Las hieródulas: ¿Cómo eran las “prostitutas sagradas” de la antigüedad?

Las hieródulas, debido a su misma condición y naturaleza, al contrario que las prostitutas tradicionales, eran tenidas en gran estima y respeto.

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En la mayoría de las culturas antiguas, como Mesopotamia y en otros lugares como Siria, Fenicia y Asia Menor, la práctica del sexo no era vista como algo pecaminoso, sino que como un símbolo de fertilidad, algo muy importante en civilizaciones que nacieron en las duras condiciones geográficas del desierto. Por ello, la diosa babilónica Ishtar, la deidad de la fertilidad, el amor, la belleza y la sexualidad, tenía a su disposición un grupo de sensuales y bellas sacerdotisas que practicaban las artes amatorias con un fin sagrado y cuyo nombre original se ha perdido, pero que todavía podemos reconocer gracias a la denominación que les dieron los griegos: hieródulas (que significa “esclavas del templo” o “esclavas sagradas”).

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Los fieles que acudían a adorar a la diosa Ishtar, símbolo de la fertilidad y el amor, y que a veces deseaban rogar por sus cosechas o su ganado, usualmente tenían que tener contacto sexual con estas sacerdotisas, aunque había todo un proceso y ritual que separaba esa cópula sagrada de la destinada al placer. De esa forma, se aseguraba que el sexo realizado según unos determinados rituales sería agradable a la deidad, que los bendeciría con la abundancia. Dado que el visitante, tras el encuentro sexual con estas sacerdotisas, debía dejar un tributo al templo después del ritual, las hieródulas fueron llamadas “prostitutas sagradas”. Sin embargo, en estricto rigor, ellas no cobraban por la cópula como tal, pues si bien existía el placer físico y era una parte importante de la ceremonia, ese no era el fin último de la misma, sino simplemente un reflejo de la relación mística entre todas las formas de creación de vida.

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Las hieródulas, debido a su misma condición y naturaleza, al contrario que las prostitutas tradicionales, eran tenidas en gran estima y respeto en la sociedad de su tiempo. Sólo las más hermosas, devotas, íntegras e inteligentes eran aceptadas, aunque anualmente eran cientos las que trataban de ser admitidas. Y su entrenamiento se iniciaba desde muy temprana edad, pero sólo participaban en las ceremonias sexuales a partir de su primera menstruación, que se consideraba como la señal de que ya estaban listas.

La existencia de las hieródulas sólo fue posible gracias a la noción de que las deidades debían tener una cierta clase de personas especialmente dedicadas a su servicio y separada de las tareas ordinarias de la vida, y que era el deber de todos quienes podían proveer cuantas personas pudieran a este servicio. Por ello, las personas de las mejores familias solían enviar a sus hijas a los templos para sacrificar su castidad a los dioses, al menos hasta el momento de su matrimonio. Esta costumbre de mujeres ofreciendo su castidad a los dioses era de origen antiguo en Oriente, y parece haber surgido de la noción de que los dioses debían tener los primeros frutos de cada cosa.

Las hieródulas en la Grecia Clásica

Las hieródulas pasaron pronto del Medio Oriente y Asia menor a la Grecia Clásica. Las hieródulas que se prostituían sólo se hallaban en Grecia, entonces, relacionadas con el culto de divinidades de origen oriental. Este fue el caso de la diosa Afrodita, la diosa del amor, que según el mito nació de la espuma que se levantó del mar cuando el miembro viril de Urano fue prolijamente amputado por Cronos, y que tenía en Corinto uno de los templos más visitados y hermosos de Grecia.

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Las crónicas antiguas aseguran que en su templo de Corinto había cerca de un millar de hieródulas, que practicaban lo que algunos académicos definieron como prostitución religiosa o prostitución ritual. También existió un gran número de la misma clase de mujeres en su templo de Erice, en Sicilia.

Las Hieródulas griegas no eran esclavas sino que mujeres libres, cuyo único nexo en común eran la belleza y la devoción por la Diosa Afrodita. Todas ellas se ofrecían libremente como siervas del templo, donde practicaban, entre otras numerosas actividades, el sexo como vehículo de trascendencia espiritual.

Las Hieródulas helénicas, por cierto, recibían una suma considerable por sus actividades amatorias, que casi siempre pasaban a engrosar los bienes del templo, pero no estaban obligadas a practicar sus servicios. Por el contrario, las Hieródulas no sólo elegían a los “clientes” que recibían, sino también las sumas y propiedades que recibirían, o que no recibirían en absoluto siempre que el devoto fuese de su agrado.

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