Infierno, historia y apogeo de Adele: un conmovedor canto a la superación

La historia de Adele no es un canto de sirenas: de un pasado extremo a una adicción jamás superada, la genial artista es un ejemplo a seguir

Guía de: Música Pop

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Debajo esperaban. Era el día tantas veces soñado. A la vez, era uno “extraño”. Adele intentó enfocar la vista, pero los espectadores se encapricharon en conversar con sus hermanos gemelos. Intentó cantar, pero no recordó sus propias canciones. Estaba demasiado alcoholizada. Tanto esperar ese día para arruinarlo por una botella barata.

Las cosas son distintas hoy. Adele es una estrella mundial, admirada por millones de almas en el mundo, primer artista desde Los Beatles en compartir dos singles y dos discos en el Top5 a la vez. Pero así como la vida de los demás no es cuanto aparenta en facebook, la de Adele tampoco es perfecta: ella sabe que no puede descuidarse: el horror está ahí, a un paso.

Karma de tantas familias inglesas: para recortar gastos y sumar whisky, su padre abandonó la casa con la bebé recién nacida. Su madre Penny comenzó un derrotero por ciudades del interior, buscaba trabajo apenas salida de la adolescencia. Adele encendía la tele y bailaba como las Spice Girls, el efímero grupo de los 90s. Lo bueno de las barriadas inglesas es que los chicos tienen mejor oído que los booms televisivos: allí comenzó a escuchar R&B.

La universidad encontró a Adele en pleno romance con la música. Con sus compañeros artistas compuso, grabó demos, conoció el mundillo. Reían, jugaban. Y tomaban. Tomar alcohol parece divertido en el ámbito estudiantil. Tras subir canciones a MySpace, ocurrió. Su disco “19” saltó al Nro1. La historia de Cenicienta se repetía una vez más: la muchacha de pueblo era princesa y el mercado entero comenzó a llamarla la nueva Amy Winehouse… justamente. No era cuestión de resultar calabaza.

Un novio le destrozó el corazón. Como buen artista Adele generó algo positivo de aquello. “21” repitió el suceso del debut y destrozó el temor de un éxito fugaz. Pero todo tiene un precio y del triunfo es uno de los más caros. Su corazón roto reclamaba a un viejo amigo: un sorbo y me compongo, Addie, sólo un sorbo, lo juro.

“25” es el disco que es. El mundo, sencilla y románticamente, la ama. Adele no es la superstar inalcanzable que el cielo ha bendecido con una silueta de ensueño. Es una mujer normal que llegó a la cima: eso hace aun más valioso su éxito. Hizo de su infierno personal un ejemplo que excede lo musical: la demostración de que la superación es posible. La noche del debut es un mal recuerdo. La historia de Winehouse no se repetirá. El destino legado por su padre falló. O al menos está allí, controlado. Poco tiempo atrás la estrella dejó de tuitear y reconoció: “Escribía borracha y metía la pata”. No fue la única trampa que le puso la vida: en 2010 los médicos de un hospital vieron pasar a Adele en camilla, desangrándose en su garganta; hemorragias fruto del tabaco.

Hay guerras que jamás concluyen, las que se ganan son las batallas cotidianas. Es imposible saber si, como el esquizofrénico que jamás deja de ver sus alucinaciones, Adele oye todo el tiempo la maldita voz: un sorbo más Addie, sólo uno. Publicar discos colosales es de gran artista. Ganarle al destino infernal, es de gran mujer.

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