, pues, a juicio de otros eruditos, también es necesario reivindicar el nombre de otro ardoroso revolucionario patriota, don José Miguel Carrera y Verdugo.

Así las cosas, conviene preguntarse ¿Cuál de los dos fue el verdadero Padre de la Patria? ¿O lo fueron ambos?

Bernardo O'Higgins y José Miguel Carrera.

Bernardo O’Higgins y José Miguel Carrera.

Para responder estas interrogantes y entender bien el papel que jugaron estos dos hombres en la independencia chilena, conviene retroceder en el tiempo a 1808, fecha en que el rey español Fernando VII es tomado prisionero por las fuerzas napoleónicas, desencadenando la instalación de juntas de gobierno en las colonias hispanoamericanas, incluida la Capitanía General de Chile, donde se formó la primera junta de gobierno el 18 de septiembre de 1810, junta que en un principio juró mantener lealtad al rey cautivo.

Sin embargo, el naciente patriotismo local pronto comenzó a radicalizar el proceso, especialmente cuando apareció en escena la novelesca figura de José Miguel Carrera y Verdugo.

Pintura de José Miguel Carrera, vestido con su uniforme de sargento de los Húsares de Galicia.

Pintura de José Miguel Carrera, vestido con su uniforme de sargento de los Húsares de Galicia.

Nacido en Santiago el 16 de octubre de 1785, José Miguel Carrera pertenecía a una de las familias hispanas más encopetadas y aristocráticas del país, pues por parte de su padre, don Ignacio de la Carrera, descendía de los primeros conquistadores.

Su madre, Pabla Verdugo Valdivieso, en tanto, era hija de un antiguo oidor de la Real Audiencia, y se dice que de ella José Miguel heredó su carácter impulsivo y dominante.

Su vida de joven había sido agitada y borrascosa, por lo que su padre lo envió a España para que aprendiera el comercio, pero una vez que se produjo la invasión napoleónica en la península ibérica, José Miguel Carrera decidió enrolarse en el ejército español.

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Los historiadores Francisco Encina y Leopoldo Castedo precisan que “su formidable agilidad mental convirtió al libertino de ayer en un brillante soldado. Carrera encontró en la milicia el cauce de su carácter disoluto y audaz. Peleó en 13 combates. Convaleciente aún de las graves heridas recibidas en la batalla de Ocaña, le llegaban al tiempo su título de sargento mayor del regimiento de Húsares de Galicia y las nuevas de la instauración de la Junta de gobierno en Santiago de la que formaba parte su padre.

El consejo de Regencia autorizó su regreso a la patria. El 17 de abril de 1811 se embarcaba en el navío de guerra inglés “Standard” y arribaba a Santiago el 26 de julio, en vísperas de la revuelta que iba a suspenderse en espera de que el recién llegado se ambientara para formar parte en ella”.

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Encina y Castedo, respecto de la personalidad de Carrera, comentan que “de un algo demoníaco imponderable arrancan esa simpatía y esa gracia con que conquistaba sin combate a las mujeres, el carácter festivo y travieso que unció a su carro a los ligeros de cascos y la llaneza y la generosidad canalizadas en la mofa y escarnio de la prosopopeya estereotipada de la aristocracia, que lo erigieron en ídolo de oficiales, jóvenes y amigos incondicionales…En la conquista del mando desplegó una astucia felina.

Fue un verdadero genio del cuartelazo…Condicionó toda su vida pública y privada un acendrado espíritu de familia que lo ataba de pies y manos…Otra condición esencial en su carácter fue una soberbia sin limites. Sagaz y astuto cuando era dueño de sí, la exasperación, muy frecuente por lo demás, le hacía perder el control de sus actos. De los 10 años en que fulguró su estampa, dedicó dos a gobernar y ocho a derribar a los que gobernaban”.

 

El argentino Manuel Pueyrredón, nieto del general Juan Martín Pueyrredón, Director Supremo de las Provincias del Plata, relataría que “el general don José Miguel Carrera era un hombre de estatura más que regular, delgado de cuerpo, color blanco, de mirar tierno y penetrante, nariz grande, tenía la boca casi siempre entreabierta, al hablar mostraba sus blancos y bien conservados dientes, algo grandes; en su frente espaciosa y elevada se notaba a ambos lados dos prominencias pronunciadas y la cabeza desde allí se elevaba como un globo; un observador inteligente que hubiese conocido el sistema del doctor Gall, hubiese podido estudiar en aquella cabeza, que revelaba tanta inteligencia, y en efecto, ese hombre era una de las capacidades de América.

Poseía en grado superior el don de la palabra, el don de gente y una seducción irresistible, no se podía hablar cuatro minutos con el general Carrera sin ser su amigo.

Hasta su voz era notable, daba a sus palabras una entonación metálica que parecía una campana. Con el tiempo, mientras más traté a ese hombre, más lo admiré, llegué a tomarle fraternal afecto, sobre todo cuando fue desgraciado”.

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Cuando José Miguel Carrera llegó a Chile, apoyado por sus hermanos -Juan José y Luis Carrera, quienes estaban al mando de las tropas en la capital- dirigió exitosamente un golpe de estado el 4 de septiembre de 1811, por lo que el Congreso Nacional quedó en manos del sector independentista.

Sin embargo, el 15 de noviembre del mismo año, Carrera dio un segundo golpe, al ver que la familia de “Los Larraínes” estaban acaparando los cargos en el Gobierno y demás empleos que mantuvo formalmente el Congreso. De ese modo, se estableció un triunvirato integrado por José Gaspar Marín (por Coquimbo) y el diputado Bernardo O’Higgins -como suplente de Juan Martínez de Rozas- por Concepción y encabezado por el mismo Carrera (por Santiago).

Poco después, el 2 de diciembre de 1811, el congreso fue disuelto, lo que llevó a la renuncia de Marín y O’Higgins del triunvirato. De ese modo, José Miguel Carrera ahora tenía el poder total.

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El actor Diego Benavente encarnando a José Miguel Carrera en la serie "Héroes".

El actor Diego Casanueva encarnando a José Miguel Carrera en la serie “Héroes”

El gobierno de José Miguel Carrera marcó de inmediato su distancia de España. Se dictó, de partida, el Reglamento Constitucional de 1812, que aunque en su prefacio declaraba la fidelidad del país a la monarquía española, durante la ausencia del rey Fernando VII debido a su captura por las tropas de Napoleón Bonaparte, es considerado como el primer texto oficial que manifestaba una velada declaración de la independencia de Chile.

Este texto constitucional establecía claramente que “el poder” residía en el pueblo (artículos 2, 6, 8) y que ese pueblo “hará su constitución” y que el rey “la aceptará”, declarando al mismo tiempo como nula cualquier orden o disposición proveniente de fuera del territorio nacional (artículo 5), por lo que ésta parece ser la primera vez que se implica que Chile es un “país”, a diferencia de una “provincia” o parte de un imperio, como solía anotarse en los antiguos documentos oficiales.

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También es llamativo el hecho de que mientras la gran mayoría de los próceres hispanoamericanos (como Simón Bolívar) hablaban de una Patria Americana, José Miguel Carrera hablaba derechamente de una Patria Chilena, por lo que la mayoría de los actos de su gobierno parecieron destinados a fomentar una identidad nacional distinta al ser súbditos españoles.

José Miguel Carrera personalmente diseñó, en conjunto con su hermana Javiera, los primeros símbolos nacionales: una bandera nacional (tres franjas iguales horizontales, en el orden de: azul, blanca y amarilla), un escudo de armas, muy diferente al actual y con dos sentencias latinas: “Post Tenebras Lux” (“después de tinieblas, la luz”) y “Aut Consiliis Aut Ense” (“Por la razón o la espada”) y una escarapela, que se hizo obligatorio lucir.

Adicionalmente, también estableció el 18 de septiembre como festividad nacional, no sólo en reconocimiento del primer paso en el proceso de independencia, sino como forma de realzar el espíritu nacionalista de los ciudadanos chilenos.

Por esa época, José Miguel Carrera declaraba que “siempre me pareció digno de un hombre honrado sacrificar su reputación a la de su Patria. Si esta máxima no constituye el heroismo, es, por lo menos, el resumen de las virtudes más sublimes del ciudadano”.

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El gobierno de José Miguel Carrera publicó, además, el primer periódico del país: “La Aurora de Chile”, cuyo editor fue fray Camilo Henríquez, y en el que se proclamaron tanto los ideales independentistas como los de la ilustración.

También fundó el Instituto Nacional y la Biblioteca Nacional de Chile e impulsó la formación de una Sociedad Económica de Amigos del País. Se establecieron escuelas gratuitas en los conventos, tanto para hombres como para mujeres y se establecieron relaciones comerciales con los Estados Unidos, recibiendo al primer cónsul estadounidense en Chile, Joel Robert Poinsett, con quien Carrera estableció una estrecha amistad. Entre sus otras obras se incluyen la iluminación nocturna y reparación de calles, obras públicas en Santiago y la fundación de la Escuela de Granaderos, base para la futura Escuela Militar.

Después del desembarco de las tropas del Rey de España enviadas por el Virreinato del Perú, a cargo del Brigadier español Antonio Pareja, con el objetivo de sofocar la emancipación de Chile, Carrera asumió como General en Jefe del Ejército y combatió en los combates de Yerbas Buenas, San Carlos y Talcahuano. Además, tras la llegada de las tropas de Gabino Gaínza, Carrera puso en sitio la ciudad de Chillán, de la cual se tuvo que retirar por no contar con los medios adecuados.

En enero de 1814 le sucedió en el mando del Ejército el Brigadier Bernardo O’Higgins, victorioso en las batallas de El Roble, el Quilo y Membrillar. Una vez entregado el mando en Concepción, al dirigirse a Santiago, Carrera fue hecho prisionero por los españoles, pero logró fugarse y en julio de 1814 encabezó con el presbítero Julián Uribe una revuelta que depuso al Director Supremo, Francisco de la Lastra de la Sotta, instalando una junta de gobierno con él como presidente.

Sin embargo, parte del gobierno civil escapó al sur y, en un cabildo abierto en Talca, éste le pidió a O’Higgins que restaurara el gobierno representativo. O’Higgins se dirigió de inmediato a Santiago para deponer a José Miguel Carrera, pero sus fuerzas fueron derrotadas inapelablemente por los hombres de Luis Carrera en el combate de Las Tres Acequias, la batalla más olvidada de la Independencia, en la actual comuna de San Bernardo.
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Tras el desembarco en Chile de nuevas fuerzas españolas, a cargo del Brigadier Mariano Osorio, enviado por el Virrey del Perú para sofocar nuevamente la independencia del país, O’Higgins, olvidando su enemistad con José Miguel Carrera y viendo que la Patria estaba en peligro, se presentó en su domicilio para ponerse a sus órdenes. Cuenta la leyenda que Carrera, desconfiado por el ofrecimiento de O’Higgins, le preguntó: “¿Y con qué condición?”, a lo que O’Higgins le respondió: “Que yo esté en la primera línea en el campo de batalla”.

Sin embargo, después del Desastre de Rancagua (“Rancagua es inexpugnable si se custodia como corresponde”, le escribió Carrera a O’Higgins tras ordenarle que ocupara la ciudad), donde las fuerzas patriotas de O’Higgins y Juan José Carrera fueron derrotadas por las armas españolas, se produjo la emigración masiva de los patriotas a Mendoza, incluyendo a O’Higgins y los hermanos Carrera, para evitar las inminentes represalias de los españoles.

La furiosa carga de O'Higgins en la batalla de Rancagua, que le permitió a él y a otros soldados escapar de la sitiada ciudad.

La furiosa carga de O’Higgins en la batalla de Rancagua,
que le permitió a él y a otros soldados escapar de la sitiada ciudad.

Se cuenta que cuando los refugiados chilenos comenzaron a llegar a Mendoza, el gobernador de Cuyo, el general José de San Martín, fue a la cordillera a estudiar la situación y mientras se encontraba allí, la columna al mando de Carrera pasó sin que este lo saludara, como requería la etiqueta político y militar.

Y lo mismo hicieron otros oficiales de ese cuerpo. Posteriormente, ya en Mendoza, Carrera trató de establecerse como “Supremo Gobierno del Reino de Chile”, con autoridad sobre los chilenos residentes en esa ciudad argentina, quejándose también de que San Martín no lo trataba con el respeto que se debía a un “Jefe de Gobierno”. Por ello, en su opinión, era San Martín quien debía ir a visitarlo.

Como sea que fuere, en ese momento Carrera y sus partidarios fueron “invitados” a seguir su camino a Buenos Aires, mientras que Bernardo O’Higgins y los suyos fueron reconocidos por San Martín como los representantes del gobierno chileno en el exilio. San Martin y O’Higgins, por cierto, eran miembros de la Logia Lautarina, lo que no hizo sino propiciar aún más el acercamiento entre ambos. La Logia Lautaro o Logia Lautarina era una organización fundada en 1812 por revolucionarios hispanoamericanos, principalmente argentinos y chilenos, con el objetivo de coordinar acciones para el establecimiento de la independencia de las colonias españolas en América y, sobre la base de los principios del liberalismo, establecer un sistema de gobierno republicano y unitario.

La figura de Bernardo O’Higgins y el legado de su gobierno

Hijo natural del que fuera gobernador de Chile y virrey del Perú, Ambrosio O´Higgins, don Bernardo O’Higgins nació el 20 de agosto de 1778 en Chillán Viejo. Realizó sus estudios en Lima y luego en Inglaterra, donde conoció a Francisco Miranda, quien lo inició en las ideas independentistas.

Muerto su padre en 1801, regresó a Chile a tomar posesión de la hacienda de Las Canteras cercana a la ciudad de Los Ángeles. En 1810, fue elegido diputado de la recién formada Junta de Gobierno y nombrado coronel de ejército en 1811. En 1813, se enfrentó por primera vez a los realistas en la batalla de El Roble, donde lanzó su famosa frase: “O vivir con honor o morir con gloria, el que sea valiente que me siga”.

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Bernardo O’Higgins fue descrito por la viajera y escritora inglesa Maria Graham como “bajo y grueso, pero muy activo y ágil; sus ojos azules, sus cabellos rubios, su tez encendida y sus facciones revelan la sangre irlandesa del padre, mientras la pequeñez de sus pies y manos recuerdan la sangre criolla de la madre”.

Los historiadores Francisco Encina y Leopoldo Castedo, en tanto, lo definen como “un temperamento sanguíneo, por entero irlandés, de reacciones impetuosas y de una rara tenacidad cuando estaban sostenidas por los sentimientos directrices de su alma: el entusiasmo por la independencia de América…Lo mismo que San Martín, fue ciudadano de América antes que de Chile, un cruzado de la independencia americana y no un chileno con las limitaciones de los nacionalismos”.

Bernardo O'Higgins y José de San Martín liderando  el cruce de Los Andes.

Bernardo O’Higgins y José de San Martín liderando el cruce de Los Andes.

Encina y Castedo agregan que, a diferencia del magnetismo de José Miguel Carrera, O’Higgins carecía de atracción personal, pues “le faltaba sagacidad y dotes para atraer o seducir”, sin mencionar “la carencia de las dotes que moldean al gran gobernante y que su padre poseyó en tal alto grado”.

De todos modos, si bien en el terreno militar no era un intuitivo genio militar, cosa que él mismo reconoció, ya que decía que se sentía inclinado a ser un labrador, O’Higgins tenía “un coraje fisiológico y un combatividad realmente extraordinarios, que le permitían arrastrar a oficiales y soldados con la fe ciega de su ejemplo. Y sus cuatro virtudes cardinales en el haber político eran muy definidas: la rectitud moral, la abnegación cívica, el optimismo y el coraje.

Tanto en la vida privada como pública fue veraz, caballero y honrado a carta cabal. Jamás se rebajó a intrigar contra nada ni contra nadie. Prefería perderlo todo antes que claudicar moralmente. De tantas virtudes señaladas se destaca de manera especial su abnegación cívica: “Mil vidas que tuviera me fueran pocas para sacrificarlas por la libertad e independencia de nuestro suelo”, había dicho en 1812. Y su entereza nunca fue empeñada por el halago o el deseo de honores.”

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Después de desastre de Rancagua, y durante el período de la Reconquista, O’Higgins organizó en Mendoza, junto a José de San Martín, el Ejército Libertador de Los Andes y dirigió la ofensiva chilena. Derrotadas las fuerzas realistas en la batalla de Maipú, asumió como Director Supremo y firmó, el 12 de febrero de 1818, la Proclamación de la Independencia de Chile. En algunas de las proclamas dirigidas por O’Higgins a los soldados enemigos que aún resistían, dejó claramente establecida su posición antimonárquica.

Entre las obras de su gobierno tuvo especial relevancia la construcción de escuelas primarias, la reapertura del Instituto Nacional y la Biblioteca Nacional (creados por Carrera), además de la creación de la Escuela Militar. También hay que consignar que fue O’Higgins quien organizó, planificó y financió la Expedición Libertadora del Perú, empresa que se logró con sangre, sudor y grandes sacrificios económicos.

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En su gestión como Director Supremo Bernardo O’Higgins tomó medidas que le significaron ganarse la antipatía de la aristocracia criolla, como la abolición de los mayorazgos y los títulos de nobleza, la supresión de los escudos de armas y la creación de la legión al mérito.

En estas disposiciones puede observarse la influencia de la logia masónica Lautarina -a la que O’Higgins pertenecía, como ya se mencionó anteriormente-, que se caracterizaba por su rechazo al orden nobiliario. El espíritu igualitario de O’Higgins se manifestó en otra de sus frases simbólicas: “Detesto por naturaleza la aristocracia, y la adorada igualdad es mi ídolo”.

Sin embargo, varios hechos empañarían el gobierno de O’Higgins, como su supuesta responsabilidad en el fusilamiento de los hermanos Juan José y Luis Carrera en Mendoza y el aleve asesinato en Til Til del carismático guerrillero Manuel Rodríguez, considerado por algunos autores como el primer detenido desaparecido de la historia nacional.

Famoso es el episodio cuando O’Higgins, con implacable sangre fría, remitió al padre de José Miguel Carrera una boleta, cobrándole los costos del fusilamiento de Juan José y Luis Carrera, los hermanos del “prócer” que habían sido fusilados en Mendoza por las autoridades argentinas en abril de 1818.

Para el anciano patriarca de la familia, Ignacio de la Carrera, este hecho supuso un golpe devastador, pues enterarse al mismo tiempo de que sus hijos habían sido ajusticiados por decisión sumaria y que él tendría que pagar por las balas y la pólvora que les habían quitado la vida, provocó que se desmoronara física y emocionalmente, y falleciera unos meses más tarde.

O’Higgins, al parecer, todavía no olvidaba la muerte de su amigo, el coronel Juan Mackenna, fundador de la familia del mismo apellido en Chile, quien había sido muerto en un duelo a pistoletazos por don Luis Carrera, en el actual barrio bonaerense de La Boca.

Ilustración del fusilamiento de los hermanos Juan José y Luis Carrera.

Ilustración del fusilamiento de los hermanos Juan José y Luis Carrera.

En 1822 se convocó en Chile a elecciones para una Asamblea Constituyente, pero el ministro José Antonio Rodríguez Aldea intervino en la elección de constituyentes, logrando la aprobación de un proyecto donde se establecía que el Director Supremo ejercería seis años, pudiendo ser reelegido por cuatro más, lo que significaba en la práctica que O’Higgins podía gobernar por otros diez años.

En diciembre de 1822 se organizó un fuerte movimiento opositor -encabezado por Ramón Freire-, que no aceptaba la legitimidad de O’Higgins. El prócer, viendo que aquello acarreaba el peligro de una guerra civil, convocó a un cabildo abierto en el palacio de gobierno y decidió abdicar de inmediato de su cargo.

Después de abrir violentamente su casaca, haciendo saltar dos o tres botones, O’Higgins les dijo a los presentes: “Tomad de mi la venganza que queráis, que yo no os opondré resistencia. ¡Aquí esta mi pecho!”. Viendo esta acción, los circunstantes se pusieron a gritar: “no tenemos nada que pedir contra usted general. Viva el general O’Higgins”.

La abdicación de O'Higgins.

La abdicación de O’Higgins.

Paradójicamente, su abdicación al cargo de Director Supremo de Chile el 28 de enero de 1823, uno de los episodios más tristes de su vida, fue la máxima expresión de la adhesión de O’Higgins a la causa del país, ya que voluntariamente se despojó del poder para evitar una guerra civil. Años después fallecería en el exilio, en Lima, el 24 de octubre del año 1842.

Sus últimas palabras en su lecho de muerte fueron “Magallanes, Magallanes”, demostrando una gran visión geopolítica, pues O’Higgins siempre propició la tesis de que si Chile lograba tomar posesión soberana del Estrecho de Magallanes y con ello, acceder a los dos océanos, a partir de ese momento Chile pasaría a transformarse en una potencia, posibilitando con ello el futuro acercamiento a los principales centros de civilización y comercio mundial.

El fin del húsar trágico

José Miguel Carrera, juramentado a lograr la independencia de Chile a como diera lugar, después de abandonar Argentina durante casi un año y sin saber el idioma, se reunió en distintas ciudades de Estados Unidos con empresarios, ex militares, diplomáticos, fabricantes de armas e incluso con el Presidente James Madison, para lograr financiar una expedición armada de emancipación.

Carrera lograría lo imposible y organizaría una escuadrilla de cuatro buques, en los que transportó una considerable cantidad de armas, municiones y pertrechos, además de una serie de oficiales voluntarios.

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En enero de 1816 Carrera arribó a Buenos Aires, donde el Director Supremo de las Provincias Unidas del Río de la Plata, Juan Martín de Pueyrredón, sabiendo que el húsar pretendía seguir su viaje rumbo a Chile, secuestró su expedición y lo encarceló. Carrera logró fugarse y se dirigió a Montevideo, donde recibió la protección del general portugués Carlos Federico Lecor.

En Montevideo conoció la noticia del fusilamiento de sus hermanos en Mendoza. A partir de ese momento, José Miguel Carrera se involucró en las sangrientas luchas civiles entre centralistas y federalistas que caracterizaron los primeros años de la Argentina independiente.

En agosto de 1821, luego de intentar vanamente pasar a Chile y de participar -a su pesar- en diversas campañas predatorias en el interior de Argentina, José Miguel Carrera fue traicionado por el comandante cordobés Manuel Arias y apresado. En Mendoza fue procesado por un tribunal militar y condenado a muerte.

Durante el juicio, Carrera arguyó que “mi contienda era con Chile y mi bandera era la tricolor, no el sol de la Plata ni la cinta encarnada de la Federación”. El 4 de septiembre de 1821, a exactos 10 años de que se hiciera con el poder en Chile tras su primer golpe militar, José Miguel Carrera, de 36 años, el “primer jefe de la patria libre”, fue fusilado en Mendoza.

Los últimos momentos de José Miguel Carrera.

Los últimos momentos de José Miguel Carrera.

Antes de morir, Carrera solicitó papel y tintero para despedirse de su esposa Mercedes Fontecilla y anunciarle su trágico final, escribiéndole que lamentaba dejarla abandonada con cinco hijos, “en un país extraño, sin amigos, sin relaciones, sin recursos”. Al igual que sus hermanos, pidió morir de pie y con los ojos descubiertos.

Se quitó el poncho y lo entregó al cura Peña junto con su reloj para que llegara a manos de su único hijo varón, José Miguel Carrera Fontecilla, nacido durante su travesía cordobesa, a quien no pudo conocer. Luego se paró del banquillo, se llevó la mano derecha al pecho, gritó “¡Muero por la libertad de América!” y pidió a los soldados que hicieran la descarga. Dos balas dieron en su frente, y otras dos le alcanzaron el corazón.

El fusilamiento del prócer chileno en Mendoza.

El fusilamiento del prócer chileno en Mendoza.

La simiente de José Miguel Carrera seguiría ligada a la historia patria, pues el húsar sería abuelo del capitán Ignacio Carrera Pinto, héroe de la Guerra del Pacífico, quien se inmoló en nombre del país en la heroica batalla de La Concepción (9-10 de julio de 1882), cuando la guarnición completa del regimiento Chacabuco, compuesta por 77 jóvenes al mando de Carrera Pinto, resistió durante dos días el ataque de dos mil soldados peruanos hasta su total aniquilación.

La última vez que José Miguel Carrera y Bernardo O’Higgins se vieron y hablaron cara a cara fue en Santiago, tras el desastre de Rancagua. O’Higgins había llegado a la capital con 200 sobrevivientes y Carrera pensaba retirarse en Coquimbo y proseguir en el norte la resistencia. Encina y Castedo relatan que “la distancia que los separaba se había convertido en un abismo.

Ambos murieron juzgando a su rival de la manera más acre. Carrera consideraba a O’Higgins como un necio testarudo y lleno de rencores. O’Higgins veía en Carrera un ambicioso cobarde, carente de moral y de patriotismo”.

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Desde entonces, la historiografía chilena se ha visto por mucho tiempo dividida entre “carrerinos” y “o’higginistas”, en un debate generalmente estéril, donde los eruditos de uno u otro bando han argumentado sus tentativas de “restaurar” la posición de uno de esos ilustres personajes en desmedro del otro.

Para la historiografía chilena oficial, Bernardo O’Higgins Riquelme es considerado el Padre de la Patria, pues su presencia, como militar y gobernante, fue crucial en todo el proceso de emancipación chilena del dominio español, ya fuera luchando en las batallas de la Independencia o ejerciendo como primer Director Supremo de la nueva nación.

Sin embargo, es de justicia señalar que el aporte de José Miguel Carrera también fue clave en la emancipación patria, tal como grafican los conocidos versos que el poeta Pablo Neruda le dedicó a Carrera en su conocida obra “Canto General”: “Dijiste Libertad antes que nadie, / cuando el susurro iba de piedra en piedra / escondido en los parios, humillado / Dijiste libertad antes que nadie…”.

Por ello, a juicio de muchos, José Miguel Carrera también debería ser considerado como “Padre de la Patria” de Chile, pues fue su primer jefe de gobierno, el primer general en jefe del Ejército chileno y el primer caudillo en la historia republicana de nuestro país (y uno de los primeros de América). El mismo Carrera, antes de morir, había expresado que “pido a las generaciones futuras que algún día reivindiquen mi nombre, ya que muero como un bandido en tierra extraña”.

Estatua de José Miguel Carrera en la Gran Avenida de Santiago.

Estatua de José Miguel Carrera en la Gran Avenida de Santiago.

Actualmente, el Ejército de Chile ha reconocido a don José Miguel Carrera como su primer comandante en jefe y en los últimos traspaso de mando del Ejército se ha iniciado la tradición de entregarle la réplica de la espada del general Carrera al nuevo titular.

En noviembre del 2005 la Armada de Chile bautizó un submarino de la clase Scorpone con el nombre “General Carrera”, lo que constituye otro hito en la reivindicación histórica del prócer al tratarse del primer buque de guerra que lleva su nombre.

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El 2 de septiembre de 2010, el gobierno del presidente Sebastián Piñera, en el marco de las celebraciones del Bicentenario de Chile, ordenó la reubicación e inauguración del monumento ecuestre a José Miguel Carrera -anteriormente ubicado en Alameda con Ejército- junto a la estatua de Bernardo O’Higgins en el Altar de la Patria, frente al palacio de La Moneda.

Esta ceremonia marcó, así, el simbólico e impensado reencuentro de estos dos próceres de la independencia que rivalizaron en vida, de estos dos Padres de la Patria que con sus acciones, sus aciertos y sus errores, sus momentos de heroicidad y sus claroscuros, marcaron la ruta inicial de Chile como nación republicana e independiente.

Los Monumentos de Bernardo O'Higgins y José Miguel Carrera, los dos Padres de la Patria, al inicio del Paseo de Plaza Bulnes, entre Zenteno y Nataniel Cox, frente al Palacio de la Moneda y la Plaza de la Ciudadanía.

Los Monumentos de Bernardo O’Higgins y José Miguel Carrera, los dos Padres de la Patria, al inicio del Paseo de Plaza Bulnes, entre Zenteno y Nataniel Cox, frente al Palacio de la Moneda y la Plaza de la Ciudadanía.

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