Katiusha o “Los órganos de Stalin”: La pesadilla del ejército alemán durante la Segunda Guerra Mundial

Estos versátiles lanzacohetes autopropulsados fueron una de las armas más devastadoras del Ejército Rojo.

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Luego que el Tercer Reich alemán desencadenara el 22 de junio de 1941 la Operación Barbarroja -la invasión de la Unión Soviética-, los hasta entonces invencibles ejércitos de la Werhmacht debieron hacer frente a un arma aterradora fabricada en masa por los rusos: los Katiusha, un versátil sistema de lanzacohetes múltiples que serían bautizados por los soldados germanos como “Los órganos de Stalin”, aludiendo al sonido silbante de los cohetes cuando eran disparados, así como al parecido de la batería de cohetes asemejando los tubos de un órgano musical.

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Los Katiusha, la primera artillería autopropulsada producida en masa por la Unión Soviética, había sido diseñada por la Oficina de Investigación y Desarrollo de Moscú en la década del 30′, y originalmente habían sido concebidos para ser lanzados desde un avión. A finales de 1938, un año antes de que los nazis y los soviéticos invadieran y se repartieran Polonia, iniciando con ello la Segunda Guerra Mundial, se construirían los primeros prototipos, que posteriormente serían adaptados para su uso por el Ejército Rojo desde lanzaderas terrestres con la denominación BM-8 y BM-13 (posteriormente se agregaría la variante BM-31 pesada).

El modelo BM-13, el más usado por los rusos durante la Segunda Guerra Mundial, constaba de ocho rieles abiertos conectados a través de un larguero tubular. Sobre cada uno de los rieles, que se montaban a lo largo del chasis o casco de un vehículo, se colocaban dos misiles RS-132 -sumando un total de 16 proyectiles- capaces de alcanzar una distancia de hasta casi nueve kilómetros.

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Cuando el lanzacohetes Katiusha en su versión BM-13, unos cuantos proyectiles montados en la parte trasera de un simple camión, fue presentado oficialmente a los altos dignatarios soviéticos antes de la guerra, no causó demasiada impresión. Pero cuando el dispositivo disparó los primeros cohetes, todos los presentes quedaron estupefactos. El comandante Semión Timoshenko, un veterano de la Primera Guerra Mundial y de la guerra civil rusa de 1917, atónito por el poder destructivo del nuevo dispositivo militar, le dijo a su oficial adjunto: “¿Por qué no me dijiste que teníamos un arma así?”.

El 21 de junio de 1941, un día antes de que las tropas alemanas cruzaran la frontera soviética y dieran inicio a la Operación Barbarroja, el dictador soviético Josef Stalin daría por fin luz verde a la producción en masa de los nuevos lanzacohetes rusos, que ayudarían al Ejército Rojo a torcer definitivamente el rumbo de la guerra.

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Los lanzacohetes Katiusha presentaban grandes ventajas, aunque también algunos inconvenientes. Podían lanzar una devastadora cantidad de explosivos –proyectiles con calibres de 82 mm, 132 mm, 280 mm y 300 mm- a un área objetivo ubicada a 8,5 kilómetros de distancia más rápidamente que la artillería convencional, a una velocidad promedio de 325 metros por segundo, haciendo blanco entre los 7 y los 10 segundos después de ser disparados, pero también adolecían de una menor precisión y requerían más tiempo para recargar (montar los 16 proyectiles llevaba casi una hora).

Sin embargo, si bien los Katiusha eran más frágiles que los cañones de artillería, también eran más económicos, fáciles de producir y se podían montar sobre cualquier chasis, por lo que generalmente en el frente ruso sus lanzaderas fueron montadas en camiones comunes y corrientes, especialmente en los eficientes y rápidos camiones americanos Studebaker, que la URSS recibió de los Estados Unidos como parte del programa de Préstamo y Arriendo. Además, como tenían una gran movilidad, eran muy difíciles de rastrear, por lo que podían atacar un objetivo en un momento dado con gran poder destructivo y moverse de inmediato para eludir el fuego de contrabatería.

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Debido a que estos cohetes autopropulsados estaban marcados con la letra K, signo distintivo de la fábrica Vorónezh Komintern, los soldados del Ejército Rojo bautizaron el dispositivo con el apodo de Katiusha, aludiendo a la popular canción de guerra de 1938 “Katiusha”, cuya letra trataba sobre una chica (Katerina o su diminutivo Katiusha) que añoraba a su amado ausente, un soldado que era enviado a hacer el servicio militar patrullando la frontera. Los soldados alemanes, por su parte, como ya se mencionó, los bautizaron como “los órganos de Stalin”, debido al aspecto de las baterías de los cohetes que se parecían a los tubos de un órgano musical y al aterrador sonido que producían cuando eran disparados, volaban hacia su objetivo y explotaban en el blanco.

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Los cohetes múltiples Katiusha tendrían su bautizo de fuego en el campo de batalla el 14 de julio de 1941, cuando siete unidades BM-13 bajo el mando del capitán Iván Fliórov, en el marco de un contraataque concebido para recuperar la ciudad de Vitebsk, atacaron con estos dispositivos la ciudad bielorrusa de Orsha -ubicada a 500 km al oeste de Moscú-, un gran centro de transporte que estaba en poder de la Wehrmacht.

En aquella oportunidad, los Katiusha cumplieron con creces las expectativas de los líderes militares soviéticos: el centro de la ciudad de Orsha quedó devastado y las fuerzas alemanas debieron replegarse rápidamente de la zona. El jefe del Estado Mayor de la Wehrmacht, general Franz Halder, escribiría en su diario que “los rusos usaron un arma desconocida hasta ahora. Una tormenta de proyectiles quemó la estación de ferrocarril de Orsha, todas las tropas y el material militar. El metal se derretía y la tierra ardía”.

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Los Katiusha, durante el transcurso de la Gran Guerra Patriótica, demostrarían con creces su gran poder destructivo en las contraofensivas que desplegó la Unión Soviética desde 1941 para expulsar a todos los ejércitos alemanes del suelo ruso, especialmente en la decisiva batalla de Stalingrado, que marcó el comienzo del fin del poder del Tercer Reich en el frente oriental. “Hubo muchos casos de soldados alemanes que se volvieron locos debido al fuego de los lanzacohetes soviéticos”, confesó un cabo alemán capturado, según un informe escrito durante la contraofensiva del Ejército Rojo de 1941.

Los lanzacohetes Katiusha se anotarían otros sonoros triunfos en la contraofensiva contra los alemanes. Durante la contraofensiva de Kursk en 1943, los BM-13 arrasaron con un área fortificada del enemigo: en una guarnición alemana donde habían 500 soldados, sólo sobrevivieron 30. Y en septiembre de 1943, durante la liberación de la región de Briansk, unos seis mil cohetes Katiusha barrieron con la defensa nazi sobre un territorio de 250 kilómetros de ancho.

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El fulminante éxito de los Katiusha en los campos de batalla hizo que con el tiempo se montaran los lanzadores de estos cohetes múltiples sobre otros vehículos, como jeeps, tanques, trenes e incluso lanchas que podían disparar desde ríos y lagos, aumentándose también la potencia y el tamaño de los proyectiles (los primeros cohetes de 1.50 metros y 10 kilos de principios de la guerra dieron paso a proyectiles de calibre 300 y 30 kilos de explosivos en 1945).

Junto con el famoso tanque T-34, el lanzacohetes múltiple Katiusha, también conocido por los alemanes como “Los órganos de Stalin”, se convertiría en un arma rusa de común uso por parte del Ejército Rojo y en uno de los principales símbolos soviéticos de la Segunda Guerra Mundial.

Video: El lanzacohetes múltiple Katiusha en la Segunda Guerra Mundial:

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