Los desconocidos y atroces crímenes de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial

Muchos militares norteamericanos ejecutaron a civiles y grupos de soldados alemanes, italianos y japoneses que se habían rendido.

Guía de: Mitos y Enigmas

En uno de los primeros capítulos de la recordada miniserie de HBO “Band of Brothers”, que relataba las experiencias verídicas durante la Segunda Guerra Mundial de la Compañía Easy de la 101.ª División Aerotransportada del Ejército de los Estados Unidos, veíamos cómo el teniente y jefe de pelotón Ronald Speirs le ofrecía cigarrillos a un grupo de 20 soldados alemanes capturados tras los primeros combates tras el Día D, para después ejecutarlos a todos utilizando su subfusil Thompson.

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Si bien las acciones del teniente Speirs todavía hoy son objeto de debate, incluso por el mismo historiador Stephen Ambrose, autor del libro en que se basó la serie “Band of Brothers”, lo cierto es que el ejército de los Estados Unidos, contrariamente a lo que nos han mostrado la mayoría de las películas de guerra hechas por Hollywood en los últimos 70 años, sí cometió varios hechos que, de acuerdo a las leyes dispuestas por la Convención de Ginebra, eran considerados como crímenes de guerra.

El historiador inglés Antony Beevor, uno de los más reputados autores que han escrito sobre la Segunda Guerra Mundial, relató en su libro “El Día D” que durante las operaciones conjuntas de los Aliados durante el Día D, las tropas aerotransportadas norteamericanas aliadas fueron lanzadas sobre la retaguardia alemana y, debido a la confusión, muchos soldados formaron pelotones independientes sin un oficial al mando. Todos, según recuerda Beevor, tenían en mente la siguiente orden: “Diríjanse a la zona de lanzamientos a toda prisa. Y no hagan prisioneros porque los obligarán a aminorar la marcha”.

Soldados norteamericanos apuntando a un grupo de prisioneros alemanes capturados  tras los duros combates que se entablaron en junio de 1944 en Normandía.

Soldados norteamericanos apuntando a un grupo de prisioneros alemanes capturados tras los duros combates que se entablaron en junio de 1944 en Normandía.

Muchos soldados norteamericanos siguieron el anterior consejo al pie de de la letra, tal como ocurrió en las cercanías de la localidad francesa de Audouville-la-Hubert, donde 30 soldados alemanes de la Wehrmacht que se habían rendido fueron masacrados por los paracaidistas.

Antony Beevor relató en su libro “El Día D” que los cadáveres de los alemanes eran utilizados para practicar con las bayonetas, mientras que sus dedos eran mutilados para robarles sus anillos de plata y oro. Beevor relató puntualmente el caso de un paracaidista norteamericano que se cruzó con un compañero que llevaba unos guantes rojos, en vez de los amarillos correspondientes a su equipo de campaña. El paracaidista recordó que “le pregunté a ese soldado que dónde había encontrado aquellos guantes rojos, y tras rebuscar en uno de los bolsillos de su pantalón de salto, sacó una sarta de orejas. Había estado cazando orejas toda la noche, y las había cosido a un viejo cordón de zapatos”.

prisioneros alemanes

La costumbre de ejecutar a tropas desarmadas que se habían rendido se repetirían en otros escenarios de guerra en Europa. Durante la campaña de Sicilia, el 14 de julio de 1943, las tropas norteamericanas al mando del célebre general George Patton se apoderaron del aeródromo de Biscari, logrando tomar como prisioneros a un grupo de 48 italianos y dos alemanes. Allí, un comandante entregó el grupo de prisioneros al sargento Horace West para que los llevara a la retaguardia, asignándole también otro sargento, un cabo y cinco soldados para custodiarlos por el camino.

Sin embargo, durante el trayecto, el sargento West desobedeció las órdenes de sus superiores y le pidió al otro sargento su metralleta Thompson para “fusilar a esos hijos de puta”. Inmediatamente les disparó a todos los prisioneros a sangre fría, rematándolos en el suelo con disparos en el corazón. En total, serían asesinados 35 prisioneros. Ese mismo día, el capitán norteamericano John T. Compton ordenó a sus hombres que fusilaran a un grupo de 36 soldados italianos que se habían rendido y habían actuado como tiradores emboscados.

Prisioneros de guerra italianos.

Prisioneros de guerra italianos.

Tanto el sargento West como el capitán Compton serían detenidos y sometidos a juicio militar: West alegó haber cometido el crimen en estado de locura transitoria, y aunque fue condenado a cadena perpetua, sólo un año después se le concedió el indulto, por lo que regresó al ejército licenciándose con honor, falleciendo en 1974. En cuanto al capitán Compton, sería absuelto y regresó de inmediato a su División, aunque un mes después encontró la muerte en combate.

Durante la misma campaña de Sicilia, el 10 de julio de 1943, también se produciría la sangrienta masacre de Canicatti. Ese día, las tropas estadounidenses entraron en el pueblo de Canicatti, donde cuatro días después los lugareños -mujeres y niños en su mayoría- entraron en la fábrica de jabón Narbone-Garilli, a través de un agujero en la pared que había dejado el bombardeo, para intentar llenar los cubos que llevaban con jabón líquido, ya que había una gran escasez de artículos de higiene a consecuencia de la guerra.

Los policías militares norteamericanos, al mando del teniente coronel George H. McCaffrey, llegaron al lugar para impedir el saqueo e intentaron dispersar a la multitud, pero sin éxito. McCaffrey, perdiendo súbitamente el control, ordenó entonces a sus hombres que dispararan sobre los civiles para dispersarlos, pero los soldados, horrorizados por la orden de su superior, no le obedecieron.

El teniente coronel McCaffrey entonces sacó su revólver Colt del calibre 45 y disparó a sangre fría contra la desarmada multitud, recargando su arma en dos ocasiones. Hoy todavía se especula sobre la cantidad total de civiles asesinados por McCaffrey, pero se estima que fueron entre dieciocho y veintiún personas.

Este crimen sería investigado por las autoridades militares, pero el teniente coronel McCaffrey, que aseguró que tan sólo “seis saqueadores resultaron lesionados mientras huían”, salió libre de culpa. McCaffrey fallecería en 1954 y los hechos permanecerían en secreto hasta 1998, cuando fueron dados a conocer públicamente por Joseph S. Salemi, investigador de la Universidad de Nueva York y quien era hijo de Salvatore Salemi, uno de los soldados norteamericanos que combatieron en la campaña de Sicilia y que fueron testigos de la cobarde matanza. Salvatore Salemi le había contado a su hijo que, por ejemplo, el teniente coronel McCaffrey había matado a un niño de unos doce años de un disparo en el estómago.

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La matanza de prisioneros alemanes recrudecería en las fases finales de la guerra. Después de la gran ofensiva alemana de las Ardenas, en diciembre de 1944, unidades del Kampfgruppe que estaban al mando del coronel alemán Joaquim Peiper -quien no se encontraba presente en el momento de los hechos- mataron a 84 prisioneros de guerra estadounidenses en el cruce de Baugnez, cerca de la ciudad de Malmedy, Bélgica.

Como consecuencia de esta masacre, los soldados norteamericanos respondieron matando a todos los prisioneros alemanes que caían en sus manos, tras recibir una orden que decía que “ni tropas de las SS o paracaidistas militares serán tomados como prisioneros, solamente se les disparará cuando sean localizados”.

El mayor general Raymond Hufft, del Ejército de los Estados Unidos, fue uno de los altos oficiales que dio instrucciones a sus tropas de no tomar prisioneros, cuando cruzaron el Rin en dirección a Alemania el año 1945. Al terminar la guerra, cuando fue consultado sobre los crímenes de guerra por él autorizados, admitió que “si los alemanes hubieran ganado la guerra, yo habría sido juzgado en Nuremberg en lugar de ellos.”

En Chenogne, el 1 de enero de 1945, 60 prisioneros alemanes que se habían rendido después de los duros combates fueron asesinados por las tropas norteamericanas. El general George Patton reconoció estos hechos cuando escribió en su diario que “hubo algunos incidentes desafortunados en los que se les disparó a los prisioneros…Espero que podamos ocultar eso”.

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Soldados alemanes hechos prisioneros.

El 30 de abril de 1945, en tanto, después de la liberación del campo de concentración de Dachau (ubicado cerca de Munich), soldados de la 20ª División Blindada y la 45ª de Infantería del VII Ejército de los Estados Unidos se tomaron la justicia por su mano y torturaron cruelmente a los guardias de las SS, antes de ametrallarlos a todos sin previo aviso.

La barbarie contra las tropas alemanas del campo de Dachau fue tal que algunos soldados americanos tuvieron que detener a sus compañeros para que no se rebajaran al nivel de los nazis. Un comandante estadounidense, de hecho, tras ejecutar a cuatro soldados alemanes, siguió disparando a sus cuerpos ya fallecidos durante varios minutos y sólo se detuvo cuando un coronel le pegó un culatazo que le hizo perder el sentido.

Soldados norteamericanos tomando el control del campo de concentración de Dachau, mientras algunos guardias alemanes levantan sus brazos en señal de rendición.

Soldados norteamericanos tomando el control del campo de concentración de Dachau, mientras algunos guardias alemanes levantan sus brazos en señal de rendición.

Además de todos estos hechos y de las violaciones que algunos soldados aliados cometieron en contra de mujeres italianas y alemanas durante el avance de las tropas norteamericanas en Europa, hay que consignar los asesinatos cometidos por los mismos soldados americanos en el Pacífico, quienes a menudo deliberadamente asesinaban a soldados japoneses que se habían rendido. Según informes secretos de la inteligencia estadounidense, “en la mayoría de los casos, los japoneses que se convirtieron en prisioneros murieron en el acto o en camino hacia los recintos penitenciarios”.

El historiador estadounidense James J. Weingartner, a este respecto, atribuyó el escaso número de prisioneros de guerra japoneses que eran capturados por el ejército de Estados Unidos en el Pacífico a dos factores: la reticencia de los soldados japoneses a rendirse y la generalizada creencia que existía entre los soldados norteamericanos de que los japoneses eran “animales” o “monos amarillos” e indignos, por lo tanto, del normal trato otorgado a los prisioneros de guerra. Las tropas aliadas, de hecho, a menudo veían a los japoneses de la misma manera que los alemanes consideraban a los rusos, es decir, como “Untermenschen” o “infrahumanos”.

Las autoridades militares norteamericanas, de todos modos, intentaron sancionar los crímenes cometidos por sus propias tropas, levantando una media de 60 consejos de guerra diarios y dictando un total de 443 penas de muerte, 255 de las cuales correspondían a la pena por asesinato o violación. De todos modos, de este casi medio millar de condenas a muerte tan sólo 70 llegaron a ejecutarse, siendo el resto conmutadas por largas penas de prisión.

En el cementerio francés de Oise-Aisne, donde reposan los restos de 6.012 militares estadounidenses que perdieron la vida durante la Primera Guerra Mundial, existe hoy una misteriosa parcela marcada con la letra E llamada “Plot E”. Allí fueron enterrados más de 90 soldados americanos ajusticiados por su propio gobierno por perpetrar toda clase de nefandos crímenes -desde violaciones de niños hasta asesinatos de mujeres- durante la cruenta contienda que los aliados libraron para liberar a Europa del dominio de los nazis.

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