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Lhasa de Sela, un año sin ella

La temprana muerte de la cantante mexicano-estadounidense no ha logrado callar su hermosa voz, que cautivó audiencias alrededor del mundo y que quedó plasmada en tres discos. Nunca es tarde para conocerla.
Lhasa de Sela

Foto: El Mercurio

Lhasa de Sela falleció a causa de un cáncer de mama el 1 de enero de 2010. Tenía sólo 37 años.

Pocas veces, contadas con los dedos de la mano, se encuentra uno con una voz tan singular, extraña y apasionada como la de Lhasa de Sela, cantante nacida en Nueva York, hija de padre mexicano y madre estadounidense. Ese origen familiar y su itinerante niñez, en las carreteras de Norteamérica junto a sus hermanas dentro de un bus lleno de mascotas, son inseparables de lo que resultó ser su trabajo musical, que ofrece canciones en inglés, en español y en francés, en estilos combinados que van desde rancheras hasta canciones populares y country.

Lhasa de Sela vivía desde los 19 años en Canadá, donde había llegado a acompañar a sus tres hermanas, todas artistas circenses estudiando en Montreal. En 1997 lanzó su primer disco que llevó por título “La llorona”, y que cautivó rápidamente las audiencias de Canadá y Francia: vendió más de 700 mil copias, suceso muy sorprendente siendo éste un disco enteramente en español y bastante alejado del circuito comercial.

“La llorona” dice mucho; por un lado instala su forma de cantar en un debut con mucha identidad, y deja también en claro su estilo de hacer canciones, de conformar su música y de interpretarla, y esa fuerza interpretativa llega a sentirse por los parlantes de la radio, fenómeno poco frecuente.

Tuvieron que pasar casi siete años –y un montón de conciertos y giras– para que Lhasa de Sela lanzara un segundo disco. Así, en 2003 aparece el perfecto e increíble “The living road”. Este larga duración da un paso más allá, pues pareciera que la artista no hubiera aceptado quedarse en la eterna gratificación de quienes la tildaban de exótica. La declaración de estilo de su primer disco aquí se desarrolló notablemente, generando un idioma musical aún más particular, inigualable y propio, que cuesta encasillar en un estilo y que a cada auditor le evoca una escena o un país diferente.

Lhasa de Sela

Foto: El Mercurio

Canciones como “Con toda palabra”, cantada con sangre, con pasión por Lhasa de Sela, logran sacar a cualquiera de su lugar. Con percusiones más diversas, arreglos de cuerdas en varios temas y letras en sus tres lenguas esta vez, este fue el disco que le valió mayor reconocimiento alrededor del mundo.

Su tercer y último disco, llamado simplemente “Lhasa”, fue grabado enteramente en inglés, sin intención de por medio de comercializar su música en ningún momento, pero sí con Lhasa de Sela asumiendo la dirección completa del proyecto del disco, tocado en vivo, a su ritmo, a su manera. Éste disco póstumo quizás revela su lado más blusero, no sólo por las letras, sino que por los acercamientos musicales a ese estilo y un sonido muy acústico y extremadamente cálido. Como dijo en una entrevista antes de dejar de existir: “Cada canción pide un idioma, una manera de cantar y tocar”.

Lhasa de Sela falleció en la tarde del 1 de enero de 2010 en su casa de Montreal, tras una larga batalla contra el cáncer de mamas. Tenía sólo 37 años. Un año ha pasado ya sin la voz de esta singular y apasionada cantante que plasmó su vida, su forma de ver las cosas, en canciones, canciones que fueron dichas, habladas, susurradas y cantadas por esa voz, que no es cualquier voz, sino que será recordada como Lhasa.

Dejó pendiente Lhasa de Sela  su cuarto disco, un proyecto no menor y que nos toca de cerca: su idea era volver a cantar completamente en español para hacer versiones de dos chilenos insignes, Víctor Jara y Violeta Parra.

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