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Lady Gaga: Descifrando los poderes del fenómeno

Artista, marquetera, pop, fríamente calculada. Lo suyo es integral y, por cierto, coherente con una era como la que vivimos, en que la autoedición es marca de fábrica para los nuevos creadores.

La primera vez que supe algo de Lady Gaga fue en 2008. A fines de ese año, la edición dominical del diario británico The Times se preguntaba si esta muchachita, que por entonces tenía 22 años, era el futuro del pop. En esa misma época, The New York Times apostaba por ella como uno de los fenómenos del año entrante. Ni uno otro se equivocaron: durante 2009,  Stefani Joanne Angelina Germanotta, como de verdad se llama la señorita, se convirtió en la nena linda de la temporada, la heredera de Madonna, la nueva pasión del mundo gay que -tras años de seguir a cuarentonas- encontró en ella sangre fresca para adorar, un personaje disruptivo de aquellos que provocan hondo amor u odio eterno.

Lady Gaga y Cindy Lauper

Foto: Bloomberg

Cindy Lauper fue quien argumentó para Time la inclusión de Gaga entre los más influyentes del mundo.

Todo indica que éste será el año de la gran consagración para Gaga: la revista Time (sí, es cierto que los semanarios están de capa caída, pero Time es un clásico) la instaló en el primer puesto entre los artistas más influentes del año y le encargó a otra rompe-esquemas, la fantástica Cindy Lauper, que justificara tan soprendente selección. Lauper, en el pasado competencia de Madonna, hoy una rebelde con arrugas, se deshizo en elogios, partiendo por afirmar: “Adoro a esta criatura”.

¿Qué tiene Lady Gaga que otras no han tenido para llegar e instalarse así de explovisa y frescamente en el Olimpo del entretenimiento internacional? Entre otras cosas, además de talento y una capacidad de trabajo brutal, actitud. Así como la joven Madonna fue en su tiempo “la ambición rubia”, Gaga es en el suyo “la ambición del siglo XXI”, un ejemplar mejorado de la gran maestra, en el que el descaro y el manejo del marketing personal son indispensables como punto de partida, aunque no bastan.

Los últimos años de esta década que se va vieron desfilar a una serie de chicas por las listas del pop femenino, la mayoría -cosa que se agradece en un país como éste donde la unión de buena voz y éxito escasea- dueñas de grandes gargantas. Entre varias, Katy Perry, Lily Allen, Rihanna, Nelly Furtado y la maravillosa Amy Winehouse, a quien la falta de metodología y las drogas le pasaron una dolorosa cuenta y de quien todavía esperamos grandes sorpresas y buenas noticias.

Pero ni siquiera Winehouse, probablemente la mejor de todas, logra acercarse a Gaga que es -guardando el mayor de los respetos por el gran maestro del arte pop- una pequeña versión de Warhol: lo suyo es integral y, por cierto, coherente con una era como la que vivimos, en que la autoedición es marca de fábrica para los nuevos creadores. Gaga -y he aquí otro factor de su buena salud- excede lo musical y se pasea por el arte, el vestuario, los colores, la puesta en escena, el baile, las citas a otros artistas y la posproducción.

Para comprenderlo basta mirar uno de los clips de “Telephone”, en este caso la “oficial clean version”, donde a partir de la segunda mitad comparte pantalla con quien -a falta de Madonna, Christina o Britney rodando por los escenarios esta temporada- es la mayor figura del pop del momento, Beyoncé. Otra forma de darse cuenta es leyendo a Brendan Sullivan, en el Wikén del 14 de mayo. Gaga comprende su negocio, y eso -además de ser una fiera artística- incluye tener la inteligencia para entender la sicología de sus seguidores. Cito un extracto de la nota de Wikén:

De repente un chico flaquito y sudoroso se escurre entre medio del séquito y le grita, llorando: “¡Te amo por ser tú, Gaga!”. Ella detiene la procesión, acerca su boca al oído del chico y le dice muy suavemente: “Y yo te amo a ti por ser tú”. El chico llora aún más fuerte y Lady Gaga desaparece y se pierde en el frío.

Lady Gaga

AFP

Gaga al ser presentada como directora creativa de Polaroid.

Hay, finalmente, un elemento que no debe escapársenos, creo yo: la educación. Según nos informa Wikipedia, Stefani Germanotta, nacida en Nueva York, estudió en un colegio de lujo: el Convent of the Sacred Heart, que es católico y al que asistieron también -vaya, vaya- Paris Hilton y Caroline Kennedy. La diferencia entre las dos últimas y nuestra heroína es que aquellas no brillan por su inteligencia y carecen de talento que explotar, mientras que Gaga es, al parecer, un auténtico genio musical: aprendió a tocar piano a los 4 años y escribió su primera pieza a los 13.

¿Podrá Gaga, pasada esta etapa de explosión y alegría del primerizo,  sostener el enorme edificio de marketing pop que a sus escasos años construyó tan rápidamente? El tiempo lo dirá pero, por lo que afirman quienes la conocen y al seguir sus pasos, que siempre parecen fríamente calculados, todo indica que sí.

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