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Eric Clapton en Chile: cita con una leyenda

La mejor manera de abordar lo sucedido con Eric Clapton en el Movistar Arena es desde la óptica del talento. Fue una noche de blues, sentimiento, recuerdos y un sonido impecable.

Podría sentarme aquí a escribir de lo bueno e inolvidable que fue el show de anoche de Eric Clapton, pero eso no es ninguna novedad, posiblemente eso ya usted lo sabe o lo leyó en las otras tantas reseñas que están dando vueltas por ahí.

Quizás podría comenzar a escribir de los palmarés de Eric Clapton y dejarlo obnubilado con tanto dato y premio de los cuales ha sido merecedor Mano Lenta”, pero seamos sinceros, es cosa de teclear el nombre del músico en Google para enterarse de mucho más de lo que yo pueda contarle. Por último, se me ocurre analizar canción por canción, escenario e iluminación, pero a estas alturas eso ya lo han hecho muchos. Entonces, ¿qué más se puede decir de Eric Clapton?

Eric Clapton

Foto: María Ignacia Concha

na noche de blues, sentimiento, recuerdos y un sonido impecable.

Creo que la mejor manera de abordar lo sucedido anoche en Movistar Arena es desde la óptica del talento. Fue una noche de blues, sentimiento, recuerdos y un sonido impecable. No era extraño percibir en los rostros de un público más bien maduro la emoción de estar frente a una verdadera leyenda.

La versión 2011 de Clapton es quizás la más apegada a sus raíces y principios. El show de anoche entrega la buena impresión que Clapton está haciendo lo que más le gusta, tocando a su ritmo, cantando lo que realmente quiere y en el terreno que más seguro se siente: el blues.

Después de este recital la imagen del Clapton más roquero de los ochentas aparece aún mucho más lejana, como creyendo que eso nunca fue lo que él esperaba o quería para su carrera. Por supuesto que todos esperábamos escuchar “Bad Love” u otro de sus cortes más “poperos”, pero sabíamos perfectamente que no iba a suceder.

Eric Clapton no necesita pirotecnia ni grandes escenarios, una buena banda conformada Steve Gadd (baterí­a), Willie Weeks (bajo), Chris Stainton (teclado), y Michelle John y Sharon White, en los coros lo acompañaban sin quitarle absolutamente nada de protagonismo. Con algunos minutos de retraso se apagan las luces y aparece un tipo que ya viene de vuelta, con más de seis décadas a cuestas, y que se cuelga su Stratocaster al hombro y se dedica a demostrarnos por qué es el guitarrista blanco más influyente de la historia y una verdadera leyenda viviente.

Muy ceñido al libreto, todos esperábamos alguna arremetida en un solo, un desorden programado o una “locura” que nunca llegó. Las canciones siempre fueron tocadas a la perfección y los solos, momento propicio para algo de lo anteriormente descrito, desplegaron perfección y fueron dignos de admiración, pero no alcanzaron para esos antiguos destellos de genialidad de los que nos tenía acostumbrado el ex Cream.

Sentado en una silla sobre el escenario llegaron “Lay Down Sally”, “Driftin” y otras, pero la más esperada era sin duda la declaración de amor más desgarradora en la historia del rock, “Layla”, que fue interpretada en su versión Unplugged.

No hubo “salidas de libreto”, sí perfección. A ratos se extrañó la presencia de una segunda guitarra para “empujar” o motivar a Clapton a ir a esos lugares que antes acostumbraba, de sacudirse y lanzarse con un buen solo improvisado. De todas maneras, lo de anoche fue una oda al talento puro, al talento de un tipo miembro del selecto grupo de leyendas que no necesitan más que una guitarra y el escenario. Como mencioné en alguna columna anterior, en tiempos donde estamos bombardeados de sonidos simplistas y música fácil, el talento de tipos como Eric Clapton no solo se agradece, sino que se consideran en peligro de extinción.

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