La durísima vida de Frida, la famosa cantante de ABBA nacida bajo un repudiado estigma nazi

Una vez terminada la Segunda Guerra Mundial, la niña quedó sola con su madre y abuela en la gélida Noruega

Guía de: Música Pop

La Segunda Guerra Mundial sigue propinando (y tenemos la impresión de que, tristemente, nunca dejará de hacerlo) duras historias de vida. La música también tiene tantas de estas que, casi, el horror del Holocausto tiñe a muchos artistas del Siglo XX, desde John Lennon naciendo bajo un bombardeo, pasando por Jagger y Richards jugando en los craters provocados por las explosiones hasta… Noruega. Frida creció en Noruega.

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El Tercer Reich se retiró de todos sus territorios ocupados tras la caída de Berlín. Y allá, en el frío país del norte, una joven llamada Synni Lyngstad quedó sola con su madre. Estaba embarazada, soltera, y la sociedad conservadora de entonces miraba tan mal como aún muchos lo hacen hoy aquella situación. Había un dato que empeoraba todo: Synni tenía apenas 16 años cuando se había enamorado de un soldado nazi, quien sería el padre de su bebé. Para los flamantes noruegos libres, aquello jovencita directamente era una traidora.

Nada de eso, pero sí mucho de la locura nazi: la niña que nació fue, en realidad, una respuesta del soldado al Lebensborn Eingetragener Verein, un ideario, casi un protocolo de recomendación, creado por el líder de las Schutzstaffel (SS), Heinrich Himmler, con el fin de perpetuar de modo biológico la raza nazi; el proyecto recomendaba a los combatientes a tener niños arios con mujeres “aptas racialmente”. El experimento no solo incluía alemanas sino toda mujer permitida nacida en los territorios ocupados por el ejercito alemán.

Así fue como, en el poblado noruego de Bjørkåsen, nació la bebita un 15 de noviembre de 1945, solo seis antes del final de la Segunda Guerra Mundial. Synni, perseguida, señalada y absolutamente pobre, la bautizó Anni-Frid Lyngstad.

La madre de la cantante jamás pudo eludir el enjuiciamiento popular y no tan popular. En un segmento poco conocido de la historia, miles de mujeres que habían hecho pareja con soldados nazis fueron aisladas, encerradas y señaladas como retrasadas o locas (hoy sería personas con capacidades diferentes o enfermas psiquiátricas). Pero la espantosa persecución continuó con esos hijos nacidos de las parejas, que eran considerados “engendros monstruosos”. El cine de aquellos años inmediatos filmó sobre ese horror, que el tiempo olvidó.

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Synni, su madre y la “bastarda alemana” se mudaron a Suecia, intentando borrar el estigma del proyecto nazi y la posterior respuesta de los poblados liberados. Pero Synni murió pronto y “Frida” creció con su abuela. El tiempo pasó, la niña se hizo cantante y reconocida hasta que su historia se supo y un fan averiguó que su padre seguía vivo.

Padre y niña se encontraron y la prensa cubrió aquella historia. Dato importante: él logro evitar la horca y hasta la cárcel por haber formado parte del ejercito alemán. Ambos se encontraron, cruzaron declaraciones grandilocuentes, algún que otro artículo… y no se vieron mucho más.

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El vínculo afectivo nunca se había forjado y no alcanzaba con la relación biológica. Ella menospreció el hecho de que su padre hubiera sobrevivido, décadas después. Él murió jurando que nunca había sabido ni siquiera que Synni estuviera embarazada. La lección fue válida para la locura de aquellos tiempos de demencia desatada: en lo que concierne al ser humano no existen genes arios, ni engendros genéticos ni ninguna estupidez semejante. Sólo existe el amor. O la falta de éste.

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