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“Fue Mi Abuelo”: Un cuento sobre motos sólo para los que realmente entienden

“Está lista tu moto, y ahora ya puedo morir tranquilo, no podía morir sin terminarla, ahora será tu responsabilidad hacer una buena carrera”.

Amigos,

Esta vez me voy a tomar una libertad. Este es un cuento escrito por mí. Ojalá les guste:

FUE MI ABUELO

Mi papá odiaba las motos, no le gustaban, pero yo se por que: Mi papá era el único hijo de mi abuelo, y a mi abuelo sí que le gustaban las motos, sobre todo las motos de enduro, fue campeón de Chile, corría todas las carreras, de todos los campeonatos, donde quiera que fueran, y nunca estaba en la casa, mi papá tuvo un padre ausente, y por eso odiaba las motos.

Mi abuelo desde que tuve 3 años, a escondidas de mi papá, me enseñó a andar en moto, en su casa tenía escondida una pequeña Suzuki para mí. A medida que fui creciendo mi abuelo me iba comprando motos adecuadas a mi tamaño.

Como mi papá tenía que viajar mucho (yo también tuve un padre ausente) mi abuelo aprovechaba de llevarme a su casa y me enseñaba. Llegó la edad en que pude correr el Enduro Kids, y mi abuelo me llevaba a las carreras, contrataba a los mejores pilotos para que me enseñaran, y así fui progresando.

Mi abuelo tenía un método de entrenamiento diseñado por él que resultó muy bueno: Me llevaba a una trepada muy difícil y me hacía subirla 50 veces, hasta que me salía con los ojos cerrados, me hacía dar la misma curva 50 veces, hasta que la tomaba a una velocidad de locos, me llevaba a un grupo de rocas hasta que las pasaba como si fuera en moto de trial, y así por repetición lograba desarrollar una buena técnica para cada tipo de dificultad que se encuentra en un recorrido de enduro.

A la larga fue imposible seguir ocultando mi participación en el enduro, y si bien mi papá se enojó mucho con mi abuelo por haberme metido en las motos a sus espaldas, al final lo aceptó.

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Mi abuelo ya hacía años que no corría, ya estaba viejo, pero tenía una fuerza que me empujaba desde el borde de la pista, yo sentía que si mi abuelo no estuviera ahí yo correría mucho peor.

Y llegó el Dakar a Chile, y yo ya era un muy buen piloto, ya tenía títulos en Chile y en el extranjero, fui parte de la selección nacional para los Six Days y me fue muy bien, volví con el segundo mejor lugar de los chilenos, por lo que evidentemente tenía la experiencia para correr el Dakar. Mi abuelo me dijo que me haría la mejor moto para el Dakar, que dejaría su alma en mi moto. Y se puso a trabajar. Mi abuelo era el dueño de una maestranza de precisión, por lo que tenía todo para fabricar cualquier pieza especial que se necesitara, y además era un gran ingeniero mecánico.

Partió con un chasis desarrollado por él, era un proyecto que tenía desde hacía años y que se parecía bastante a los chasis de algunas motos italianas, usó los mejores tubos de cromo-molibdeno. A ese chasis le puso un motor austriaco muy modificado por él mismo, una horquilla italiana igual a la que usan los mejores pilotos, pero de nuevo muy modificada, incluso fabricó una máquina para probar la horquilla, llena de sensores, donde quedó la horquilla trabajando 24 horas, y la fue modificando con los resultados que le entregaba el computador (temperatura del aceite, resistencia al empuje, etc).

Pero mi abuelo se fue debilitando, estaba cada vez más envejecido, cada semana se le venían años encima, fue al doctor y este le dijo que no le encontraba nada malo, no tenía ni cáncer ni nada al corazón, no tenía ninguna enfermedad, pero cada día se veía más viejo.

“Me estoy muriendo y no se por qué”, me dijo un día. “Pero no te preocupes, que voy a terminar tu moto aunque sea con el último suspiro de mi vida, y vivo o muerto estaré contigo en el Dakar”.

Todos le rogábamos que no trabajara más, que se cuidara, pero él insistía que no estaba estaba enfermo de nada, y los médicos lo confirmaban, pero se estaba acercando a la muerte día a día, yo veía cómo progresaba mi moto y al mismo tiempo se iba mi abuelo.

Hasta que ocurrió. “Está lista tu moto, y ahora ya puedo morir tranquilo, no podía morir sin terminarla, ahora será tu responsabilidad hacer una buena carrera”, me dijo.

“Abuelo, tu me vas a acompañar toda la carrera, si te mueres antes te mato”, le dije tratando de hacerlo reír con el mismo humor negro con que él nos deleitaba a todos.

Esa noche murió mi abuelo, se fue durmiendo, se acostó como todos los días, pero al día siguiente estaba frío, su rostro en paz, se fue sin sufrir. Cómo lloré los días siguientes! No tengo muchos recuerdos del funeral, solo que había mucha gente, muchísima gente, pero yo lo veía todo a través de mis lágrimas, por lo que todas las imágenes que tengo en mi mente son un poco borrosas.

Decidí que tenía que correr el Dakar igual, aunque él no estuviera, pensé que sería el mayor honor que le podría dar, y en el estanque, bajo mi nombre escribí “Copiloto Sergio Morales RH+” en su honor.

Comencé a entrenar en la moto, y sentía que la moto iba sola, que yo no hacía nada por ella, todo era tan fácil.

Y nos fuimos a Buenos Aires. La primera etapa me la tomé con calma, para saber de que se trataba, y terminé bastante bien, no me había exigido y quedé en buen lugar, muy contento, pero siempre con esa sensación de que la moto iba sola, que no era yo el que pilotaba. Era como andar a caballo. Los que nos hemos criado en el campo como yo sabemos que puedes lanzar un caballo a todo galope por cualquier terreno y nunca caerte, por que el caballo va mirando por donde pisa y está acostumbrado a galopar por cualquier parte, y si es demasiado malo el terreno simplemente no va a galopar. Eso mismo sentía yo con mi moto, si el terreno era demasiado complicado hasta pensé que el motor estaba con problemas, ya que definitivamente sentía que tenía poca potencia, pero cuando había buen piso corría como bestia, y se me quitaba esa sensación de posible falla. Al ver una roca tenía la sensación que la moto ya estaba doblando cuando yo tomaba la decisión de evitar la roca, como que la moto se me adelantaba, era muy raro, inexplicable para mí.

Y cada día terminaba más arriba en la tabla, dejando atrás cada vez más pilotos.

Hasta que pasó lo más grande que me ha pasado en mi vida y por lo que estoy escribiendo este relato. Leí mal el roadbook y tomé un camino equivocado. No alcancé a avanzar 200 mts y se apagó el motor. Lo puse en marcha y todo bien, quise partir y se volvió a apagar, esto se repitió como 20 veces. En neutro el motor estaba bien, ponía primera y estaba bien, aceleraba y comenzaba a soltar el embrague y se apagaba inexplicablemente.

Ya iba a comenzar a desarmar la moto cuando bajo la vista al roadbook y noté mi error, di vuelta la moto, la puse en marcha y partió como avión. MI MOTO SE NEGABA A IR POR EL CAMINO EQUIVOCADO!!!! Hice el camino correcto y la moto volaba recuperando el tiempo perdido. Alcancé a un piloto y la moto seguía volando, era como cuando uno va a caballo galopando al lado de otro y tu caballo corre hasta que deja atrás al otro. Llegamos juntos a una curva y pensé en dejar pasar primero a mi competidor, no fuera que por pelear la curva nos fuéramos ambos al piso, solté el acelerador un poco, y la moto no solo no desaceleró, SI NO QUE ACELERÓ AÚN MÁS, con lo que llegué antes que el otro a la curva y le saqué una buena ventaja. Mi moto estaba definitivamente corriendo sola, no era yo el piloto.

Llegué al biouvac con la cabeza llena de ideas raras, le cambié el aceite y los neumáticos yo mismo a pesar de tener mecánico de apoyo, quería estar solo con la moto un rato, la puse en marcha, en un arranque de locura me paré delante de la moto, puse una mano a cada lado del foco y le pregunté “¿Eres tu, abuelo?”, y la moto aceleró sola dos veces!!! Caí sentado hacia atrás, no podía creer lo que me había pasado, debo estar volviéndome loco, una persona reencarnada en una máquina? Eso NO es posible! “¿De verdad eres tú???” Y nuevamente dos aceleradas de motor.

Abracé mi moto tan como habría abrazado a mi abuelo si se hubiera aparecido frente a mí. Mi cabeza daba vueltas, ahora entendía que la moto me diera la sensación de tener ideas propias, pero como era eso posible?

Me puse de rodillas delante de la moto y se produjo más o menos este diálogo:
“Abuelo, si eres tú quiero que aceleres tres veces”
Braam, braaam braaam.

Aquí le dije cuanto lo quiero, cuanto lo extrañaba, que no entendía nada de nada, pero que estaba feliz de tenerlo conmigo. Me puse a llorar, a reír, a llorar otra vez. Y finalmente me fui a dormir, ya no tenía mucho tiempo para descansar.

Esa noche soñé con mi abuelo toda la noche, a veces estaba junto a mí, después volvía a tomar la forma de una moto, todo extrañísimo.

Al día siguiente me paré frente a la moto, con grandes dudas de que lo pasado esa noche no fuera más que parte de mis sueños, y le dije “Abuelo?”, braaaam fue la respuesta.

“Abuelo, así que realmente eras tu el que me llevaba, ahora entiendo muchas cosas”, braaammm

“Ya abuelo, tú vas a ganar hoy, yo solo seré tu pasajero”. Casco y guantes y nos fuimos a la partida.

Cuando me dieron la salida, aceleré a fondo, y en cuanto me alejé de los jueces solté el acelerador, y la moto (mi abuelo) siguió a fondo. Yo no pasé a segunda, fue mi abuelo el que siguió pasando los cambios solo. Yo no manejé más, solo me preocupé de no caer, y nada más, firmemente agarrado a mi abuelo, incluso al llegar a una curva solté el manubrio y mi abuelo frenó a la entrada de la curva, dobló y aceleró a fondo a la salida de la curva!

“Vamos, abuelo, corre, quiero que ganes”, le grité. Tomé una posición de ataque, con el peso bien hacia adelante, y volamos, pasando a otros pilotos, nunca más miré el roadbook porque mi abuelo se preocupaba también de eso, y realmente volábamos.

Solo los grandes pilotos de las mejores escuderías terminaron por delante de mi abuelo, y yo sabía que él podía ir más rápido, solo que no me quería botar con maniobras más extremas que las que yo era capaz de hacer.

“Abuelo, no te preocupes de mí, yo me afirmo, tú solo corre lo más rápido que puedas!”

Ese día dejó atrás a dos de los mejores pilotos del mundo, yo apenas me afirmaba sobre la moto, nunca creí que una moto fuera capaz de tomar curvas a esas velocidades sin perder el control, ni dar saltos como esos sin quebrarse por la mitad, que manera de gozar la carrera, ahora yo era un espectador privilegiado de lo que hacía mi abuelo.

En el biouvac todos me felicitaban y yo aceptaba las felicitaciones sabiendo que no eran mías.

Terminó el Dakar, al final mi abuelo terminó en tercer lugar, a mí me invitaron hasta a La Moneda, todos los medios me entrevistaron, pero yo sabía que había sido mi abuelo. Los periodistas se aburrieron de oírme hablar de mi abuelo.

Me ofrecieron un contrato con una marca europea muy grande, y me ofrecieron muchos euros, pero no acepté, yo sabía que sin mi abuelo no podría. Nunca más corrí. Me casé, formé mi familia, y hasta ahora nadie entiende que tenga en mi casa una pieza especial para la moto con que logré ese tercer lugar en el Dakar, es que ellos no entienden que no puedo dejar a mi abuelo durmiendo en el garaje.

No todos los días, pero a menudo salimos a dar una vuelta, a veces en vacaciones nos vamos los dos solos al desierto, y mi abuelo vuelve a correr a sus anchas.

No tuvo la oportunidad de hacerlo en vida, pero después de muerto corrió un Dakar y salió tercero. Qué gran piloto es mi Abuelo!

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