“Fulano” (1987): Entre la libertad y la represión

Las canciones se suceden, pero hay algunas que quedan de inmediato en el oído.

Guía de: Música Indie

Corría la segunda mitad de los años ochenta en Chile, ¿qué más decir frente a ese contexto? Cada uno tiene su propia imagen personal y colectiva de estos años. En medio de esa vorágine, una banda de Jazz-Rock-Cueca-Experimentación y un alto etcétera lanzaba su disco debut (vía Alerce, quién otro) en un pleno y agitado 1987. Usando a ultranza su clásica dinámica de “tú-me-sorprendes-con-algo-yo-te-sorprendo-con-algo-más”, cada canción o composición, sea esta instrumental o agitada por las vocalizaciones adecuadas, libertinas y transgresoras de Arlette Jequier, se erige como estos monumentos rítmicos y melódicos, timbres que, aún con el detrimento de un sonido no lo suficientemente pulcro para una banda como Fulano, encanta y llena de magia los espacios con su música libre y compacta.

fulano

Foto: Agencias

Ya en el tema que da nombre a la banda y al disco, “Fulano”, desarrollan ellos una dinámica que será un leitmotiv en Fulano: ironizar sobre estructuras aceptadas y aprendidas, transgredir sobre elementos característicos tradicionales y altamente aceptados. Como en su letra, rimada a la fuerza y con un atisbo de presionada tradicionalidad: “Vamos mi amor, a recorrer la playa (…) Vamos mi bien, chupa la papaya”.

Las composiciones son recordadas como aquellas donde las atmósferas van de un lado a otro en busca de un algo indefinido, pero que en su viaje demuestran ser maravillosas, como el traspaso a cueca en la misma “Fulano”, dando una carga rítmica tan potente y abierta que uno no pueda dejar de reflexionar en la increíble nueva vertiente que estos músicos estaban abriendo gracias a esta neo-melcocha.

Las canciones se suceden, pero hay algunas que quedan de inmediato en el oído como “Tango”, con sus maravillosas y deliciosas melodías. Sin dejar de lado esas potentes letras, rozando una detallada locura: “Y vienen los anónimos esquizoides y asaltan los estantes muertos”.

En la misma potencia, pero en una frecuencia distinta, transmite sus notas “Suite Recoleta” (clásico a estas alturas) con su entrada pastosa para después regar complacencia y alegría en esa infinitud de notas que emergen de la fuente de Jequier. La tensión marcada por la banda y el inagotable flujo melódico de su vocalista es una inmejorable maravilla. Un remate seudo-cuequero la adorna como una de las flores más lindas de su debut.

Sólo por tomar un ejemplo cualquiera, “El Calcetín Perseguido” es una canción brava y desquiciada. Una leve historia sobre sadismo y masoquismo, en un envase repleto hasta su techo de notas, cambios bruscos y giros rítmicos.

La música chilena, sea cual sea, casi siempre es independiente a ultranza. Y Fulano es talvez la metaindependencia: la extraña sumisión a la música en una época donde como mencionaba Jorge Teillier: “se habla en voz baja, y sorber la sopa un día de Banquete de Gala significa soñar en voz alta”.

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