Cómo una doctora transformó el duelo perinatal en un acto de amor con innovadores métodos
Guía de: Mujer
- Alejandra Lizana
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Muchas veces, un buen profesional no está definido únicamente por lo que hace, sino por cómo lo hace. La doctora Lilia Maria Caldas Embiruçu, neonatóloga del Hospital General Roberto Santos de Salvador de Bahía, es un claro ejemplo de esa premisa.
Como especialista en bebés, ha transformado la experiencia médica tradicional en un acto de profundo cuidado humano y espiritual para las familias que enfrentan la pérdida de un hijo recién nacido o incluso en el vientre. A sus 65 años, Lilia ha dedicado gran parte de su carrera a los cuidados paliativos, acompañando a padres y madres no solo en lo físico, sino también en el dolor más íntimo del duelo y la despedida.
Y es que ha desmarcado su trabajo de lo estrictamente clínico: confecciona personalmente diminutos tejidos de punto y crochet —gorritos, sacos y ropita pequeña— para bebés prematuros que no sobreviven o nacen con graves malformaciones.

En entrevista con la BBC explica la razón detrás de este gesto: “No se encuentra ropa de estas tallas en ninguna parte, por eso las hacemos, para que puedan ser enterrados con dignidad”, dice con ternura. Además, fabrica ataúdes en miniatura, barnizados y decorados, con colchones de satén confeccionados con los retazos de los vestidos de novia de su hijo. Para las familias católicas, entrega también un pequeño rosario, un símbolo que ayuda a honrar la despedida.
Más allá del apoyo tangible, Lilia estudió cuidados paliativos y capellanía hospitalaria secular, una disciplina que ofrece acompañamiento genuino y sensible a cada familia desde lo espiritual, sin importar sus creencias. Y es que, para ella, una madre que pierde a su bebé en el útero vive un duelo profundamente psíquico y visceral que la sociedad muchas veces no comprende. “Es como si ella fuera el propio ataúd para ese niño que no pudo nacer”, afirma.
Consciente de la importancia de los rituales para sanar, la doctora ha ideado soluciones conmovedoras. Recuerda una ocasión en la que la madre de un bebé en incubadora pidió llevarle el mar. Entonces, consiguió una caja de cristal con arena, conchas y agua marina para que ese pequeño tuviera un pedazo de océano junto a él, cumpliendo un deseo profundo que acompañó el dolor de la madre.
Su acompañamiento va mucho más allá del tiempo de vida que el bebé alcance; su meta es transformar la muerte anticipada en una experiencia cargada de vida y sentido. Con esto en mente, prepara cajas de recuerdos que incluyen fotos, cartas, ecografías y grabaciones del latido del corazón, creando memorias palpables para familias que muchas veces no tuvieron tiempo ni espacio para construirlas. En los casos en que no existen fotografías, ella misma las toma o incluso ha recurrido a la policía para que un perito elabore un retrato hablado, de manera que los padres puedan tener esa imagen tan anhelada.
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