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Sigur Rós: la tristeza viene desde el Ártico

Con su estilo mucho más acústico y menos rockero, el cuarteto islandés es el mejor heredero del sello melancólico de Radiohead.

Radiohead, la sublime agrupación de Thom Yorke y creadora de “OK Computer”, quizá el último álbum de verdad sorprendente en el historia del pop, no puede tener un hijo más aventajado. Se llama Sigur Rós.

Sigur Ros

Foto: El Mercurio

Desde fabrero pasado, el grupo vive una etapa de "hiato indefinido" por razones familiares.

Esa biblia de la música que es Allmusic.com sostiene que ambas bandas, la inglesa y su descendiente, la islandesa, son en realidad “hermanas”: su etapa de ensamblaje se afinca en los 90 y ambas tienen como referentes comunes a U2 y Brian Eno. Pero lo cierto es que la primera explotó antes de que la segunda viese siquiera la luz.

En 1993, ese himno generacional que es  “Creep”, del disco “Pablo Honey”, transformó al grupo inglés en un referente al convertirse en un hit mundial. Sólo un año después, unos aún adolescentes Jon Thor “Jónsi” Birgisson (voz), Georg Holm (bajo) y Agust (batería), todos oriundos de la capital Reykjavik, sellaron el nacimiento de Sigur Rós. En la traducción de una traducción, en castellano su nombre significaría algo así como Victoria Rosa, aunque en realidad se supone que responde a un juego de palabras sacado de Sigurrós, como se llama  la hermana pequeña del cantante, que vino al mundo el mismo día que nació el grupo.

Datos temporales aparte, una cosa es cierta: la propuesta del grupo islandés, mucho más ambiental y menos rockera que la de los británicos, debiera ser un plato de muchos tenedores para los amantes de quintento de Oxford. En sus melodías vibra como tarde de verano esa misma esencia que hizo a Yorke  ganarse el título de “príncipe de la tristeza”. Y como nota de color propio, Sigur Rós aporta las texturas de un sonido más bien acústico y a Birgisson, un vocalista que en la línea de Antony Hegarty, el extraordinario cantante de Antony and the Johnsons, recurre al falsete, a los agudos, a la expresividad y al dramatismo.

Sigur Rós, hoy un cuarteto, ganó en matices cuando incorporó a Kjartan Sveinsson en el piano: gracias a él, en las canciones del grupo, que jamás abandona la vocación contemporánea ofrecida por los recursos tecnológicos, terminó de asentarse una sensación finamente otoñal y densamente melancólica.

Sigur Rós

Foto: Agencias

Kjartan Sveinsson le aportó diversos matices a los sonidos del grupo.

Desde febrero pasado están en etapa de “hiato indefinido” por asuntos familiares. Lla banda ha sido generosa en regalar al público un largo puñado de composiciones hermosas, que no se encuadran en estándares de la industria en término de tiempo (son todas muy largas) y cuya marca de fábrica es el tono menor. Y esta generosidad no ha sido sólo artística: de su página web británica es posible descargar unas cuantas canciones gratuitamente.

Una sola digresión antes de cerrar:

Sigur Rós (que se pronuncia algo así como cígoros) son, igual que Björk, islandeses. Es gente que, como nosotros chilenos, está marcada fuertemente por el factor ambiental que entrega el lugar donde viven: éste es un territorio de cordillera y de mar a veces violento, aquel un país de apenas 320.000 personas, gélido por culpa del ártico, montañoso, volcánico (acabamos de ver la furia del Eyjafjalla llenando de cenizas y humo toda Europa), descampado, inhóspito.

En esa geografía, que se cuela en cada canción (se recomienda el cierre de “Starálfur” para comprenderlo) de Sigur Rós está probablemente el origen de la vehemente llamada a la tolerancia, al respeto por la tierra y a la reflexión que es posible advertir en el grupo. Y no es sólo que se comprenda a través de las letras que nos llegan traducidas al inglés. También está en sus videos, unos trabajos llenos de imágenes destinadas a tocar el corazón de quien las vea.

Merece la pena conocer a a Sigur Rós. Hay que oírlos y después puro dejarse llevar, enamorarse, sacar pañuelo y -por qué no- llorar.

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